Pensamientos...

miércoles, 28 de octubre de 2009

Sé que hace mucho que no escribo, ni actualizo... Y os pido perdón por ello. No es la primera vez, pero se me subió el santo al cielo. La inspiración fue la que se subió allí y me dejó atrás, la muy cabrona. Pero bueno... traigo grandes noticias: he conseguido entrar en Derecho (aunque en realidad es Derecho+direccion de empresas, cosa que no me sirve para nada, pero mejor entrar ahora que con Bolonia vigente...) y, si alguno de los que leeis vais a las Fived de este fin de semana, nos encontraremos allí.


Como disculpa, os dejo con un minirelato que hice como ejercicio para recuperar mi inspiración y mantener mi estilo narrativo. Criticad si queréis, comentad siempre.

Y como última nota: estoy enganchada a Curso del 63. Si alguien más lo ve, espero que disfrute tanto como yo viendo sufrir canis y cambiando sus caras por la de sus viejos compañeros de clase. Un saludo a vosotros, queridos lectores. Gracias por vuestra paciencia y comprensión.

-----------------------------------------------------------------------------

El balanceo de su brazo era rítmico, hipnotizante. Levantaba un leve murmullo, como el tic-tac de un reloj a cada segundo.

¡Dios! ¡Como le gustaba ese gato dorado de los chinos!

Se lo habían regalado. Había sido una sorpresa. Era el primer regalo que no se esperaba. De verdad.

Aunque si lo pensaba bien, y echando un vistazo a su escritorio, todo lo que tenía menos su ordenador eran regalos suyos: el pato de peluche; las dos flores envueltas en plástico; las dos miniaturas de conejitos protagonistas de uno de sus juegos favoritos; un disco duro externo; libros…

Y si echaba la vista hacia la estantería que tenía detrás, llena de libros de consulta, encontraría otros tantos. Y todos con su propio significado.

Ahora que lo pensaba bien, se daba cuenta de que solo esos regalos tenían sentido para ella. Es decir, no pensemos mal; ya había recibido regalos antes, y en cierto modo les tenía cariño, pero… aquellos tenían un significado especial. Un significado sentimental que no podrían llegar ni siquiera a aspirar el resto… ¡Que se pudran de envidia!

Daba igual a donde mirase. Fuera donde fuera, había uno de esos objetos, sagrados para ella y con un trasfondo único.

Por eso cerraba los ojos. Por eso quería irse a la cama. Para no verlos y seguir atormentándose.

Quedaban prácticamente todos los días de la semana. Todas las noches, después de pasar una tarde aburrida y sin nada más que hacer que ver series descargadas de televisión, leer o simplemente jugar a la videoconsola, iba a recogerle al trabajo. El plan no solía variar demasiado: daban una vuelta, cenaban y jugaban a la consola juntos, o veían alguna serie juntos. Y para ambos, aquel era un plan perfecto del que nunca se cansaban. Nunca se convertía en pesada rutina.

Y para un día que no pueden quedar, para ella es como un mazazo en pleno pecho. No quiere admitirlo, intenta olvidarlo, pero algo le reconcome por dentro. Llevaba días así, con su mente perversa y traicionera jugándole malas pasadas en cuanto la dejaba libre. Veía los detalles, pero hasta que no se separaban, no se daba cuenta de cuanto la disgustaban. Recordó que desde el lunes, ni uno ni otro mencionó la oportunidad de jugar un rato, como solían hacer cuando podían. Últimamente, ella se había soltado; se había atrevido a ir más allá. Y cuando se vio sola delante del ordenador y su gato de los chinos como única compañía, se lo replanteó todo. Quizás había ido demasiado rápido. Quizás no le gustara a él su nueva actitud. Quizás empezaba a afearse ante sus ojos… a perder el poco atractivo que tenía, o que él le hizo ver que tenía.

Llegó a pensar que incluso era posible, una mínima posibilidad, que su mente tuviera razón. No estaba comparándole con ningún ex. Era solo que, con el paso del tiempo y sus amargas experiencias, había aprendido que cuando parecía estar bien con una persona, tenía que llegar alguna zorra para arrebatárselo sin ningún impedimento ni pudor.

Pero ese era el quizás más quizás que pueda haber en el mundo de los quizás.

Se obligó a si misma a pensar. Se obligó a si misma a poner esa mentalidad en orden y obligarla a pensar como tenía que pensar la criminóloga que quería ser. Analizar las cosas. Creer ciegamente en las pruebas. No especular.

Lo primero que hizo, fue borrar ese “quizás” tan grande del engaño. La forma en la que habían empezado, la forma de la que habían continuado su relación era tan poco convencional que directamente era imposible que llegara a ocurrir. Ni siquiera existía el famoso 0.001%. Era un 0.000% total.

