Éramos veinte, y estábamos nerviosos. Terriblemente nerviosos. Andábamos de aquí para allá, frotándonos las manos sudorosas y mirando de reojo la gran puerta azul que más tarde o más temprano se abriría y decidiría nuestros futuros. El destino que nos aguardaba hasta la eternidad. Ninguno de nosotros hablábamos. Oíamos perfectamente los murmullos que se estaban acumulando en la sala de la gente que entraba por los otros accesos. Me mordí el labio por enésima vez y una mano se posó en mi hombro de repente, haciéndome dar un respingo.
- ¡Nicómedes! –reconocí con un hilo de voz-. ¿Qué haces aquí? Estas muy guapo…
Nicómedes, mi maestro, llevaba un traje de chaqueta de color oscuro. A cualquier otro seminmortal le habría quedado ridículo debido a nuestros aspectos juveniles, pero a él no. Tenía cierto porte de elegancia y le quedaba como un guante. Se había aplacado el pelo con esmero y sus ojos azules me transmitieron una sensación de paz que por un momento me hicieron olvidar a lo que iba a enfrentarme.
- Tu también estas muy guapa, Theresia. El blanco es tu color –no tenía ni idea de lo que me alegraba oír eso. Había elegido para aquel día un vestido blanco salpicado de perlas y unos zapatitos del mismo color. Me había esforzado mucho en encontrar algunos que fueran de mi talla… -. Estaba preocupado por mi aprendiza favorita, y me han permitido pasar a ver cómo estabas. ¿Te encuentras bien?
- ¡Si! –respondí irguiéndome hasta que me dolió la espalda -. ¡Estoy bien! ¡Gracias, maestro!
- Deja las formalidades –Nicómedes me encandiló con su sonrisa -. Aún no estas dentro. ¿Quieres repasar algo antes de entrar?
- La verdad es… que no me encuentro muy bien… ¡Estoy nerviosa! –admití cerrando los ojos con temor a que Nicómedes se enfadase por ello.
- Así hemos estado todos, Theres –abrí uno y le miré -. Estás más que preparada. Lo harás bien. Confío en ti.
Más que una palmada, me acarició el hombro y me guiñó el ojo antes de marcharse. Quise detenerle para decirlo lo mal que hacia confiando en alguien como yo, lo mal que iba a pasar la prueba… Pero solo me dio tiempo a boquear como un pez. La puerta se abrió, y la luz que salía a raudales nos llamó la atención a todos. Había llegado la hora.
* * *
La sala estaba llena a rebosar de seminmortales. Todos pendientes del pobre novato que se situaba en el centro, de pie a pesar del pequeño banquete dispuesto expresamente para ellos. La presencia, a su alrededor en un circulo perfecto de los inmortales, de los lores y ladys de la organización, nos impedía a todos sentarnos. Todos y cada uno de ellos despedían auras de omnipotencia. Pero todas eran ínfimas comparadas con la figura del centro, encapuchada y vestida con una túnica de rebordes plateados. Estaban todos allí, los jefes de todos los departamentos, grandes y pequeños. También los maestros de la nueva tanda de seminmortales que aquel día se presentaban como aptos para el servicio, entre ellos yo. Elisa Tramph. Temblando de pies a cabeza, con la cara tan pálida como el vestido y buscando la salida sumida en la desesperación. No llamaban por nuestros nombres, simplemente alguien que no veía gritaba con voz de torrente: “¡siguiente!”, y otro ocupaba el lugar en el centro..
Cuando llegó mi turno, el corazón se me paró. Las miradas de cada seminmortal allí reunido se clavaban como agujas en la nuca. Cientos. ¡Miles! Y todos mirándome. En silencio. Expectantes. ¿Qué esperaban de mi? ¿Qué llegase a mi sitio? Eso hice, recorriendo un camino eterno. Como todos los demás, evité mirar al inmortal de la capucha. Di un respingo cuando Lady Mégara habló, usando la misma formula que con los demás:
- ¡Maestro! ¡Acredita las razones de tu aprendiza para unirse a nuestra Orden!
Nicómedes se acercó y les dio a cada uno una carpeta poco voluminosa. Eran los informes de todas las misiones que había realizado a modo de entrenamiento. Solo las misiones realizadas con éxito, o que el maestro consideraba como tales. De todos los que la habían presentado ya, la mía era la que tenía más contenido.
Los jefes las abrieron y ojearon. Solo se detenían en las misiones relacionadas con sus respectivos departamentos. Era un vistazo que no duraba más de dos segundos de opresivo silencio. Mientras, me fijé en mis zapatos. Me sentía mareada y falta de aire. Tome aliento y volví a alzar la vista. Se clavó en el único inmortal que no miraba la carpeta, sino a mi: el encapuchado. Lo presentía. Podía notarlo, a pesar de estar totalmente oculto. No le importaba el papeleo. No tenía ningún departamento concreto: los tenía todos. Era el dirigente supremo de la organización. Y no me quitaba los ojos de encima.
Un murmullo creciente rompió el hechizo. Los inmortales, algo que no habían hecho con ningún otro candidato, estaban murmurando entre ellos. Discutían entre ellos en voz baja, mejor dicho. Volví a agachar la cabeza, sintiéndome culpable por el espectáculo.
- Como pueden observar –Nicómedes acudió en mi auxilio situándose a mi lado –tiene un expediente perfecto. Considero su entrenamiento finalizado con honores y dominado su don único.
Resultó imperceptible para el resto, pero para mi, no. Me guiñó un ojo y una sonrisa fugaz de apoyo que me levantó los ánimos y me infundó algo de esperanza. Los inmortales habían acallado, y se miraban unos a otros, interrogándose con la mirada o dios sabe si también con algún don especial. Al rato, uno de ellos asintió. El resto, le respondieron poco a poco y por turnos. Hasta llegar al “lord de lores”. Tragué saliva. No había dicho una sola palabra en todo el proceso, en el de nadie.
Y entonces, habló. Y su voz, disipó todos mis miedos. Hermosa, conciliadora. Paternal, suprema. Llena de amor e imponente, todo al mismo tiempo. Como por arte de magia, todos mis miedos desaparecieron. Me sentí llena de paz, tranquila conmigo y con el mundo:
- La señorita está más que capacitada para trabajar con nosotros. Dejaos de ceremonias, y aceptadla ya, que lo estáis deseando…
Donato se adelantó un paso, y su movimiento me devolvió en mi. Miré en derredor, resistiéndome a regresar, pero el resto estaban igual o peor que yo: como arrancados del mejor momento del sueño más dulce jamás soñado por culpa de un despertador inoportuno…
- ¿Cuál será tu nombre?
Busqué apoyo en Nicómedes. Aún estaba tan conmocionada, que no podía pensar con claridad. Había olvidado el nombre de seminmortal con el que iba a bautizarme. Sin embargo, él también sufría los estragos de la encantadora voz del “lord de lores”, del “dios en la tierra”. Busqué en el encapuchado los recuerdos arrebatados. Tomé aire y, en voz alta y firme, haciendo acopio de fuerzas, lo dije:
- Theresia… orgullosa miembro de
Escuché el aleteo de muchas mariposas a la vez. No eran la de mi estómago: el público aplaudía. Me ovacionaban. A la última seminmortal que se unía a sus filas. La última eterna.


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