
Todos vieron como el atracador, que hasta entonces había pasado medianamente desapercibido, le descerrajaba un tiro a la joven adolescente, la única que había tenido valor de increparle. El pánico les sacudió a todos, que obedecieron ciegamente las ordenes del ladrón. Todos se lanzaron al suelo, algunos por voluntad propia, otros porque las piernas les fallaron. Se empezaron a escuchar algunos llantos, y las miradas no dejaban de volar desde el atracador, hasta la muchacha malherida cuya sangre se expandía formando un pequeño charco bajo su cuerpo inmóvil. Muchos ya pensaron que estaba muerta.
Pero el tiempo pasaba, y el atracador consiguió lo que buscaba: el funcionario le entregó una bolsa cargada con el botín que el ladrón guardó precipitadamente en la bolsa apuntando a todos lados, advirtiéndoles que, de dar un solo paso, les mataría allí mismo como había hecho con ella.
Se dirigió a la salida, de espaldas y sin dejar de encañonar a los presentes. Nadie movió un dedo, pero las lágrimas bañaban el suelo. En un acto más desconsiderable aún, y para comprobar el efecto de su acción, golpeó con el talón el cadáver de la joven. Ella no se movió. Definitivamente, estaba muerta.
El cajero hizo un amago de movimiento que el ladrón percibió. El atracador le apuntó, dispuesto a castigarle por su atrevimiento, pero antes de que la bala saliera disparada, el cristal de la ventanilla se quebró y cayó al suelo convertido en mil pedazos. Todos se encogieron, se escucharon algunos gritos, pensando que había sido un tiro. El funcionario se encogió detrás del mostrador para protegerse, y el mismo ladrón dio un brinco sobresaltado. Apuntó al resto de los presentes.
- ¡¿Quién ha sido?! -la mano con la que sujetaba el arma le temblaba, asustado ante la idea de que hubiera por allí alguien más con un arma -¡¿Quién ha sido?!
No hubo ninguna respuesta inteligible. Algunos se atrevieron a levantar la cabeza para mirarle, de espaldas a la puerta, y todos acallaron, más sobrecogidos aún. Los llantos cesaron y las respiraciones mismas acallaron al unísono.
Y es que lo imposible estaba sucediendo.
- ¡¿Qué estáis mirando?!
De espaldas como estaba, el atracador no se dio cuenta de nada. Tras él, la chica muerta se incorporaba sin hacer el más mínimo ruido, lentamente y adaptando una pose grotesca. Mechones de pelo ensangrentados le caían sobre la cara ocultándole los ojos.
El atracador sintió una respiración en su nuca. Una respiración acompasada, lenta y pesada que le provocó un escalofrío. Se giró rápidamente para descubrir de quién se trataba y una mano le aferró la cara con fuerza inusitada. A través de los dedos finísimos podía ver a la dueña de esa mano y se le contagió el pánico: la chica a la que había disparada estaba de pie, con los ojos envueltos en un iris sanguinolento. El lobo se convirtió en corderito asustado cuando se percató de que ni había piedad ni ningún sentimiento humano en su mirada.
Como si se tratase de una pluma, la chica le balanceó y le lanzó por los aires hasta el mostrador. Se dio de bruces contra él, escuchándose el crujido de sus pobres huesos. Los testigos no se perdían ni un detalle de la escena, sobrecogidos e impotentes.
El atracador intentó levantarse y un dolor atroz le perforó el estómago desde atrás, arrancándole un aullido de dolor. Quedó sentado, contemplando sin poder hacer nada como el peligro se acercaba. Como la parca con su guadaña, ella se acerco, lenta e imperturbablemente, con esos ojos ensangrentados fijos en él. No sabía cómo, pero iba a matarle. Estaba seguro.
- ¡¡No te acerques!! -se dio cuenta de que aún empuñaba su arma, con la que apuntó a la chica rápidamente en un vano intento de defenderse -¡¡Aléjate de mí!!
Casi sin darse cuenta, disparó de nuevo. Aunque estaban a cada vez menos distancia, pudo ver la bala atravesar el aire, como si el mundo se hubiera ralentizado solo para demostrar que no era rival. A centímetros de su cara, la bala se vaporizó en el aire como si jamás hubiera existido. Vació el cargador entero, y todas las balas corrieron la misma suerte. No quedó ni rastro de ninguna, y el percutor golpeó en vacío. La chica seguía avanzando.
- ¡¡Perdóname!! -gritó tirando el arma al suelo, encogiéndose y protegiéndose la cabeza con los brazos, muerto de miedo -. ¡¡No quería llegar a esto!! ¡¡Perdóname!!