Luego estaba el tema de los estudios. Todo el mundo estaba orgulloso de ella. Todos la felicitaban, incluso gente con la que apenas hablaba –aunque no se hablaba con nadie -. Su padre, como de costumbre, dejó de hacerle ascos e intentaba subirse al carro de su éxito después de amargarle la existencia. Eso era algo que, evidentemente, no se lo iba a permitir, y le obviaba igual que llevaba haciendo desde que tenía uso de razón.

Sabía la teoría. Sabía que tenía que sentirse orgullosa de si misma, satisfecha por haber conseguido entrar, después de un duro y largo camino lleno de obstáculos, en la facultad. Pero no se sentía bien. Para nada bien.

Le gustaban las clases. Iba con entusiasmo, ya fueran las ocho de la mañana como las diez. Atendía, tomaba apuntes a gran velocidad e intentaba abrirse paso. Pero se sentía mal. Se sentía defraudada. Frustrada.

Era como si en realidad, hubiera cumplido el sueño de otra persona y no el suyo propio.

¿Cuál era su sueño de estudiante universitaria? Hacer amigos no era, evidentemente. Por más que trataba de evitarlo, seguía odiando a las personas. Seguía sin fiarse de ellas y seguía imponiendo un muro ante ella y el resto del mundo. No. No era hacer amigos.

¿Labrarse un futuro? Empezaba a dudarlo. Había tenido sueños de futuro, pero… ciertamente, se preguntaba si su presente fuera el preludio de esos sueños.

Como la protagonista de una fábula, veía como el resto del mundo estaba contento. Muy contento. ¡Rebosante de alegría! Y veía ahora como estaba sola, sin que nadie quisiera escuchar lo que le había ocurrido en clase o lo que había hecho…

Su hermano estaba enganchado al juego online de su ordenador dieciséis horas al día. Su hermano pequeño no lo entendería. Su padre no existía, hacía años que habían dejado de hablarse para evitar muertes innecesarias. Y su madre se limitaba a vivir una vida de Barbie, orgullosa por la situación de su hija pero demasiado ocupada escuchando su propia mente para escucharla.

Y luego estaba él. También demasiado ocupado. Demasiado cansado para escucharla. Por las tardes, después de una dura mañana de trabajo, dormia la siesta y no podían hablar mucho. Por la tarde, se presentaban problemas más serios que requerían su atención y el trabajo le extenuaba. Así que tampoco iba a agobiarle. De todas formas, las veces que intentaba comentarle sus dificultades para con la sociedad, él se molestaba. Estaba cansado ya de ayudarla. Ella misma veía que estaba agotado de su estupidez.

Así que, sin ayuda, sin más palabras agradables que un “Su vaso de leche calentita, su majestad” con cierto tintineo irónico, prepara su cartera sin mirar nada más a su alrededor y empieza a forrar su mente y toda su alma con la primera concha que encuentra.

“Sé tu misma”. ¿No era eso lo que él le aconsejó cuando hablaron del tema? Pues sería ella misma. La antisocial que se había labrado a lo largo de los años en aquel sucio colegio de monjas, sobreviviendo a los crueles ataques de unos niños mimados pendientes de la tele, las modas, que fingían ser mayores antes de tiempo y que no la dejaban en paz. Al día siguiente se llevaría alguna consola portátil, lo que fuera antes que entablar conversación con alguien que terminará haciéndole daño, y no se movería de clase hasta que no llegase la hora de salir. Aunque su trasero luego quedé resentido, como le estaba pasando. Aunque su dedo índice estuviera hinchado y su mano llena de granitos, señales de una reacción alérgica que ni ella misma sabía de dónde venía.

Sería ella misma. La antisocial para la que todas las tías eran unas zorras, y los tios solo servían para matar el tiempo, para que intentaran ganarla en algún videojuego, sin éxito.

Sintió miedo, y con ansia miró el reloj. Las once y media. La hora perfecta para irse a la cama, hacerse una bola entre las mantas calentitas con la música de su mp3 a todo volumen para ensordecerse ante los traicioneros vaivenes de su mente.

De reojo miró la foto que se había sacado junto a él, de las pocas que había en el mundo con la cara de ella. Le deseó buenas noches, como hacía todas las noches. Le extrajo las pilas al gato chino –al que ella bautizó como Jose Luis a su llegada –e intentó dormir.

Pero sabía que tendría pesadillas.

Y si queréis conocerlas, tendréis que esperar al próximo día que ella tenga algo de tiempo y se decida a escribir en su diario.

Por lo demás, que sepáis que sois todos unos cotillas.

1 comentarios:

Kraric dijo...

Buenisimo...
Es lo que "ese tipo especial extenuado" te dijo una vez...
"Eres de esas escritoras que saca la inspiracion de la tristeza"
Asi que no estes triste...y en cuanto a lo demas hablamos esta noche