Crónicas del caos III - Primer día

jueves, 11 de noviembre de 2010

Me sentía preparada, y a la vez incapaz de afrontar mi primera misión como miembro oficial de la Orden de Corver. Ya no tendría a Nicómedes cubriéndome las espaldas, ya no eran las misiones más sencillas. Empezaba a encarar los grandes retos, las misiones de gran envergadura en la que corría peligro la misma humanidad. Era normal que estuviera nerviosa y el panfleto que me habían dado en la estación de tren estuviera destrozado después de haberlo retorcido tropecientas veces. Me prometí a mi misma no llamar a Nicómedes hasta que no terminase la misión. Pero mientras con una mano destrozaba el tríptico, con la otra abría el teléfono móvil, buscaba el número de mi maestro y en seguida lo volvía a guardar en el bolsillo del bolso. Así, minuto a minuto, desviando la mirada en busca del supervisor de mi misión. Tenía miedo de no saber distinguirle, de perderme la misión por ser incapaz de reconocer al seminmortal. La corriente de gente no paraba: los trenes entraban y salían…

Y ya por fin, una mano perdida en el mar de gente se alzó y me llamó por mi nombre:

- ¡Theresia! ¡Aquí! ¡Aquí!

Una chica de más o menos mi altura daba saltos intentando alzarse por encima de la marabunta para llamarme la atención. Crucé el andén para ir a su encuentro, pidiendo disculpas cuando me chocaba con algún viandante, que ni siquiera me miraba. Por fin, llegué hasta ella, que me saludó con un par de besos.

Tenía una larga melena negra y un flequillo que le tapaba toda la frente, pero que parecía cortado con una regla. Unas gafas de cristales redondos y monturas plateadas se le escurrían graciosamente por la nariz hasta quedarse ancladas en la pequeña puntita. Tenía unos ojos verdes botella que rezumaban empatía, y una bonita sonrisa que acompañaba a cada una de sus palabras. Iba en manga corta, con una camiseta blanca con una frase ingeniosa en inglés, una minifalda vaquera y medias negras. No medía lo mismo que yo: llevaba botas con un pequeño tacón que la aupaba los escasos centímetros que nos separaban. Se había anudado una chaqueta del mismo material que la falda en la cintura, por si el tiempo empeoraba conforme transcurría el tiempo, tal y como sucedía demasiado a menudo.

- ¿Qué tal el viaje? ¡Deja que te ayude con la maleta! –se ofreció, quitándome el pequeño maletín con ruedas de la mano.

- Ha estado bien. Estaba un poco lleno y tuve que cederle el asiento a un pobre ancianito, así que estuve de pie todo el rato. ¡Así pude ver el paisaje, que era precioso! –nos pusimos en marcha -. Por cierto, en el informe no venía tu nombre…

- La organización siempre se anda con mucho ojo con ese tipo de cosas. Soy Micaela. Llámame Mica –se presentó.

De camino al piso, fuimos charlando animadamente de asuntos triviales, lo cual me alivió y me dio a conocer a mi supervisora. Gesticulaba mucho, y estaba llena de energía: era muy expresiva y de risa fácil y sonora. Disipó todos mis miedos.

Íbamos a compartir piso el poco tiempo que estuviéramos allí. Como tapadera, éramos estudiantes de intercambio. En realidad, estábamos bajo las órdenes de Lord Stroud. Éramos lo que vulgarmente denominaban en la organización como: “equipo de limpieza”. Era mi primera mes de los dos que tenía como período de prueba: dos meses después de la Iniciación para experimentar de primera mano como se trabajaba en los departamentos a los que el seminmortal iniciado tenía acceso. Yo tenía acceso a todos y no tenía muy claro en cual quedarme: todos me parecían interesantes, todos eran atrayentes. Así que tenía que aprovechar esos dos meses para probarlos todos y decidirme por fin. Tras echarlo a suertes, la sección del “rastro seguro” salió la primera. Por eso estaba allí, para hacer desaparecer el rastro que ha dejado un seminmortal cuando cumplía una misión.

El piso era pequeño, muy justo para dos personas. Sin embargo, estaba limpio y ordenador. Mica me invitó a entrar y me guió por la casa: un segundo piso cuyas habitaciones convergían a un largo pasillo, al fondo del cual estaba el baño. Las paredes del comedor estaban empapeladas con papel floreado y lazos. Me enseñó mi dormitorio: de paredes blanco pastel, con un tocador y una pequeña cama junto al armario. Contaba también con un balcón que daba a la vía pública, muy animada a aquellas horas. Estaba encantada.

