La criatura se alzó, mostrándose tal cual era. Ante semejantes manazas, el hacha que traía de primeras podía quedarse en el suelo hasta que se pudriera. Sus ojos se habían velado y agrandado, ennegreciéndose totalmente hasta convertirlos en algo tan antinatural como él mismo y que se habían quedado clavados en Jeremiah, que asistía a la escena petrificado en su sillón.
Para él era la ocasión perfecta. Salió corriendo en su dirección, alzando su garra por encima de su cabeza. Corrí detrás de él, clavándole mis cuchillas en todos los flancos que podía, sin que se inmutase hasta que acerté en su nuca. Su cuerpo se llenó de pequeñas heridas que sangraban abundantemente, pero no le afectaban tanto como la última, que le hizo detenerse y volverse hecho una furia.
Retrocedí un par de pasos, empuñando las cuchillas y caminando en círculos a su alrededor, retándole.
- Jeremiah, póngase a salvo mientras me encargo de él.
- ¡No! -la voz de la criatura se elevó por encima de la mía antes de aceptar el desafio y venir a por mí.
Aunque me defendía cubriéndome con las cuchillas, me costaba poder detener todos sus golpes. Su fuerza había aumentado considerablemente con aquella transformación y más de una vez incluso llegó a rozarme con los colmillos, tan afilados que su solo roce sirvió para rasgarme las mangas y herirme. Su altura también jugaba en su favor hasta que se me ocurrió usarla en su contra cuando ya estaba acorralada entre él y la pared. Me agaché y me escurrí bajo sus gigantescas piernas hasta colocarme tras él. Subí por su encorvada espalda y hundí mis cuchillas en su nuca una vez.
Pero como no bastaba, tuve que clavárselas muchísimas más veces en estado de frenesí. Su cuerpo se bamboleaba con violencia intentando quitarme de encima y dolorido, echando las zarpas atrás buscándome tan a la desesperada que él mismo se clavaba sus largas uñas. Sus gritos subían de tono a cada estocada, al contrario que el resto de sus fuerzas, que cada vez estaban más debilitadas por la pérdida de sangre.
Llegó a un punto, en el que la criatura enmudeció de repente, dejó caer los brazos, y se desplomó en el suelo bocabajo. Aún así, continué atacando al mismo sitio, cegada por la adrenalina, hasta que la sangre que había salpicado mi cara y mis ropas terminó de convencerme en su silencioso llanto. Me aparté de encima, jadeando y sudando a mares, alejándome del cadáver de la criatura que se había convertido en una uniforme y gigantesca masa sangrienta. Las piernas me temblaban y terminé cayendo al suelo de rodillas y tapándome la cara con una mano, intentando calmarme.
Había perdido el control. ¿Se habría enterado la Orden? Si así era, podía caerme una gorda. ¿Expulsión? ¿Misión de castigo? ¿Me degradarían? ¿Cómo había podido ponerme así? Pensé analizando mi comportamiento durante la “pelea”. Es verdad que tenía que proteger al objetivo a toda costa, pero de ahí a lo que había hecho... ¡No podía recordar ni porqué me había puesto así! Ataqué tan a la desesperada,, tan salvajemente... que ver el cadáver ante mí me producía arcadas. ¡Tenía que exorcizarle, no hacer una masacre!
Una mano se posó en mi espalda, haciéndome dar un respingo e interrumpiendo mis pensamientos. Jeremiah se había agachado a mi lado y me acariciaba la espalda para consolarme. Le miré directamente a los ojos sin saber qué pensar o hacer. Balbuceé sin emitir sonido. ¿Qué podía decirle? ¿Qué se suponía que tenía que hacer en esas situaciones?
- ¿Te encuentras bien? -no podía ni mover la cabeza. Estaba totalmente bloqueada. Apartó la mano, empapada de la sangre que me había manchado a mí. Me sentí culpable por ese hecho -. Acompañame. No debes de sentirte muy cómoda con la ropa así. Creo que alguna criada puede tener algo para ti.
Aunque la enfermedad había debilitado sus piernas, pudieron sostenerse para ayudarme a levantarme. Me tomó del hombro y me guió fuera de la habitación sin mirar atrás y obligándome a hacer lo mismo. Me dejé llevar, obediente, y aún con la imagen de las consecuencias de mis actos grabada a fuego en mi mente. Aquel cuerpo desgarrado y espatarrado en una esquina del salón. ¿Eso lo había hecho yo? Eso lo había hecho yo...
Jeremiah me guió entre los corredores y pasillos a paso lento hasta unas cocinas. Allí solo había una persona, la cocinera, una mujer gruesa de rostro bonachón pero mirada desconfiada. Estaba encendiendo un fogón cuando irrumpimos en la habitación. La mujer se volvió hacia nosotros con una regañina puesta en la boca que no salió al ver que Jeremiah me acompañaba.
