Era la primera vez que me mandaban un exorcismo particular. Una especia de encargo. La misión se resumía en que en una hacienda se sucedían los ruidos y apariciones de miembros muertos o desaparecidos de la familia, perturbando al único miembro que quedaba con vida, aunque le quedase poco tiempo. Tenía que encargarme de que aquellos seres fantasmales se fueran hacia la luz y no volvieran nunca más.
Acepté el trabajo más por curiosidad que por su atractivo. Como ya he dicho, era la primera vez que realizaba un exorcismo “por encargo”. El viejo dueño de la propiedad había mandado cartas y cartas solicitando la ayuda de Lord Heraclio. Su conocimiento sobre nuestra sociedad y nuestra naturaleza, que reflejaba en cada misiva, fue lo que terminó de convencer al Lord para aceptar su petición.
Pero en lugar de ir él mismo, me envió a mí a aquel lugar perdido de la mano de dios. Tras un turbulento viaje en avión, tuve incluso que atravesar una gigantesca laguna que envolvía el islote donde se alzaban sus tierras. Menos mal que fui previsora, y me llevé bastante equipaje conmigo. Ya que me había tomado tantas molestias para ir, al menos pensaba abusar de la hospitalidad del señor durante un par de semanas. No me gusta trabajar con prisas, ya sabéis.
Era una lluviosa tarde de octubre que la oscuridad proyectada por los espesos nubarrones la convertían en noche. En el tiempo que tardé en llegar a la verja de la entrada, mi ropa ya se había calado entera y mi pelo ya sufría los estragos de la humedad. Me deshice del molesto moño que me puse antes de ir, totalmente alborotado, y me adentré en la propiedad.
Un camino de adoquines rodeaba una pequeña plazoleta con una fuente en el centro. A su alrededor, se disponía un jardín descuidado. Entre los retazos de hierba, se entreveían enormes huecos, charcas de barro, y el olor a tierra húmeda era tan fuerte que hasta lo podía saborear.
De la plazoleta adoquinada salía un pequeño brazo que conducía directamente a la gigantesca mansión de la familia. “Covenant”, creía recordar que ponía en el informe. A ambos lados del camino, anunciándolo, había dos banderolas subidas a sendos podios. La incesante lluvia había formado charcos a los pies de cada uno. Le eché la culpa a mi propia sombra, que se sumó a la oscuridad ya existente y que jugó con mi visión, pero aquellos charcos parecían sangre. Elevé un poco la vista hasta las banderas, de las que solo quedaba el mástil. Mis sentidos me jugaron otra mala pasada al confundirlos con los cuerpos de dos ahorcados. Tragué saliva como única muestra del sobresalto y apuré el paso hasta llegar a la puerta de madera ennegrecida de la casa, que casi aporreé. No era miedo, sino inquietud lo que me alteraba tanto.
Una criada me abrió la puerta y me invitó a pasar. Su rostro iba a juego con el ambiente del lugar, tétrico y viejo. Su cuerpo se inclinaba levemente a causa de una pequeña joroba y era tan baja o más que yo. Una cofia le ocultaba el cabello y un mandil el uniforme.
- No quiero ser indiscreta -fueron sus palabras después de cerrar la puerta y dejar el temporal fuera de aquellos muros. La diferencia de temperatura era bastante apreciable y la luz, aunque fuera escasa y procedente de unos candiles sujetos con argollas a las paredes se agradecía -pero, ¿es usted la exorcista? -asentí con la cabeza volviéndome hacia ella -Entonces, permítame que la guíe hasta el señor -cogió una de las velas y echó a andar, mirándome de vez en cuando para asegurarse de que la seguía -. Sus dolores han aumentado, y apenas puede moverse de la cama... ¡Con lo fuerte que siempre ha sido! -se lamentó.
- Supongo que a todos nos llega nuestra hora... -al momento de decirlo, me arrepentí de aquellas palabras. No era la más indicada para decir algo así.