- ¿Cómo conseguirá encontrar la organización estos sitios? –le pregunté al cerrar el balcón después de asomarme.

- ¡No siempre es así! Yo me he alojado en cada cuchitril… -se rió.

- Bueno, ¿cuánto tiempo podremos quedarnos aquí?

- Tenemos una semana para terminar la misión, así que podemos quedarnos aquí una semana –dejó mi maleta sobre la cama, se sentó en el borde y me invitó a sentarme a su lado -. El resto de departamentos tienen más tiempo, pero las misiones del equipo de limpieza son siempre urgentes. Por eso tenemos tan poco tiempo.

- Ya veo…

- Tenía pensado ir esta misma noche. El resto del equipo están en la zona cero, la zona que tenemos que “limpiar”. Están vigilando que ningún mortal se acerque. Cuando terminemos, te daremos la bienvenida entre todos y como es debido. ¡Tendrás que disculparnos hasta entonces!

- ¡Claro! –me emocioné. No me habían visto y ya querían darme la bienvenida entre todos. Se me escaparon dos lágrimas tontas, que me sequé con los puños -. ¡Jo! ¡Estoy deseando empezar!

Mica sonrió y se levantó.

- Ya queda menos. Date unas horas. Pero recuerda: aunque la amenaza directa haya sido eliminada, nosotros también corremos peligro. Así que haz todo lo que yo te diga, ¿de acuerdo?

- ¡Si, señora! –me llevé la mano a la frente, como guiño al saludo militar. Le arranqué otra sonrisa antes de que me dejase instalarme.

Lo primero que hice en cuanto me dejó sola, fue llamar a Nicómedes para informarle de lo bien que había empezado el día.

* * *

La tarde refrescaba. Así que me puse una rebeca encima del vestido. Mica iba a mi lado, con la chaqueta puesta y hablando por teléfono con uno de mis nuevos compañeros, a quien daba las últimas instrucciones antes de nuestra llegada.

Nuestra excursión nos llevó a las afueras, en autobús, que nos dejó en una urbanización de la que nos alejamos poco después hasta quedar sumergidas en campo abierto. Micaela se movía como pez en el agua, aún cargada con una mochila a la espalda muy abultada. A mi me costaba abrirme paso entre la hierba alta, y de cuando en cuando soplaba un aire desagradable que luchaba para levantarme la falda del vestido. Pronto perdimos de vista la carretera, pero de todas maneras, nadie podría vernos. Según Mica, un compañero ya había usado su don para envolver la zona y alrededores con una cobertura que impedía a los ojos mortales ver lo que había dentro. Yo no noté nada raro. Pero la creí.

Tras superar una elevación de terreno descubrimos el área afectada. La hierba desaparecía de pronto, de golpe y porrazo, y solo quedaba la tierra yerma alrededor de una serie de monolitos. Un grupo de cuatro o cinco personas se movían entre las ruinas. El paraje era desolador: en kilómetros a la redonda, más allá de donde alcanzaba mi vista, la tierra se doblaba y quejaba. Había dos cráteres en el centro, y en torno a ellos, en el aire, el caos se arremolinaba, jugaba con el viento formando rostros de almas en pena que, en pleno grito mudo de terror, se desvanecía en el aire. Un chico bajito y con acné por toda la cara se acercó a nosotros y se dirigió a Mica, sin mirarme.

- Jefa, aquí se ha cometido un exorcismo masivo y a lo bestia. Sin seguir con las normas del departamento… - se calló percatándose de mi presencia -. ¿Es la nueva? ¿Deberíamos hablar en privado?

- No, no –Mica movió la mano quitándole importancia –Si, es la nueva. Pero quiero saber que ha pasado, y no lo que se dignan a contarnos los jefes.

El chico me siguió mirando. No era capaz de interpretar su mirada, y tampoco de mantenérsela durante mucho rato. Era achaparrado, y sentía compasión por él, incluso algo de vergüenza. Retomó la palabra. No obstante, yo seguí mirando al suelo:

- Bueno, pues los han “desgajado” desde dentro. Hay balas, cráteres por todas partes… ¡Se han incumplido todas las normas del departamento de exorcismos! ¿Qué hacemos? ¿Informamos a Lord Heraclio cuando terminemos para que castigue a los culpables?

