Vagué sin rumbo fijo, de un lado a otro, sin saber qué hacer, a dónde dirigirme o por donde coger la situación. No muy lejos de donde me encontraba podía ver algunos edificios, despojos de civilización tirada a su suerte. Hacia allí se encaminaron mis pasos.
De pronto, y tras un chirrido escalofriante, empezó a emerger la voz. Recia, de hombre. Con la misma tonalidad de lava-cerebros que la del maldito Supervisor.
- ¡Soy Jhon Henry Edén! Presidente… de vuestro corazón.
Surgía de mi muñeca. De mi Pipboy, del que apenas echaba cuentas. De pronto, me sentía aterrorizada. Desnuda en medio de un campo abierto. Blanco fácil de todos los peligros que pudiera haber, y todo por culpa de aquella maldita voz. Toqueteé nerviosamente los botones de la máquina hasta que por fin la voz acalló, dejando paso a la estática. La muñequera había rastreado dos señales radiofónicas, aparte de la megafonía del Refugio: Radio Enclave y Radio Galaxia.
Apartar el cursor de Radio Enclave no hizo que la voz acallara. Seguía oyéndola, algo más lejos. Descendí por la pendiente con mil ojos y el arma bien sujeta, mirando atrás de vez en cuando, hacia la salida del refugio. Nadie había salido en mi búsqueda, sorprendentemente.
Entré en las ruinas. Los edificios, corroídos y llenos de polvo, pendían de un hilo ante la inhóspita carretera que atravesaba la población abandonada. Mis ojos, no acostumbrados a la repentina luz, veían manchas oscuras en ventanas y farolas apagadas. La voz sonaba más cerca. Se estaba acercando.
Me parapeté tras unas rocas a un lado de la calzada. Se acercaba algo: un especie de bola metálica, algo más grande que una pelota, con una antena a través de la cuál emitía aquellos sonidos. Sentí de pronto una urgente necesidad… Un instinto por el que me dejé llevar.
Un solo tiro bastó para que aquella chatarra parlanchina sufriera un cortocircuito y cayera pesadamente al suelo con un sordo ruido metálico. La voz se distorsionó y acabó silenciándose. Me invadió una sensación de triunfo que me arrancó una sonrisa. La borré en cuanto me di cuenta de ella. ¡La situación era extremadamente seria!
Ya no se oían voces, pero no me sentía mucho más tranquila. No se veía ni se oía a nada ni a nadie en kilómetros a la redonda. La soledad era sobrecogedora, y la sensación de peligro inminente era cada vez mayor.
Continué caminando hasta toparme con un cartel, raído y oxidado, que tardé bastante tiempo en descifrar con los ojos entrecerrados y doloridos: “Bienvenidos a Springvalley”. Estaba caído, enterrado en una vieja gasolinera. Un par de coches descansaban en las cercanías. Seguía sin ver a nadie…
Un disparo cortó el aire. Instintivamente, me escondí tras el cartel y busqué el origen. Agucé el oído tanto como pude hasta alcanzar a unas risas histéricas a cierta distancia. A mi alrededor seguía el vacío. Las seguí, guiándome hasta un edificio aún más tosco que el resto. El viento enrarecido aullaba al cruzar sus ventanas y puertas caídas y desvencijadas. Un letrero sobre la entrada principal rezaba: “Escuela elemental de Springvalley”. Me pareció vislumbrar una sombra removerse en alguna de las ventanas superiores, de las últimas plantas, que me hizo buscar un escondite detrás de una casa. Allí dentro había gente. Gente que se reía salvajemente y que habían disparado a algo…o a alguien.