- ¿Señor Jeremiah? ¡No debería forzarse de esa forma! -luego me vio -¡¿Y quién es esta chica y qué le ha pasado?! ¡Esta cubierta de sangre! ¿Está herida?
La mujer vino corriendo hacia mí, tomándome de las mejillas y levantándome el rostro para poder estudiarme mejor.
- No te preocupes. No esta herida, creo -dijo Jeremiah volviendo a tomarme de los hombros -Solo en estado de shock. Me ha salvado de Ambrose. ¡Gracias a ella ya no tengo que preocuparme por él! -aunque intentaba ser jovial, en su tono se reflejó un leve atisbo de tristeza.
- ¡Gracias a Dios! Anda, pequeña, ven -la mujer me tomó de la mano -Señor, ¿por qué no se sienta mientras y ahora le llevo a su habitación?
- Me gustaría quedarme aquí, Lucia -le contestó el anciano -. No te preocupes más por mi y encargate de ella, por favor -Jeremiah caminó por sí mismo hasta una silla de madera, al otro lado de la estancia.
Lucia intentó protestar, pero Jeremiah cerró los ojos e hizo oídos sordos. Al ver que no le hacía ni caso, la cocinera se enfurruñó, pero me llevó hasta una sala contigua, un dormitorio, que supuse que sería el suyo. Estaba demasiado afectada como para detenerme a observar los detalles, pero sé que se separó de mi, buscó algo en un armario y me encerró en el baño. Recobré más o menos el sentido un rato después de encontrarme sola entre esas cuatro paredes, lo justo para poder desnudarme, meterme en la ducha, quitarme toda esa sangre de encima y ponerme lo que la criada había sacado de su armario para mi.
Por sorprendente que pareciera, era de mi talla. Relativamente, claro, porque me pareció un poco estrecho. Era un vestido negro con los puños y el cuello blanco y de falda larga. Salí del baño con el pelo mojado y mi ropa doblada sobre el brazo. La cocinera no estaba allí. Salí por la única puerta que había y que daba a las cocinas, y allí me la encontré junto a Jeremiah y otro hombre más que no conocía y que me daba la espalda. Los tres formaban un corrillo y hablaban en susurros entre ellos. Me aclaré la garganta para llamarles la atención, sintiéndome algo mejor. Los tres se volvieron hacia mí. A la cocinera le brillaron los ojos al verme.
- ¡Te queda genial! ¡Mucho mejor que a mi hija cuando tenía tu edad! -se acercó parar quitarme mi antigua ropa de las manos -Yo me encargaré de lavarte esto. Aunque la sangre es difícil de quitar.
No me dejó tiempo ni para que le murmurase un gracias, porque salió pitando hacia otra habitación. La vi alejarse, quedándome embobada en el hipnotizante vaivén de sus grasas, hasta que el desconocido me llamó la atención.
- ¿Atacaron a esta pobre chica? ¡Dios no permitirá que semejante injusticia ocurra de nuevo!
Por esa afirmación y por la sotana y alzacuellos que llevaba, no fue muy difícil descubrir que era un sacerdote. Muy joven, a juzgar por su jovial rostro forzado a adaptarse a las circunstancias oscuras que rodeaban la casa de Jeremiah y de pelo corto y castaño. Sus ojos, profundos y negros, me examinaron de arriba abajo, evaluandome. Yo hice lo mismo, cruzándome de brazos. Ya no quedaba ni rastro de mi anterior estado de shock. Ahora estaba enfadada.
- ¿Que hace un cura aquí? -no me hacía falta, pero de todas formas comprobé su aura: naranja brillante -. Y encima uno de esos que dicen ser exorcistas...
-¡No me digas que eres una seminmortal! -al cura le brillaron los ojos con admiración -¡Es la primera vez que me encuentro con uno en persona! ¡Dios está de mi lado hoy!
- Mis criados se pusieron de acuerdo y le llamaron. Dicen que ya no pueden soportar más esta situación, así que... -explicó Jeremiah.
- ¿Así que qué? -fulminé al sacerdote con la mirada, que no dejaba de dar vueltas a mi alrededor murmurando cosas para si y con gesto de reprobación -. Si me llamaron era para que me encargase yo personalmente. ¡No tiene sentido meter a alguien más en este asunto! Y mucho menos alguien que no tiene ni idea de cómo se hace un exorcismo!
- ¿Cómo has dicho? -mi última afirmación hizo reaccionar al cura -. ¡Claro que sé hacer un exorcismo! Me he traído todos mis utensilios. ¡Fui el primero en el cursillo!
- Como si fuiste el último -le corte de la forma más desagradable posible -. ¡Este tipo de gente son unos farsantes y usted lo sabe, Jeremiah! -señalé al cura con el dedo -. ¡Por eso nos llamó a nosotros! ¡Sáquele de aquí!