Micaela se subió las gafas, que se le habían escurrido otra vez. El sol ya estaba muy bajo, dándose prisa para ocultarse, y la luz le dio de lleno en los cristales. Aún así, no pareció afectarle, y con total seriedad se dirigió a su compañero:

- No han sido los de exorcismos. Han sido otra vez el grupito de zorras. No les van a decir nada, por mucho que nos quejemos… -bajó la voz hasta convertirla en un susurro. No la entendí muy bien -. No hacemos más que limpiar la mierda que van dejando, y nadie les dice nada… Vaya puta mierda de organización…

- ¿Cuál es tu nombre? –el chico se dirigió a mi mientras Micaela hablaba para sí.

- Theresia…

- ¿Y tu don único?

- ¿Es que no has leído el informe, Grey? –Micaela volvió a nuestro mundo y acudió en mi auxilio -. Theresia, la mejor de la última promoción, con una nota perfecta en todas las pruebas de la Iniciación. Estará de pruebas un par de misiones con nosotros. Así que deja de hablarle así, que no te ha hecho nada.

- Ya… -miró hacia otro lado, y a regañadientes, me pidió perdón.

- Pues nada, chicos. A trabajar. A ver si podemos dejar este estropicio limpio en dos días –se giró hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja, con el escenario de la catástrofe de fondo y el sol escondido en el horizonte -: bienvenida al “equipo de limpieza”, Theresia…

Crónicas del caos III - Capítulo I - El primer paso

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Éramos veinte, y estábamos nerviosos. Terriblemente nerviosos. Andábamos de aquí para allá, frotándonos las manos sudorosas y mirando de reojo la gran puerta azul que más tarde o más temprano se abriría y decidiría nuestros futuros. El destino que nos aguardaba hasta la eternidad. Ninguno de nosotros hablábamos. Oíamos perfectamente los murmullos que se estaban acumulando en la sala de la gente que entraba por los otros accesos. Me mordí el labio por enésima vez y una mano se posó en mi hombro de repente, haciéndome dar un respingo.

- ¡Nicómedes! –reconocí con un hilo de voz-. ¿Qué haces aquí? Estas muy guapo…

Nicómedes, mi maestro, llevaba un traje de chaqueta de color oscuro. A cualquier otro seminmortal le habría quedado ridículo debido a nuestros aspectos juveniles, pero a él no. Tenía cierto porte de elegancia y le quedaba como un guante. Se había aplacado el pelo con esmero y sus ojos azules me transmitieron una sensación de paz que por un momento me hicieron olvidar a lo que iba a enfrentarme.

- Tu también estas muy guapa, Theresia. El blanco es tu color –no tenía ni idea de lo que me alegraba oír eso. Había elegido para aquel día un vestido blanco salpicado de perlas y unos zapatitos del mismo color. Me había esforzado mucho en encontrar algunos que fueran de mi talla… -. Estaba preocupado por mi aprendiza favorita, y me han permitido pasar a ver cómo estabas. ¿Te encuentras bien?

- ¡Si! –respondí irguiéndome hasta que me dolió la espalda -. ¡Estoy bien! ¡Gracias, maestro!

- Deja las formalidades –Nicómedes me encandiló con su sonrisa -. Aún no estas dentro. ¿Quieres repasar algo antes de entrar?

- La verdad es… que no me encuentro muy bien… ¡Estoy nerviosa! –admití cerrando los ojos con temor a que Nicómedes se enfadase por ello.

- Así hemos estado todos, Theres –abrí uno y le miré -. Estás más que preparada. Lo harás bien. Confío en ti.

Más que una palmada, me acarició el hombro y me guiñó el ojo antes de marcharse. Quise detenerle para decirlo lo mal que hacia confiando en alguien como yo, lo mal que iba a pasar la prueba… Pero solo me dio tiempo a boquear como un pez. La puerta se abrió, y la luz que salía a raudales nos llamó la atención a todos. Había llegado la hora.

* * *

La sala estaba llena a rebosar de seminmortales. Todos pendientes del pobre novato que se situaba en el centro, de pie a pesar del pequeño banquete dispuesto expresamente para ellos. La presencia, a su alrededor en un circulo perfecto de los inmortales, de los lores y ladys de la organización, nos impedía a todos sentarnos. Todos y cada uno de ellos despedían auras de omnipotencia. Pero todas eran ínfimas comparadas con la figura del centro, encapuchada y vestida con una túnica de rebordes plateados. Estaban todos allí, los jefes de todos los departamentos, grandes y pequeños. También los maestros de la nueva tanda de seminmortales que aquel día se presentaban como aptos para el servicio, entre ellos yo. Elisa Tramph. Temblando de pies a cabeza, con la cara tan pálida como el vestido y buscando la salida sumida en la desesperación. No llamaban por nuestros nombres, simplemente alguien que no veía gritaba con voz de torrente: “¡siguiente!”, y otro ocupaba el lugar en el centro..

Cuando llegó mi turno, el corazón se me paró. Las miradas de cada seminmortal allí reunido se clavaban como agujas en la nuca. Cientos. ¡Miles! Y todos mirándome. En silencio. Expectantes. ¿Qué esperaban de mi? ¿Qué llegase a mi sitio? Eso hice, recorriendo un camino eterno. Como todos los demás, evité mirar al inmortal de la capucha. Di un respingo cuando Lady Mégara habló, usando la misma formula que con los demás:

- ¡Maestro! ¡Acredita las razones de tu aprendiza para unirse a nuestra Orden!

Nicómedes se acercó y les dio a cada uno una carpeta poco voluminosa. Eran los informes de todas las misiones que había realizado a modo de entrenamiento. Solo las misiones realizadas con éxito, o que el maestro consideraba como tales. De todos los que la habían presentado ya, la mía era la que tenía más contenido.

Los jefes las abrieron y ojearon. Solo se detenían en las misiones relacionadas con sus respectivos departamentos. Era un vistazo que no duraba más de dos segundos de opresivo silencio. Mientras, me fijé en mis zapatos. Me sentía mareada y falta de aire. Tome aliento y volví a alzar la vista. Se clavó en el único inmortal que no miraba la carpeta, sino a mi: el encapuchado. Lo presentía. Podía notarlo, a pesar de estar totalmente oculto. No le importaba el papeleo. No tenía ningún departamento concreto: los tenía todos. Era el dirigente supremo de la organización. Y no me quitaba los ojos de encima.

Un murmullo creciente rompió el hechizo. Los inmortales, algo que no habían hecho con ningún otro candidato, estaban murmurando entre ellos. Discutían entre ellos en voz baja, mejor dicho. Volví a agachar la cabeza, sintiéndome culpable por el espectáculo.

- Como pueden observar –Nicómedes acudió en mi auxilio situándose a mi lado –tiene un expediente perfecto. Considero su entrenamiento finalizado con honores y dominado su don único.

Resultó imperceptible para el resto, pero para mi, no. Me guiñó un ojo y una sonrisa fugaz de apoyo que me levantó los ánimos y me infundó algo de esperanza. Los inmortales habían acallado, y se miraban unos a otros, interrogándose con la mirada o dios sabe si también con algún don especial. Al rato, uno de ellos asintió. El resto, le respondieron poco a poco y por turnos. Hasta llegar al “lord de lores”. Tragué saliva. No había dicho una sola palabra en todo el proceso, en el de nadie.

Y entonces, habló. Y su voz, disipó todos mis miedos. Hermosa, conciliadora. Paternal, suprema. Llena de amor e imponente, todo al mismo tiempo. Como por arte de magia, todos mis miedos desaparecieron. Me sentí llena de paz, tranquila conmigo y con el mundo:

- La señorita está más que capacitada para trabajar con nosotros. Dejaos de ceremonias, y aceptadla ya, que lo estáis deseando…

Donato se adelantó un paso, y su movimiento me devolvió en mi. Miré en derredor, resistiéndome a regresar, pero el resto estaban igual o peor que yo: como arrancados del mejor momento del sueño más dulce jamás soñado por culpa de un despertador inoportuno…

- ¿Cuál será tu nombre?

Busqué apoyo en Nicómedes. Aún estaba tan conmocionada, que no podía pensar con claridad. Había olvidado el nombre de seminmortal con el que iba a bautizarme. Sin embargo, él también sufría los estragos de la encantadora voz del “lord de lores”, del “dios en la tierra”. Busqué en el encapuchado los recuerdos arrebatados. Tomé aire y, en voz alta y firme, haciendo acopio de fuerzas, lo dije:

- Theresia… orgullosa miembro de la Orden de Corver, y cumpliré con mi deber hasta el fin de la eternidad.

Escuché el aleteo de muchas mariposas a la vez. No eran la de mi estómago: el público aplaudía. Me ovacionaban. A la última seminmortal que se unía a sus filas. La última eterna.

