Crónicas del Caos - Misión: Secuestra a la chica equivocada (III parte y final)

jueves, 19 de noviembre de 2009

Me sentía débil, pero satisfecha conmigo misma. Se me había echado la noche encima, y era bastante tarde, pero no me importaba.

Cavilaba. Me distraía rememorando lo ocurrido aquel día: el secuestro, mi búsqueda en la guía telefónica de la familia Munnik y mi posterior y fugaz visita que había llenado de terror aquella casa y había puesto sobre aviso a aquella cría que, con solo catorce años, ya se pintaba y vestía como una madurita resentida con la vida…

Sabía que, aunque justificada, mi actuación iba a acarrearme consecuencias negativas en cuanto la Orden se enterase (cosa que haría en breve), y no me importaba.

Me sentía bien conmigo misma, y a la vez tenía un amargo sabor de boca. Encontrarme con la chica con la que me habían confundido había sido como volver atrás en el tiempo…

Había llegado a la casa cuando el atardecer ya cubría de cobre los tejados. Era una familia acomodada, poseedores de una bonita casa en una rica urbanización privada. El hilo musical de cantantes en decadencia, fervientes seguidoras de una vida llena de vicios, hombres estereotipo, drogas y alcohol sonaban a todo volumen desde una de las habitaciones del piso superior. Nos encontramos en su terraza, yo sentada en la barandilla y ella en el borde de su cama, pintándose las uñas.

Se asustó al verme, pero se atrevió a dirigirme la palabra. Con desparpajo, pero agresividad.

- ¡¿Cómo has llegado ahí?!

- ¿No es mejor empezar conociendo la identidad de la otra persona? –respondí cruzándome de brazos.

La chica me miró con ese sentimiento de superioridad que le inculcaron desde pequeña. Con esa creencia de independencia, de que ella podía con todo, fuera lo que fuera, y era mejor que todos. Sentía las oleadas de asco recorriendo mi estómago, pero lo soporté.

- Esta mañana. Me confundieron contigo. Me secuestraron.

- ¿Y estás aquí? –la chica se rió como si hubiera contado algún chiste, pero con una risa desagradable, frívola y estúpida. ¿Cómo pudieron confundirnos? –¿Eres la hija de alguno de los subordinados de mi padre? Le diré que le haga la vida imposible a tus padres…

- Entonces, empezaré por tus padres…

La chica puso una cara de incomprensión que parecía un cuadro cuando me vio saltar por encima de la barandilla los cuatro o cinco metros que me separaban del suelo. Caí de pie, pero ella no lo vio. La escuché correr por el interior de la casa, así que tenía poco tiempo.

Los padres fueron fáciles. Estaban juntos en un salón, recostados sobres sendos divanes. La madre, al igual que la hija, se pintaba sus queridas uñas mientras que el progenitor discutía airado por teléfono con alguien. Al verme entrar en la misma habitación que ellos, ambos se me quedaron mirando como quién ve a un fantasma. Otra vez. ¿Iba a ser siempre así? ¿Daba igual que me entrenase, que me controlase? Si, daba igual… Siempre me mirarían así. Siempre me despreciarían así…

Provoqué una explosión. Los cristales –ventanas, cuadros, mesas… -todos a una, estallaron a la par con un chirrido muy desagradable. Las paredes se cubrieron de golpes hechos por puños gigantes e invisibles, y los muebles cayeron al suelo. En menos de un segundo, la catástrofe. Para los padres, fue una visión chocante, y no actuaron con la sensatez que esperaba. Se me echaron encima. Sin embargo, antes de que dieran dos pasos, ellos también volaron por los aires y acabaron dando con sus huesos en el suelo, cada uno en una esquina. El padre se cortó con uno de los cristales que había diseminados por el escenario y manchó la rica alfombra de terciopelo que tenía bajo sus pies.

La hija llegó en ese momento. Al ver la escena, ni siquiera acudió a ver como estaban sus padres, que era lo más normal. Cogió una esquirla y me la lanzó. La aparté de un manotazo, y al ver su poco éxito, me tiró otro que falló.

- ¡¿Qué has hecho?! ¡¿Eres una terrorista?! ¡¿Has venido a por dinero?!

El asco se redobló. Me lamenté por haber castigado a los pobres secuestradores. Me planteé el regresar junto a ellos y ayudarles a retomar su plan, pero ya era bastante tarde: la policía ya se habría asomado por allí después de mi llamada.