- No pienso hacerlo.
Me callé, tragándome mis palabras al ver la desafiante mirada que me echó el anciano.
- Si mis criados se han encargado de llamarle -procedió a explicar Jeremiah -es porque es de total confianza...
No me iba a dejar interrumpirle para explicarle lo que realmente hacían esos “exorcistas” enviados por la Iglesia. ¡La forma de eliminar a los entes de caos corrupto no es echarles agua por encima! La organización había tenido varios roces con ellos, por ser tan engreídos, creídos y prepotentes en dichos temas, aunque luego esas tensiones nunca habían llegado a nada. Pero estábamos en un terreno peligroso, y allí, un cura no iba a hacer mucho contra tanto monstruo pululando por ahí. Y aunque le explicase esto a Jeremiah, podía denotar que no iba a bajarse del burro. Así que, cabreada, me cruce de brazos y eché a andar hasta la salida más cercana.
- Haga lo que le plazca. Pero terminaré el trabajo yo sola y sin la ayuda de un...”cura” -escupí con desprecio.
- Pues este “cura” -me imitó el sacerdote -te va a acompañar quieras o no. ¡Así estarás más segura!
Se acercó demasiado a mí. Tanto que con solo darme la vuelta y con una patada baja directa en las corvas, nuestras narices chocaron entre ellas y mis cuchillas rozaron su cuello después de que se deslizaran por debajo de mis mangas hasta mis manos. Cuando comprendió la situación, pude ver el pánico reflejado en sus ojos.
- Me sentiría mucho más segura si no tuviera que protegerte a ti... -siseé.
Su nuez se movió de arriba abajo con temor, notando perfectamente el afilado filo de acero de mis hojas. Jeremiah me llamó la atención y sólo entonces le solté.
- Exorcista -me llamó el anciano -su misión se reduce a eliminar a los fantasmas, por lo que estas arremetidas están de más. Si el sacerdote quiere acompañarle que así lo haga. Usted limítese a cumplir su trabajo.
- ¡Vaya! -alzé la cabeza con gesto altivo -Antes se me trataba con más respeto. ¿Por qué ha cambiado el trato?
- Porque esas criaturas siguen en mi casa haciendo daño a mi servicio y mi vida sigue corriendo peligro -fue la respuesta tajante de Jeremiah -. ¡Demuestre que es la mejor en su campo y póngase en marcha de una vez!
Cualquier simpatía que había podido sentir por aquel lisiado hasta el momento se evaporó por completo. Hubo un tenso silencio que llegó a bajar hasta la temperatura de la habitación. Si las Sagradas Normas de la organización no existieran, me habría cargado a ese mortal en aquel mismo momento. ¡Y seguro que con su muerte los fantasmas se marcharían también! Pero no podía hacerlo. Así que, sintiéndome impotente y molesta, di media vuelta y me marché.
Sin embargo, la paz que conseguí reunir durante los pocos segundos que caminé a solas por el corredor se desvaneció en cuanto el cura me siguió. Se me plantó delante con una bobalicona sonrisa y la mano extendida, bloqueándome el paso.
- ¿Qué tripa se te ha roto ahora? -le pregunté con el tono más desagradable que podía poner.
- Hemos empezado con mal pie... Lo lamento. Sé que no lo aparento, pero soy uno de los mejores en lo mio. ¡Trabajemos juntos! No seré una carga, ya veras.
Le miré exasperada. ¿Encima de todo era tonto?
- Me llamo Travis. ¡Vamos, por decirme tu nombre no te vas a morir! -su mano se removió en el aire, insistiendo para que se la estrechara.
No le contesté. Le miré con más fijeza aún, pensando en todos los insultos y cualidades desagradables posibles que tenía ese hombre. Pesado, pedante, hipócrita...
Nuestra amable charla se vió bruscamente interrumpida por un grito de mujer que nos puso en guardia a ambos. Intercambiamos una insegura mirada antes de salir corriendo en pos del origen de aquel desagradable chirrido que en nada cesó. En menos de dos minutos nos plantamos en la habitación de Lizbeth, donde la sangre y la violencia habían vuelto dejando tras de si a dos víctimas: los dos criados que conocí la primera vez que me asomé por allí.
Crónicas del Caos - Misión: familia unida(IV parte)
miércoles, 24 de junio de 2009
pensado, currado y escrito por Veran Rose en 23:44
Categoría: Crónicas del caos
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1 comentarios:
Muy bueno el capítulo, por fin ha muerto uno de los hermanos-demonio. Y de qué manera. A Veran ya se le empieza a ir la olla, tal y como estaba predicho. La sesión de cosplay, genial. ¿Por qué mi pervertida mente ya intuía que iban a disfrazar a Veran de lolita doncella? xDDD
No, en serio: muy bien :3
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