Como animales. Así se defendieron los secuestradores al encontrarse ante un peligro que los superaba.
Me encargué primero del más joven y el más limpio. Vació el cargador conmigo, y consiguió que alguna que otra bala me impactase. Sentí el escozor de la herida al abrirse y quedar al aire a través del agujero de la ropa, pero nada más a partir de ahí. Su rostro era cada vez más cadavérico y perdía el color a una velocidad asombrosa. Yo caminaba despacio, con una sonrisa macabra que no podía borrar, que no podía controlar. Mis ojos, clavados en mi presa, no percibían nada más. El barbas había desaparecido, y era mi menor preocupación.
Uno de los disparos acertó en mi rodilla, lo cual hizo que perdiera un poco el equilibrio e hincase la otra en el suelo, clavando una cuchilla en un tablón. El tipo retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared y el percutor chasqueó sobre vacío.
- Mi turno… -anuncié con la voz profunda y cascada.
Lancé la cuchilla que quedaba libre, clavándose a pocos centímetros de su cara, en la pared, con un ruido sordo. La recogí acercándome a él, dejando entre nuestros rostros un mínimo espacio del tamaño de un dedo meñique. Podía notar los escalofríos que mi aliento le provocaba, su respiración compungida, sus ojos desorbitados y llenos de lágrimas de terror… y los disfrutaba. Ladeé la cuchilla de la pared sin tener que sacarla, rozando su oído con la hoja y abriéndole espacio a un minúsculo reguero de sangre que goteó hasta el suelo. Gimió.
- Por favor, no me hagas daño –suplicó –No fue idea mía… ¡Él me convenció! ¡Sólo quería el dinero que le correspondía por haber trabajado para ellos! Yo sé lo que pasó allí, y…
- ¿Para quienes? –no muy lejos de allí, escuché el pomo de una puerta deslizándose. Mandé una señal de caos para sellar todas las salidas posibles y proseguí con mi interrogatorio.
- La familia Munnik –las lágrimas consiguieron brotar -. Le sometieron a tratos vejatorios… El jefe, el padre. Y luego le echó, por eso pensamos que podríamos chantajearle…
- ¿Pensamos? –murmuré jugando con la otra cuchilla cerca de su barbilla. Sus ojos se desviaron de los míos hacia la pistola que yacía a poca distancia. Le seguí y el arma salió disparada como movida por un resorte invisible hasta la otra esquina de la habitación.
- ¡Pensó! ¡Pensó! –se corrigió enseguida apretándose más contra la pared –Me convenció. Yo también sabía lo que hacia, así que pensó que podríamos secuestrar a su hija, mi sobrina, para darle un escarmiento.
Emití un gruñido como asentimiento. Los pasos del socio se escuchaban moverse de un lado a otro, seguramente buscando alguna salida.
- ¿Se parece tanto a mi como para confundirnos…?
- Si… -acerqué aún más las cuchillas -¡Quiero decir, no! ¡Te vimos de espaldas, y por eso…!
- ¿Me tuteas…? –le amedrenté un poco más.
- ¡Lo siento! –se descompuso totalmente, echándose a llorar a lágrima viva. Adquirió un aspecto patético -. ¡Lo siento, de verdad!
- ¡Pero se lo merecían! ¡Traidor!
Hubo un disparo más, y este no iba por mi. Acertó de lleno en la frente de su compañero, matándolo en el acto y manchándome la cara de su sangre. La visión, escalofriante, me bajó el entusiasmo y los humos, dejándome caer hacia atrás hasta sentarme, con los ojos clavados en el cuerpo sin vida. El aire se enrareció, la tensión se adueñó de mí. Lo primero que hice fue buscar su mirada, la mirada burlona de aquel que gasta una broma pesada a otro.
Pero no. Había quedado con los ojos abiertos y la sien pegada al suelo. Ya no había ningún brillo en ellos, y las lágrimas se habían esfumado dejando solo un par de manchas de sombra alargada.