Me acerqué al padre. No había soltado su teléfono, y estaba marcando el número de alguien cuando le interrumpí. Seguramente de la policía. Así que me di algo más de prisa:

- Seré breve: esta mañana un trabajador del cual te aprovechaste y vete a saber que cosas sucias le hiciste me secuestró pensando que era tu hija. Pensé en avisaros, pero visto lo visto… -alcé los brazos en un gesto para señalar todas sus posesiones, que incluían su personalidad vana y vacía –Sois más de lo mismo: os creéis mejor que los demás y os aprovecháis de ellos. Así que creo que si, que impartiré justicia…

- ¡¿Qué tonterías dices, bicho raro?!

Ni siquiera pudo terminar de insultarme. Me volví hacia ella y estiré la mano con la palma abierta hacia ella. La cría salió despedida hasta otra habitación. Así se estaría calladita.

- ¿Eres la hija de Amy…?

La madre habló por fin. Y lo que dijo me provocó un escalofrío.

- ¿Qué has dicho? –luché conmigo misma, intenté refrenarme. ¿Me conocía? Aquella mujer con pinta de cuarentona prematura, vestida con colores chillones, peinado de peluquería, pintada como una puerta y tacones gigantescos no me sonaba de nada.

La mujer se levantó despacio, sin hacer movimientos bruscos y enseñándome las palmas de las manos.

- Te pareces mucho a una compañera de colegio que iba a mi misma clase… Se llamaba Amy. No sé su apellido, era adoptada, pero tenía un…

La mandé callar con un chillido casi histérico, impropio de mí. Me costaba respirar. Me temblaban las manos.

- Era…era morena, como tu. Y tenía tu misma cara. ¡Cualquiera diría que sois idénticas! –la mujer se acercó lentamente –Eres su hija, ¿verdad? Me alegro de que encontrase a alguien que…

- Cállate, mentirosa… -bajé la cabeza con mis ojos clavados en aquella mujer. La sangre me hervía por dentro. El caos me pedía acción. Los recuerdos, venganza…

- Me llamo Beatriz –la señora, totalmente inconsciente del peligro que corría, continuó su acercamiento con una sonrisa llena de falsedad que trataba de inspirar empatía -. No sé cómo has hecho esto, pero… ¡no importa! ¡Tu madre también era bastante rara!

Dio un paso en falso, que casi la hizo tropezar. Pero no fue eso lo que me instó finalmente a sacar las cuchillas y llevarlas a su cuello; sino su última sentencia. Mi flujo sanguíneo había aumentado, podía notarlo, como también notaba mis ojos rojos, listo para empezar la acción. La tenía contra la pared, con mis cuchillas en su cuello. Si hubiera querido, podía haberla matado allí mismo. Si hubiera querido, habría podido rebanar aquel flacucho cuello lleno de pliegues.

No. No era si hubiera querido. Era lo que quería en aquel momento. Lo que me pedía el alma por dentro a gritos.

- No soy hija de nadie… -la voz surgió de mi garganta como un siseo, casi aplastada por el peso de la ira y el esfuerzo sobrehumano de contención que estaba llevando a cabo –Yo soy Amy… La que adoptó una familia normal. La que iba a tu clase en Secundaria, en tu mismo colegio. Aquella a la que insultabas por ser diferente, por no querer ser como tu y el resto. Aquella a la que le hiciste la vida imposible… ¡Esa soy yo! ¡Por eso no he cambiado, y por eso me he entrenado durante diez años! ¡Para vengarme de vosotras!

Estuve a punto. Moví las cuchillas para terminar con el golpe perfecto, pero…

Otro recuerdo se sobrepuso a los amargos. Una imagen, congelada, como una foto que solo yo podía ver. Apareció y desapareció fugaz, delante de mi visión, obligándome a parar el determinante vuelo de mis hojas.

Me hizo darme cuenta de que había mentido. ¿Venganza? ¿Diez años sufriendo por eso? No. Si decía aquello estaba mintiéndole a lo más sagrado que tenía en este mundo…

« Dos jóvenes, un chico de pelo rubio de punta y una joven de cabello largo y moreno, estaban sentados en un banco de un patio de recreo vacío. La chica tenía su mochila cerca, a los pies del banco, y miraba al suelo con los ojos llenos de lágrimas. Era débil, estaba destrozada por dentro, y su corazón pisoteado. El chico hablaba y ella, escuchaba.

- Si te unieras a nosotros, controlarías esos instintos. ¡Podrías vengarte de ellos si quisieras!