Salimos del vestíbulo y caminamos por n pasillo que se extendían hacia derecha e izquierda hasta perderse de vista, muy lejos del haz de luz de la llama. Tomamos el corredor de la derecha hasta llegar a una puerta que lo cerraba. La mujer sacó unas llaves que tintinearon en sus temblorosas manos arrugadas y probó un par de veces antes de conseguir encajarlas en la cerradura. Las giró, pero antes de entrar, me sugirió:
- No se detenga mucho en esta sala, por favor. Es peligrosa.
No tuve tiempo de replicar nada, puesto que en cuanto abrió la puerta, la mujer salió corriendo literalmente. Extrañada, la seguí con la desventaja de llevar una mochila cargada a cuestas, estudiando lo poco que podía distinguir.
Había muchas estanterías, la mayoría completas de libros hasta arriba. El polvo amortiguaba nuestros pasos y no entraba ninguna luz por ningún sitio que pudiera guiarlos aparte de la que llevábamos. Otra vez me invadió la misma sensación de inquietud que cuando estaba fuera. La atmósfera de aquel sitio era digno de una buena película de terror, de eso no cabía duda.
Sin darme cuenta, la criada giró una esquina de los pasillos formados por las estanterías y la perdí de vista. Al llegar a aquel punto, no la encontré por ninguna parte, y no supe por dónde seguir. No podía seguir la luz de la vela que portaba la mujer, porque a ambos lados se distinguía con claridad el juguetón reflejo de las llamas. Me decanté por girar a la izquierda, donde parecía que bailaban con un ritmo más acelerado. ¿El tembloroso pulso de la señora?
- ¿Oiga? -llamé intentando localizarla -No la veo. ¿Dónde está?
Al girar otro corredor, me topé con una puerta, iluminada por candiles unos metros más adelante. No había ni rastro de la mujer. ¿Habría salido ya sin darse cuenta de que yo no iba detrás? Me acerqué a la salida, pero algo me detuvo. La sensación de que había alguien más.
Giré sobre mis talones de improviso. No había nada salvo la oscuridad que engullía las estanterías del resto de la sala. Volví a girar a mi posición original, y di un brinco al encontrarme con un hombre que antes no estaba ahí.
Era un alto señor de frondoso pelo rojo como el fuego y bigote a juego. Vestía un elegante traje de chaqueta azul con camisa roja. Supuse que se trataría de otro habitante de la casa, pero detectaba algo extraño en él. Estaba quieto, estudiándome con sus profundos ojos azules. Le devolví la mirada con una serenidad que para nada sentía. Escuchaba las voces de alarma de mi interior, y pasados unos segundos en los que ninguno de los dos dijo ni hizo nada, activé la visión de auras.
Como si hubiéramos sentido lo mismo a la vez, él también activó algo. Durante el cambio de visión, se produce un breve instante de ceguera apenas perceptible, pero que fue suficiente para que desapareciera. Extrañada, contemplé el lugar ahora vacío. En el suelo, un leve resplandor rojizo revelaba la autentica naturaleza de aquel hombre...
Hasta mí llegó un zumbido, el silvar del metal afilado rasgando el aire. Me arrojé al suelo y rodé, dejando atrás la mochila con mis cosas y volviéndome hacia mi atacante.
El pelirrojo había perdido no solo el pelo y la mandíbula, sino también el traje y la piel. Ante mi estaba el mismo sujeto, pero del que solo quedaban sus huesos y músculos que brillaban de forma macabra bajo la luz de las velas. Empuñaba en cada mano dos ganchos, con los que había intentado atacarme. Nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos oculares parecían a punto de salirse de sus órbitas, pero consiguió esbozar una mueca burlona y entonó una risa tétrica cuyos ecos repitieron una y otra vez. Una inmensa aura roja le envolvía.
Recuperé la compostura y me abalancé sobre él con los pies por delante. Terminé golpeando el aire y cayendo al suelo con un sonoro golpe. Tal y como había aparecido, había desaparecido. Me levanté y me puse en guardia. Podía haberse sumergido en aquel oscuro laberinto y estar a punto de atacar desde las sombras.