E igual que su vida, mi piedad también se había esfumado. Me sentía culpable, sentía miedo… Si
Impondría justicia, y evitaría confusiones. Ese era mi plan.
Me levanté y saqué las cuchillas. El aire se había enrarecido: olía a pólvora y a algo más. Algo denso que empezaba a acumularse. Algo que empezaba a cobrar forma a mi alrededor, una especie de aura enrojecida que me envolvía formando lazos que se ataban unos a otros, se atraían y entretejían una figura cada vez más perfilada a mi lado, en donde antes no había nada. La figura emanaba una brisa que fue enfureciéndose hasta levantar viejos tablones y lanzar la silla por los aires.
Hubo más disparos, pero ninguno me dio. La silueta neblinosa se convirtió en un campo magnético que empezó a atraer todo lo metálico que hubiera por la sala, incluyendo las pistolas, que se desintegraron al rozar la neblina.
Las puertas y ventanas empezaron a abrirse y cerrarse a portazos, continuamente en un baile fantasmal de bienvenida. El barbas miraba a todas partes, sin saber que hacer, pero su atención estaba puesta totalmente en la niebla que estaba creando: había adquirido una forma reconocible, una forma que el podía ver.
Era una forma humanoide, que fue creciendo hasta alcanzar el techo con la cabeza. Una cabeza que quedó amorfa, como con pico y cabellera. Tenía un torso fuerte, apreciándose la forma de cada músculo, bien trabajado. Podía discernirse la forma de una pequeña y corta falda de tela como única prenda, envolviendo su cintura; y unas piernas fuertes y largas de las que surgieron ramificaciones que se afilaron como dagas. Sus pies y manos, con 6 dedos cada una, tenían las uñas largas, como la distancia de la punta del dedo índice hasta su muñeca. Se mantuvo en una postura hierática, firme y recto, hasta que se vio completo. Se miró las manos, se palpó el techo como si fuera realmente una persona real.
Me giré para quedar frente a frente con el secuestrador que quedaba en pie, que miraba aterrado la siniestra aparición, que para mostrar su satisfacción por su forma, emitió un gruñido gutural que hicieron temblar las paredes.
Yo seguía moviendo los labios casi imperceptiblemente, atando el caos, atando la personalidad y poder a aquel cuerpo creado por mi propio caos. Cuando terminé mi letanía, ya sin sonrisa, ya sin entusiasmo, procedí a las presentaciones:
- Éste es Xoghor, espíritu errante, parasito mental que en tus pesadillas aguarda para devorarte… -al hablar, atraje su atención, y el barbas gritó y se sobresaltó al ver mis ojos rojos -. Xoghor, este es tu nuevo anfitrión –señalé al hombre –cuyos sueños te ofrecerá hasta que de si no de más –Xoghor dio un paso, y adoptó su forma a la de un cuadrúpedo, moviendo sus hombros como un felino a punto de saltar sobre su presa –De hoy en adelante, recuérdale nuestro nombre y recuérdale sus pecados, aquellos que aquí te ataron. Que te aproveche…
Intentó correr. Intentó escapar. Pero nadie puede escapar de semejante invocación. Y menos, un mortal…
Xoghor, en forma de animal, salió en su persecución. Poco tiempo tuvo para disfrutar de la caza, dándole alcance en el pasillo de la casa, fuera de mi vista. Supuse lo que habría hecho: la neblina habría envuelto a aquel individuo y se habría colado por todos sus poros, dejándole sin conocimiento. El ruido de un cuerpo cayendo al suelo confirmó mis teorías.
De pronto, pude moverme. Antes, con la invocación, me había visto obligada a reservar todas mis fuerzas para reunir y contener el caos de la invocación, y ahora que no lo tenía, todas mis fuerzas me abandonaron. Las piernas me temblaban como flanes, incapaces de soportar mi peso mucho más.
Me dejé caer al suelo, acostándome. Cerraría los ojos, y descansaría hasta reponerme. Aún tenía cosas que hacer…


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada