Al recuperarme, la pesadilla no se había desvanecido. Continuaba allí, en forma de habitáculo cubierto por un halo de oscuridad impenetrable, con olor a podredumbre capaz de revolver las entrañas al más pintado y atmósfera de silenciosa asfixia con el constante sonido de un perpetuo goteo horadando la piedra. Me incorporé y me guié a tientas, esperando a que mis ojos se graduaran a la falta de luz por si mismos. La situación se estaba poniendo más que fea, no era cuestión de malgastar caos a la más mínima.
Toqué con asco los esqueletos que colgaban de sus tumbas y nichos, cubiertos por pegajosas telarañas y capas de polvo. Me pareció escuchar las respiraciones y correteos de las ratas, pero no logré distinguir una salida. Estaba atrapada, observación que ya hice al caer.
- ¡Lizbeth! ¡Sé que estás ahí! –la llamé intentando no parecer demasiado desesperada, aunque el pánico me hacía temblar y me escocía en los ojos -.¡Lizbeth!
No hubo respuesta. Ni siquiera sus característicos gritos. Seguramente, el fantasma se había marchado. Había conseguido quitarse un obstáculo de en medio y en ese momento tendría el camino libre para eliminar a Jeremiah. Pateé una de las tumbas que estaba casi rozando el suelo. Un arranque de dolor me hizo estremecer tras el golpe, pero la piedra quedó destrozada. Un haz de luz inundó entonces mis pies. Era la llamada a la salvación, aunque fuera una luz muy tímida y oscilante que se sobreponía a duras penas a las sombras apartándolas a pequeños empujones constantes.
Tragué saliva y repté como una serpiente por el agujero una vez comprobado que no había cadáver dentro.
Me hallé entonces en una gruta gigantesca, con paredes de piedra en las cuales había un par de antorchas encendidas, de donde procedía la luz que me había guiado hasta allí. El corredor era bastante ancho, y se extendía a izquierda y derecha hasta que la oscuridad se lo tragaba. La llama de las antorchas se ondulaban y jugueteaban, como llamándome la atención. El corredor quizás llevase mucho más tiempo construido, ya que desde hacía siglos, el temor a morir enterrado vivo había obligado a la gente a llevar acabo tumbas y métodos especiales para poder escapar si se diera el caso. Sin embargo, que las antorchas estuvieran encendidas… Alguien había tenido que hacerlo. Alguien había tenido que pasar por allí hacía muy poco tiempo.
Cogí una de las antorchas y lo eché a suertes. Salió el camino de la izquierda, así que hacía allí enderecé mis pasos. La cripta pronto quedó atrás y los ecos de mis pisadas eran cada vez mayores, moviéndose al compás de las llamas de otras antorchas dispuestas en el camino a intervalos irregulares. Aunque la sensación de encierro no era la misma que antes, seguía estando allí. Recé a ese supuesto Dios por encontrar la salida y no quedarme encerrada en ese asqueroso sitio…
Ese dios tiene que existir. O algo parecido, porque mis plegarias fueron escuchadas y al doblar un recodo, vi una luz a lo lejos tan fuerte que pese a la distancia llegó a cegarme. La salida. Dejé caer la antorcha y salí corriendo en su dirección. Cuando por fin me vi inundada de dicha luz, me dejé caer de rodillas, exhausta. Todo el cansancio acumulado, todas las sensaciones desagradables, se me vinieron encima de golpe y porrazo. Casi lloré de alegría al haber superado esa prueba de valor.
Pero estaba cantando victoria demasiado rápido.
Aún me encontraba bajo tierra, entre cuatro paredes, aunque la sensación de estrechez y agobio allí no podía existir. El techo estaba tan alto que ni se veía, y las paredes muy distantes entre sí, construidas con sillares de piedra unidos de forma armoniosa. Había una plataforma en el centro de la estancia a la que podía subir mediante dos escaleras que tenía delante. Un montón de lámparas de cristal sustituían a las antorchas y juntos formaban una poderosa luz que no dejaban ni un solo hueco sin cubrir.
Iba a subir a la plataforma, pero a mitad de camino me detuve. Había dos figuras ya allí arriba. Una de ellas estaba tumbada en el suelo, y la blancura de todo su cuerpo y sus ropas destellaba bajo las luces encontraste a la mancha de sangre que emanaba de su cortado cuello expandiéndose por el suelo. La otra figura llevaba una sotana negra y arrastraba una pesada hacha de metal manchada y en la otra mano la cabeza cortada de Lizbeth. Al escuchar mis pasos, la figura que quedaba en pie se dio la vuelta y me vio, esbozando una sonrisa de triunfo y alzando la cabeza como si fuera un trofeo, cogiendola del pelo.
- ¿Dónde te habías metido? ¡Quería demostrarte que no soy tan inútil como te crees!
Me quedé con la boca abierta. No podía creerme que Travis hubiera conseguido hacer frente a un fantasma del calibre de Lizbeth él solo y sin la ayuda de nadie. Terminé de subir las escaleras y me acerqué al cuerpo inerte, examinando su aura. Aún seguía produciendo caos corrupto, por lo que aún estaba “viva”. Saqué una cuchilla y se la clavé en el corazón bajo la atenta mirada del sacerdote.
- ¿A qué vino eso? –me preguntó después de verme sacar de nuevo la cuchilla y la limpiaba en la falda del vestido antes de guardarla de nuevo.
- Podía recuperarse ´-“además intentó matarme enterrándome viva”, añadí aunque sin decirlo en alto. Me fijé en el hacha que llevaba -¿Esa no es el hacha de Ambrose?
- Si –la alzó para que la viera -. Estaba tirada en medio del salón. Uno de los hermanos me atacó y sin saber cómo me desperté allí. Intentó atacarme entonces, vi el hacha y me defendí con ella. Le seguí, me condujo hasta aquí donde desapareció y Lizbeth se enfrentó a mi en su lugar. ¿A que ya no te parezco tan inútil? –me guiñó un ojo.
Suspiré sin decir una palabra, pero sin más remedio que darle la razón mentalmente. Lizbeth me había ganado el asalto, y seguramente si no llega a se por su intervención, habría acabado con mi vida en el momento en el que me dejó caer en la cripta subterránea. Pasé por su lado mascullando un gracias, cruzándome de brazos y buscaba una salida.
- ¿Qué has dicho?
- ¡Que tires esa cabeza, cura! –le espeté. Si no se había enterado de mi agradecimiento era problema suyo.
Travis obedeció, encogiéndose de hombros y santiguándose antes de lanzar la cabeza por encima del hombro. La única salida era el lugar por donde había llegado. Le hice una señal y ambos bajamos y por allí nos dirigimos. Pero antes de poner un pie dentro, caí en la cuenta de algo.
Si Travis le había cortado la cabeza y del cuerpo manaba sangre, ¿cómo es que de la cabeza no? El grito característico de Lizbeth y una risa macabra se abrieron paso al conocer mis sospechas, y tanto Travis como yo nos giramos a tiempo de ver la cabeza rodar hasta pocos metros de nosotros y ponerse derecha en el suelo, mirándonos y sin dejar de reírse. Escuché a Travis tragar saliva.
- Demonio… -susurró.
- ¡No podréis detenernos! ¡Solo servimos para sus experimentos y mientras así sea, nos revivirá una y otra vez!
- ¡Entonces vendré para devolverte al mundo al que perteneces una y otra vez, monstruo! –se adelantó Travis un paso.
- ¡Mientras “el artista” continúe a su merced, su magia seguirá viva y nunca moriremos!
Harta de charla y de enigmáticos galimatías, pasé junto a Travis y cogí a la cabeza de Lizbeth del pelo para mirarle a los ojos a la misma altura.
- ¡Eh! ¡Ten cuidado! ¡Me estás tirando del pelo!
La acallé bruscamente clavándole la cuchilla de la mano libre en la frente. Dio un agudo grito antes de dejar los ojos en blanco. El caos corrupto ya no regaba su cerebro, mis armas lo había absorbido, por lo que ya solo quedaban dos hermanos: Bethany y Aaron. Tiré la cabeza por ahí y regresé junto a Travis, que no dejaba de santiguarse mirándome horrorizado.
- ¿Cómo puedes tener la sangre tan fría?
- ¿No decías que eras el mejor de tu grupo? –le miré con frialdad -.Pues deja de apiadarte de gente que ya está muerta.
Retomé mi camino y pronto se me unió Travis. Su voz me irritaba, y lo peor era que no pensaba dejar de hablar durante el trayecto.
- ¿Sabes quien es ese artista del que habló ese fantasma? –me preguntó llegados a cierto punto.
- Desde luego, yo no lo sé. Pero empiezo a pensar que Jeremiah sabe más de lo que quiere contarnos.
- ¿Qué te hace pensar eso?
- Lizbeth ha dicho que experimentan con ellos. Alguien les controla. Algún enemigo de Jeremiah, alguien de la casa… Puede que incluso él mismo.
- ¡No puedes hablar en serio! –se escandalizó el cura.
Ojala me equivocase. Pero tenía la fuerte convicción de que Jeremiah sabía que estaba pasando allí en realidad con sus propios hermanos.
Si no fuera así, no me habría llamado a mí.
Crónicas del Caos - Misión: familia Unida (VI parte)
lunes 29 de junio de 2009
pensado, currado y escrito por Veran en 18:44
Categoría: Crónicas del caos
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1 comentarios:
Realmente dejo este comentario para afirmar lo que ya sabía. Y es que escribes realmente bien amor mio...
Quizás te haga falta reforzar la carga dramática en algunas zonas, pero por lo demás excelente, como siempre ^^
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