Su voz, elegante y de acento exquisito, se alzó por encima de cualquier eco:
- No tienes nada que hacer aquí. ¡Su hora será la nuestra!
Se rió de forma histérica y no dio más muestras de su presencia. Recogí mis cosas, prestando atención a cualquier sonido o movimiento que pudiera percibir. Se comportaba como un fantasma, pero su aura era demoníaca. Si aquel era el fantasma que tan aterrado tenía al propietario de la hacienda, podía exterminarle sin problemas y disfrutar de un rival medianamente digno. La corrupción de su caos era visiblemente alta.
Salí de la habitación por aquella misma puerta y me choqué con la criada, que dio un brinco del susto.
- ¡Ay, menos mal! -dijo llevándose la mano al corazón -¡Ya pensaba que la habíamos perdido antes de empezar! ¿Se ha encontrado con algo?
- Si. Pero se ha marchado rápido. No se preocupe -expliqué intentando no alterarla más. La vela que sostenía temblaba tan violentamente que gotas de cera se estrellaban con las paredes del nuevo corredor, mucho más estrecho.
La mujer se santiguó, algo inútil ante semejantes criaturas pero que parecía aliviar a los creyentes. Me rogó que la siguiera muy de cerca, y retomamos la marcha por nuevos pasillos y habitaciones. En la mayoría de ellos no había ningún tipo de luz, y las ventanas y cortinas estaban bien cerradas. Cuando le pregunté a qué se debía aquello, la criada me contestó:
La mayoría de los que aquí trabajan se han marchado. Desde que regresó el señor Jeremiah, y empezaron a ocurrir los fenómenos, muchos han muerto entre estas paredes y otros tantos han huido. Así que nadie entra en la mayoría de las salas, ni siquiera para limpiarlas. Por eso no nos hace falta luz.
- Ya veo... -comprendí.
El resto del trayecto fue tranquilo, si salvamos un par de excepciones en los que unas siniestras risas, más bien gruñidos repetitivos y guturales, asustaron a la pobre mujer que aceleró el paso en aquellas zonas. Subimos por unas escaleras y nos detuvimos ante una gran puerta de madera, la única entreabierta y por cuyo resquicio se veía luz.
- Es aquí -señaló la anciana criada cubriendo con una mano la vela -. No le altere demasiado. El descanso y la tranquilidad alivia sus dolores. Espero que pueda dar fin a su sufrimiento...
Casi con lágrimas en los ojos, la mujer inclinó la cabeza y se marchó. Me quedé allí, algo reticente a llamar, cosa que terminé por hacer. Una voz de hombre, cansada y casi en un susurro, me invitó a entrar.
La puerta chirrió cuando la abrí y entrecerré. Aquella era la única habitación con luz eléctrica, supuse. Una triste bombilla desnuda posada en una lámpara de mesilla, junto a la cama. No había más mobiliario, pero las paredes estaban cubiertas de cuadros y retratos, todos del tamaño de una cuartilla.
- Bienvenida, exorcista. ¿Qué tal el viaje hasta aquí?
El que hablaba era un anciano de bigote ralo y cabello corto y despeinado, castaños, sentado en la cama y tapado hasta la cadera. Dejó a un lado la pipa que estaba fumando y se cerró bien la bata verde que vestía. Sus ojillos ganaron brillo cuando se bajó algo las gafas y me contempló a la luz de su lámpara, cruzándose de brazos y con una sonrisa tierna en su amable semblante.
- No es mi afán por viajar lo que me ha traído aquí -dije sin saber muy bien cómo empezar a tratarle. Se podría decir que era de los pocos que conocían nuestra existencia, además de parte de nuestros secretos. -. La Orden ha aceptado su petición, pero no ha facilitado demasiados detalles. Sé que un fantasma le atormenta, pero no sé porqué ni cómo exactamente. Así no puedo trabajar.
- Veo que me han enviado a la mejor -su observación infló mi orgullo. Se me escapó una sonrisa con la que alivié la tensión que sentía -. Es pronto para hablar de trabajo. ¿Quieres tomar algo antes? Veo que incluso has traído equipaje -se inclinó un poco para ver mi mochila -¿Cuánto tiempo piensas quedarte? Ahora mismo tengo pocos sirvientes, pero cualquier cosa que necesites...
- Se lo agradezco.
Dejé caer la mochila para quitarme el abrigo. Me quité también las gafas de sol, sabiendo que por muy cambiados que estuvieran mis ojos, aquel hombre no se asustaría como el resto. De hecho, así fue. Ni se asustó, ni los tomó como algo especial. Me miró como cualquier persona miraría a otra. Me estaba empezando a caer bien. Me senté en el borde de la cama tras pedirle permiso.
- Me quedaré un par de semanas, como mucho. Tengo más misiones que cumplir -disimulé mi empatía hacia él manteniendo el gesto lo más serio posible -. ¿Lleva mucho tiempo sufriendo esto?
- ¡Por favor! -se rió débilmente -Ya te he dicho que no hablemos de trabajo...
- Me refiero a sus dolores -aclaré rápidamente.
Se hizo el silencio. Estaba segura de que nadie le había preguntado tan directamente por ellos, y por la cara que puso, seguramente le sorprendió que alguien como yo se interesara de esa forma.
- Son viejas heridas de guerra -dijo cuando se recompuso -Con los años, y ya en mis últimos días, es normal que regresen y con más fuerza. No te preocupes por mí. Es algo natural que ya he asumido.
Ladeé la cabeza. Sus piernas estaban totalmente inmóviles y su silueta se entreveía por la forma de las mantas, raquíticas. Era paralítico. No es que me arrepintiera de recordarselo, pero me sentía mal por él. Parecía un buen hombre.
- Hay casos -mencioné -en los que esas manifestaciones afectan al cuerpo del mortal que las vive -eran casos extremadamente raros con los que nunca me había topado, pero pensé que era justo darle esperanzas -. Puede que si alejo a esos entes, deje de sentir dolor.
Me miró comprensivo. Abrió la boca para decir algo, pero en ese momento se escuchó un agudo chillido de mujer y un gruñido gutural. El rostro del hombre se desfiguró por el horror y me levanté llevándome las manos a los bolsillos, abultados por las cuchillas de su interior, con la atención puesta en la puerta.
- ¡Han sido esos monstruos! ¡¿Por qué no vienen a por mí en lugar de atacar a mis criados?! ¡Ellos son inocentes y ajenos a este asunto!
- Sus criados no son más que mero alimento -volví la cabeza hacia él. Tenía que empezar a moverme y asegurar por lo menos la habitación -. Voy a salir a buscar al responsable. No se mueva -enseguida me di cuenta de lo innecesario de aquella orden y titubeé -Lo siento...
Hubo más chillidos, como si la criatura se estuviera ensañando con la víctima. Sin dudarlo ni un segundo más, salí corriendo.
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Basado en el juego Clive Barker's Undying. Espero que os guste ^^ Dejad comment, por favor >.<. Y por cierto! Gracias a Kraric por la skin nueva, y a Anreu por los dibujos ^^ Saludos!
Crónicas del Caos - Misión: familia unida
domingo, 7 de junio de 2009
pensado, currado y escrito por Veran Rose en 17:33
Categoría: Crónicas del caos
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1 comentarios:
El Undiying!!! Tiene cosas buenas, Clive Barker. La novela de Hellraiser (que mucha gente encuentra sosa) está bastante bien. Aunque de él me quedo con el juego Jericho. Brutal. El Primogénito sería un buen rival para Veran... :)
En cuanto a este episodio empieza muy bien. Voy a por la segunda parte ^____^
Yo he empezado un relato interminable. Lo digo por si te gustan los zombis... ;)
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