- ¿Vengarme? –masculló la chica con voz tenue –Eso no es algo bueno…

- Pero es lo que quieres –proseguía el chico -. Se han metido contigo injustamente. Puedes demostrarles lo que eres. Lo que vales…

La chica meneó la cabeza, dejando caer algunas lágrimas y hundiendo la cabeza entre sus manos.

- ¡No! –gimió aterrorizada –Le prometí que usaría este poder para el bien… No puedo usarlo para vengarme… ¡Le perdería para siempre!

El chico sonrió comprensivo y le pasó la mano por la espalda.

- Sé l que os ha pasado. Le salvaste una vez; pero no puedes controlar esos instintos. Por eso pudiste salvarle. Sin embargo, puede que la próxima vez no tengas tanta suerte…

- ¡¿Qué quieres decir?! –la chica se apartó de él y le miró desafiante por encima de las lágrimas.

- Que no puedes controlar esos instintos. Ellos no te pidieron que le salvaras, sino que acabaras con esa amenaza. La próxima vez, puede que te pidan que le mates a él…

- ¡Pues lo controlaré!

- Llevas diciendo eso desde los cinco años, Amy.

La chica se calló y tragó saliva, bajando de nuevo la cabeza. Reconoció que tenía razón.

- ¿Para qué quieres usar tu poder, Amy? Un poder que puede hacer muchísimo daño…

La muchacha tardo en contestar. Se lo pensó muy bien antes.

- Quiero protegerle… -susurró. Miró a los ojos del chico y le echó más fuerza a su voz -¡Quiero protegerle con este poder!

Las lágrimas se habían esfumado, intercambiando su lugar con una mirada desafiante y llena de valor. El chico sonrió. Hacía tiempo que no veía semejante decisión en los ojos de nadie… Se levantó del banco y le tendió la mano.

- Entonces, bienvenida a la Orden de Corver –Amy le estrechó la mano -. Soy Nicómedes. Tendrás que decidir tu nombre más adelante…

- Ya lo tengo decidido –volvió a sorprender a Nicómedes -. Soy Veran.»

La cuchilla estaba detenida en medio del aire, y mi víctima encogida. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cuándo me había alejado tanto de mi meta? ¿Por qué había dejado que la organización me comiera el cerebro hasta aquel punto?

Me aparté de Beatriz, guardando mis armas. Padre e hija me miraban, sin decir una palabras, escondidos y con miedo. La madre, abrió los ojos y dejó de temblar cuando ya estaba en la puerta. No me volví ni una sola vez.

Había perdido el norte. Tantos años, tantos entrenamientos, tantos exorcismos, tantas misiones… Tanto que hacer que había perdido mi verdadero deber de vista.

Evité mirarme en los escaparates de las tiendas por las que pasaba. ¿Para qué? ¿Para seguir viendo el monstruo que siempre he sido…? ¿La escasa evolución que he experimentado a lo largo de mi vida?

Sentía que había hecho bien al dejar las cosas tal y como estaban, pero me amargaba pensar en la realidad. En que el instinto seguía allí; no se había controlado ni desaparecido.

Me detuve en medio de una calle solitaria. Saqué el teléfono móvil y lo tiré al suelo con fuerza. El maldito teléfono que solo sonaba para darme malas noticias. Para embeberme aún más en aquella maraña de la que nunca saldría. El teléfono que les servía para mantenerme localizada las veinticuatro horas del día se rompió en pedazos al chocar contra el suelo. Mandaría alguna señal, seguramente, y a las décimas de segundo supe que no estaba sola en aquella calle, aunque nadie hubiera aparecido. Así que grité su nombre con toda la fuerza que me quedaba:

- ¡¡Nicómedes!!

Una silueta humana saltó desde un tejado y se posó grácilmente frente a mi. Su pelo de punta, rubio, seguía intacto, y su traje de chaqueta inmaculado. En su rostro, estaba la grave expresión que siempre auguraba problemas.

- No quiero seguir así. No quiero seguir aquí –el labio inferior me tembló, pero no lloré. Me enfrenté a él, como siempre. Como nunca.

Los ojos azules y profundos de Nicómedes me estudiaron. Mantuvo las distancias, pero me transmitió cierta sensación de familiaridad y alivio.

- Tengo la solución, Veran.

Me tendió la mano. Igual que aquella vez en el patio. E igual que aquella otra vez, acepté y se la estreché.

Y la calle quedó desierta.