Aún no sé muy bien qué fue lo que me movió concretamente a entrar. No sé si fue la curiosidad o el olor a sangre que tanto tiempo me había estado esperando. Entrar allí dentro fue una de las acciones que, ahora que lo pienso, fue de las más inconscientes y faltas de sentido común que he llevado a cabo a lo largo de mi vida, pero que sin ella, no habría llegado a ser lo que hoy soy…
Olía a muerte regada con el vino del tiempo y el olvido. Las paredes estaban desconchadas y se caían a pedazos. Veía el interior de las clases desde la entrada gracias a los enormes boquetes horadados en la piedra por la despiadada garra de la guerra. Ennegrecidos e irreconocibles, había cadáveres humanos colgados de los muros como los trofeos de caza que había visto en los comics de Grognak. Las risas habían acallado, pero había un murmullo que no se iba nunca, junto a unos pasos que se acercaban y alejaban, montando guardia.
Noté el sudor frío goteándome por la barbilla y agarré bien el arma, que dejó de tiritar en mis manos. Firme y alerta. Siguiendo el instinto más primitivo: sobrevivir.
Distinguí un par de sombras. Me escondí tras la esquina y asomé un poco la cabeza: dos siniestros personajes se movían por uno de los pasillos e iban vestidos con la misma guisa: ropas raídas y sucias cuyo material no podía distinguir muy bien. Desde luego, no eran para nada como los uniformes del Refugio, monos que picaban una barbaridad. Uno de ellos soltó un chiste que hizo carcajearse a mandíbula batiente al otro. Eran las risas que oí desde fuera. Estarían a tres o cuatro metros de distancia y dándome la espalda. Pude ver que uno de ellos llevaba un arma de fuego en la mano, con un aspecto mucho más imponente que la mía.
Conté hasta tres, aunque realmente no quería hacerlo. Lo que realmente quería hacer era salir de allí pitando, buscar un lugar donde esconderme de aquel mundo vasto. Mi cuerpo no me hizo caso.
- ¡Eh! –les llamé la atención saliendo a su encuentro, levantando mi arma.
Se dieron la vuelta. El chistoso no tuvo tiempo ni siquiera de eso: de un tiro limpio una de mis balas le atravesó la cabeza de lado a lado. Su compañero tuvo tiempo de dispararme una vez: una sola vez, y el proyectil pasó rozándome. Mi respuesta le agujereó el pecho.
Mi voluntad volvió a tomar el control de mi cuerpo, pero el mal ya estaba hecho. Me quedé un rato parada, sin saber que hacer o decir. Recordé al guardia del Refugio al que disparé para escapar. Luego aquellos dos. De una forma tan fría y…
«Tan fácil»
Llevaban armas. Eran o ellos o yo. Es lo que aún me digo para tranquilizarme y poder seguir adelante. Y en aquel entonces seguí adelante. Mi conciencia, dividida, quería que por lo menos les tomase el pulso. Eso, y no mirarles. La malsana curiosidad se preguntaba que aspecto tendría un hombre al que acababan de disparar en la cabeza. Al que YO acababa de disparar en la cabeza…
Empataron. Sin dejar de mirar el continuo manar de la sangre de aquel agujero, les tomé el pulso a los dos. Estaban más que muertos. Lo había hecho con tanta precisión…
…que merecía un premio.
Examiné sus ropas, mucho más raídas y zarrapastrosas que las mías, cubiertas por el polvo del Yermo. Cada uno tenía un arma distinta y varios cargadores, que pasaron a mis bolsillos.
Por un momento me pareció hasta divertido, porque realmente mi alma no estaba allí. Deambulé por aquellos pasillos sirviéndome de cada recoveco para asegurar mi camino. Me encontré con más personas con las mismas ropas ajadas y deslustradas, armadas hasta los dientes. Todas sucumbieron a la fiera en la que me convertí: un ser cuya alma se distanciaba de tal forma que su cuerpo no sufría cuando las balas le rozaban, con la puntería del tirador más experimentado. Robaba todo lo que llevaban sus cadáveres encima, y no paraba.
Llegué a unas escaleras oscuras que ascendían hasta un segundo piso. El olor a suciedad quemada era tan fuerte que hizo arrugar el gesto a esa Artemisa ajena y animal. Subí por ellas con ojo avizor, disparando a todo lo que se moviera. ¿Qué se me gastaban las balas? ¡Usaba las armas que les había robado a los de allí abajo! ¿Cómo iba a parar la diversión por esa nimiedad?
De pronto me vi enganchada en aquel macabro juego entre la vida y la muerte. El frío metal me calentaba las manos, instándome a seguir. Emitía por mi piel suaves impulsos eléctricos que me empujaban a seguir disparando y matando a los cobardes que se escondían en las aulas en un esfuerzo desesperado de reducirme con una desorganizada emboscada. No tuvieron ni una sola oportunidad.
El pasillo se cerraba con un derrumbamiento. Solo me quedaba una clase por registrar: con doble puerta con los cristales rotos. A cubierto, miré a través del hueco para asegurarme de que el campo estaba libre. Vislumbre una figura bajita correteando hacia un rincón, quedándose en el lado ciego de mi visión. Le di una patada a la puerta para abrirla y esperé a los disparos con la espalda pegada a la pared.
No hubo tiros. No hubo disparos. Solo un grito ahogado. Apuntando en la dirección hacia la que vi correr a la figura, me adentré en el aula.
Sus ojos se clavaron en los míos, más hirientes que el arma de mayor calibre. Fue un choque brutal. No había brillo ni esperanza en ellos, como los vastos terrenos con los que me topé al salir del refugio. Era solo una niña de cabellos pajizos, sucios y pegajosos. Una niña con un vestidito andrajoso, pegado al cuerpo, con la falda medio arrancada y al que le faltaba un hombro. Podía leer en su sucia cara que mi irrupción no era motivo para asustarse. Para ella no.
Lo contrario ocurría con el hombre. Estaba a su lado, sentado en el suelo. Su mano me apuntaba temblorosa con una vieja escopeta. Sus ojos eran muy vívidos. Demasiado para un mundo como aquel. Llevaba una camisa marrón desabrochada, mostrando un viejo y desgarbado pecho lleno de pelo y una extrañamente bien criada barriga. Los pantalones que llevaba estaban rotos por tantos sitios, que no sería justo llamarlos “pantalones”.
Los dos nos apuntábamos. Mejor dicho: el lo intentaba. Yo bajé mi arma sin dejar de observar a la pequeña. No temblaba. Ni un solo tic.
- ¿Estáis con los de fuera?
- ¿Con los bandidos? –el tipo hablaba apresuradamente, escupiendo en su maltrecha barba de varios días - ¿Lo estás tú?
- ¡Responde!
- ¡¡No!! –se encogió -. ¡Solo quiero algo de leña para que mi hija no se congele todas las noches!
La chiquilla no dejaba de mirarme. Me ponía nerviosa.
- ¿Cómo habéis subido hasta aquí con todos los que había abajo?
- ¡No había tantos cuando llegamos! –se le saltaron las lágrimas y bajó el arma -. Ten compasión… Solo queremos un sitio donde dormir…
Si lo que intentaba era darme pena, iba mal. Me estaba dando asco. Le valué durante un rato. Había empezado a llorar y moquear como un niño, suplicando piedad una y otra vez. Esperaba que la hija también se echase a llorar, pero se habían cambiado los papeles. La niña se acercó a su padre y le abrazó. Su contacto le calmó. Bajé el arma, pero mantuve los sentidos bien alerta por si acaso.
- ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?
- No sé ya ni de dónde venimos… -el padre se sorbió la nariz produciendo un sonido asqueroso -. Hemos recorrido kilómetros bajo el yugo del Yermo. Nos han expulsado de todas las ciudades y rincones que sobreviven a duras penas porque no hay sitio en la vida para nadie más… Ni siquiera en Megatón hemos podido quedarnos, ¿verdad, cielo? –miró a su hija.
- Verdad, papá –respondió la niña sin acento ni emoción en la voz.
Examiné a aquella extraña pareja una vez más. Verlo así, abrazados… por un momento me recordó a los buenos tiempos del Refugio. Los abrazos de mi padre estaban tan… cálidos. Me di cuenta de que había empezado a tiritar de pronto. Si estuviera ahí conmigo…en aquel momento, igual que estaba ese padre con su hija…
¿Por qué se fue de esa forma…? ¿Por qué me dejó atrás?...
- ¿De dónde vienes tú…? –el padre se había estado pensando la pregunta, no muy seguro de saber formularla adecuadamente.
- De ninguna parte. ¿Hay algún lugar cerca en el que pueda parar para abastecerme que no este lleno de “bandidos”?
- Megatón –la niña me dirigió la palabra.
- No queda lejos -completó el padre -; solo tienes que seguir la carretera junto a la gasolinera de este pueblo. Es una fortaleza enorme de latón. La encontrarás sin problemas…
Por primera vez desde que salí al yermo sonreí. Seguro que mi padre estaba ahí. Seguro que era un lugar agradable, donde no pasaría frío, ni hambre. Donde no tendría que volver a ver el Yermo nunca más. Donde retomar la vida segura donde la dejé…
- Tened –a cambio de su información, quise recompensarles. Les dejé algunas de las cosas que había robado a esos bandidos: armas, ropa y otros cachivaches. El hombre no paraba de hablar y de decir gilipolleces. La niña guardaba un silencio sepulcral y miraba al suelo, con la mano un poco enrojecida del apretón que le daba su padre.
No me costó separarme de ellos. Quizás el alejarme de la pequeña si me afectó un poco, pero no demasiado. Es verdad que me inspiraba cierta apatía. Y que las pocas veces que se había atrevido a mirarme a los ojos, bajo el manto de desesperanza que los cegaba, se escondía cierto atisbo de urgencia. Quise interpretar en ellos una señal, pero… ¿qué señal iba a ser? Yo no podía salvarla de aquel infierno en el que el mundo se había convertido. Ni siquiera podía salvarme a mí misma. ¿Con quién iba a estar mejor que con su padre hasta que alguno de los peligros de ahí fuera no le quitase la vida?
Estos pensamientos acallaron a mi conciencia. Desanduve mi camino, pasando por encima de cuerpos inertes. Ya no había carcajadas. Ya no había disparos. El lugar estaba limpio como una patena y yo ya tenía un destino al que dirigirme: Megatón.



3 comentarios:
Por fin está de vuelta ese estilo único!! ^______^
Es escalofriante el retrato psicológico de Artemisa, el ver que en los momentos de peligro deja de ser ella y se convierte en una bestia asesina, que lejos de horrorizarse, se divierte con la matanza. La narración en primera persona, además, le otorga un punto de crudeza al Yermo muy real.
En el primer capítulo de Razor creía a Artemisa muy desvalida… Ahora ya no tanto. Está claro que esta chica es presa del lado oscuro del Karma y que es peligrosa. Ya puede prepararse el que la haga sentirse en peligro.
(Bienvenida de nuevo!!! :D).
Leer a Artemisa pone en tensión, porque nunca se sabe cuando va a matar a la persona con la que habla (es un pelín psicópata, hay que decirlo). La niña da también miedo (no llora, no se queja... escalofriante hija del Yermo), y el hombre pues... hay gente que asume el desastre y hay gente que no.
Una gran incursión en la escuela (los saqueadores se lo pensarán dos veces antes de "endrogarse" otra vez ahí dentro).
Como dice Andreu, está muy bien elaborado el personaje de Artemisa. Es fría a veces, un poco tarada. La niña da más miedo aún XD.
Como punto negativo, no encuentro lógico que a los dos "punkies" que están girados a ella, Artemisa les grite antes de disparar, arriesgándose a que la maten. Y por otra parte, también encuentro incoherente que los sonidos de los disparos, sobretodo en un lugar cerrado como aquel, que puede provocar fuertes ecos, no alerten al resto de macarras de la escuela.
Pero vamos, todos tenemos estos problemas. Yo me las veo canutas para localizar incoherencias. Y cada día tengo que arreglar las de mis relatos.
Bueno, espero otro capítulo^^.
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