Incluso percibí un leve movimiento bajo la capucha del “lord de lores”. ¿Una sonrisa? Lady Mégara dio por finalizada la sesión y la gente se levantó. Todos los recién nombrados agentes nos fundimos en un gran abrazo de felicitación al que me vi arrastrada y lo perdí de vista. Antes de que me diera cuenta, estábamos celebrando nuestras Iniciaciones. Y los inmortales, se desvanecieron hasta de mi mente.

Pequeña actualización: problemas con la puta carrera (II parte)

Buenas.
De primeras, voy a hacer un resumen de la situación. De MI situación:

El año pasado, superé selectividad en Septiembre. Mi intención, era entrar en Derecho, y al acabar dicha carrera, entrar en Criminología (no hay otra formar de acceder: psicología no hay en Córdoba, sociologia y política no me convencen...). Bien, en aquel momento, como mi matricula llegaba tarde, no había sitio en Derecho. Había en "doble grado", que eran todas las asignaturas de Derecho junto a todas las asignaturas de Dirección de empresas.

Aguante un año entero, perdido, porque al año siguiente tendría que repetir primero de Derecho si o si si quería cambiar de carrera y acceder a la que quería (Criminologia). Un año pérdido, tirado a la basura, porque los niñitos de papi de Etea (facultad de economicas) no tenían suficiente sitio allí, y nos lo han metido con calzador en la Facultad de Derecho. Bueno. Un año más. No pasa nada. Un año más...

Termina el curso. Consigo aprobar unas cuantas (¡bien! Convalidaciones!). Y en los meses de junio-agosto-septiembre-octubre verme pasar por secretaria para recordarles que mi sitio esta en Derecho este año, era moneda corriente.

Tras asegurarme, en todas y cada una de las visitas, de que no me preocupara, que tenía mi sitio guardado en Derecho, que entraba si o si y blablabla... Hoy, que he ido para confirmar mi matricula, me quieren cambiar de clase a grupo de "tarde"

¿Porque? Porque no hay sitio en el de mañana. Y yo digo: ¡¡y una mierda!! ¿Que no hay sitio? ¡¡Que coño no va a haber sitio!! ¿Se creen que yo me chupo el dedo ahora?

Mi nombre figura en las listas temporales del grupo de mañana (que van siguiendo un orden por apellidos de la A a la M... el mio empieza por C...), ya tengo notas puestas, trabajos de grupo e individuales asignados, mandados y por mandar... ¿y me vienen con que tengo que cancelarlo todo para irme al grupo de tarde? ¿Que he estado yendo de "observadora" todos los días al grupo de mañana para nada? Sin embargo, bien que me han dado ya los precios de matricula, y me piden que pague hoy mismo la primera parte.

Tsk, tsk, tsk. Eso no se lo creen ni ellos. De mi no van a recibir un puñetero céntimo, ni una miseria, hasta que no dejen esa actitud de gilipollas que se trae el personal de la facultad de Derecho de Córdoba, hasta que no hagan bien su trabajo. ¡¡Un mes esperando a que me den el aviso para pasarme a hacer la matrícula!! (Como es cambio de carrera, tiene más papeleo. Si. Puedo llegar a creermelo). ¡Un secretario que da por cerrados los expedientes a primeros del mes siguiente al plazo de matriculación! ¡ Disminución de grupos de Derecho! (De doble, hay dos clases/grupos; de Dirección de empresas, hay otros dos. De Derecho, solo hay uno. Y los mismos para por la tarde)

Luego se quejan los profesores(soy testigo de esto: yo, y mi clase de historia del Derecho del año anterior) de que nadie quiere entrar en Derecho, que las aulas están medio vacías... ¡¡No es que nadie quiera entrar en Derecho!! ¡¡Es que no dejan que entremos en Derecho!!

Ya estoy harta de perder el tiempo. Harta de las tonterías burocráticas de antros como este. Voy a presentarme todos los putos días de la semana en secretaria. Con quejas, insistiendo. Se van a aburrir de mi. Oirán mis zapatillas rozar las losetas del suelo cuando me acerque y cerrarán las puertas antes de que llegue.

Porque mi causa, es justa. Y la pienso defender. Estudiar Derecho es solo un pasito más. Criminología, será otro. Entrar en la policía y detener a todos esos hijos de puta que matan a sus mujeres e hijos, el preludio de la meta.

Y un puñado de niñatos ricos y políticos de tres al cuarto no me lo van a impedir. Ni Bolonia ni ostias. Si tengo que cambiar esta sociedad a guarrazos, voy a ir empezando. Conmigo, aquí y ahora, comienza la purga.