La frialdad en su rostro no varió, pero su expresión se hizo aún más tosca. La había enfadado aún más. Como si fueran uno solo y obedecieran a las ordenes silenciosas de la chica, todos los cristales que podía haber en el banco reventaron y llovieron sobre todos. Los chillidos y gritos se sucedieron mientras la gente buscaba algún hueco donde refugiarse.
El destino ya estaba decidido. Pero al menos, el atracador quería saber cómo se llevaría a cabo.
- ¿Qué me vas a hacer...? -le preguntó a su ejecutora mientras se le escapaban las lágrimas.
La conciencia del atracador había regresado. Ante semejante visión, la chica que se suponía él había matado, su primera víctima, no podía hacer más que arrepentirse de sus actos.
- Yo no quería... ¡No quería víctimas! ¡Ni siquiera quería robar el banco! ¡Pero me han despedido, tengo una familia que alimentar, y...!
- Entonces... -podía recordar la voz de la chica cuando le recriminó su tardanza antes de que se desatara el desastre, y la que ahora surgía de sus labios era totalmente diferente, totalmente inhumana -¿por qué no te has suicidado en lugar de molestar a los demás con tu penosa situación, payaso...?
Sus palabras fueron un jarro de agua fría para él. Tenía razón. ¡No merecía perdón!
Un zumbido le hizo vibrar sus oídos. Algo se estaba acercando a gran velocidad. No había más sonidos, y en torno a ellos dos una cúpula se formó con las esquirlas de cristal que, dotadas con vida propia, flotaron hasta ellos y los envolvieron. A la vez, las afiladas agujas le apuntaron. Cerró los ojos, preparado para el fin...
Despertó de repente, sudoroso y con el corazón latiendole aceleradamente. Intentó incorporarse, pero se vio bien atado a una camilla. Le dolía todo el cuerpo. Dos hombres vestidos de enfermeros le condujeron hasta el exterior. Miró a todos lados, desorientado, sin saber qué hacía allí.
- ¿Qué ha pasado? -preguntó notándose la garganta inflamada.
Ninguno de los dos enfermeros respondieron. Al salir a la calle, una gran multitud les esperaba, formando un corro que la policía mantenía limitado. Vio las cámaras de televisión muy cerca, grabando a una reportera cuya voz llegaba hasta él.
Las últimas informaciones que nos han facilitado la policía es que ha sido una bomba. Nadie recuerda nada concreto, excepto que se produjo una explosión que hizo volar los cristales de puertas y ventanas por los aires y que muchos de ellos se desmayaron por la impresión...
¿Una bomba? Menuda suerte había tenido de haber sobrevivido, se dijo. Los enfermeros le introdujeron en la ambulancia. Mientras levantaban la camilla, el hombre pudo mirar el lugar de los hechos, percatándose de la presencia de dos extraños. Un adolescente con el pelo corto de punta y una chica de cabellos negros con una blusa blanca manchada de sangre. Un enfermero se acercó para intentar verle la herida, pero ella le rechazó con un gesto de la mano y le miró. Su mirada penetrante le produjo un escalofrío además de una sensación de deja vu. Su mente cambió el verde de sus ojos por un rojo sangre que le heló la sangre en las venas. La visión se esfumó en cuanto las puertas de la ambulancia se cerraron con él dentro y partían de camino al hospital.
- Estarás contenta -protestó Nico, apoyando la espalda contra la pared contemplando el espectáculo que se había montado -. Tienes suerte de que me diera cuenta de que aún tienes mi tarjeta de crédito y viniera a buscarla. Si no llego a borrarles la memoría...
Veran no respondió. Contempló como se llevaban al atracador con los labios fruncidos y los brazos cruzados. Nicómedes suspiró intentando calmarse. Lo peor ya había pasado y con ella de nada servían las regañinas.
- Deberías dejar que te vieran esa herida. Vamos al hospital de la organización a que...
- No hace falta -le cortó Veran secamente con la mirada perdida en el extremo de la calle donde había desaparecido la ambulancia -La bala no me alcanzó de lleno.
- ¿Entonces cómo es que has sangrado tanto?
- Intentó entrar pero... algo la “borró”. Y yo no fui. Le dio tiempo a tocarme y hacerme un agujero, pero se desvaneció sola antes de entrar en mi cuerpo. Y no, no es un don nuevo -se apresuró a añadir viendo la cara que ponía Nicómedes.
Ambos quedaron en silencio un rato, escuchando los flashes de los fotógrafos, las ruedas de las camillas que terminaban de sacar a los desorientados heridos, las sirenas de las ambulancias que llegaban, los periodistas dando parte de lo sucedido, los curiosos agolpándose para ver mejor la escena... A Veran poco le interesaba ya todo aquello, y tenía que cambiarse. Sin mediar palabra, emprendió el camino de vuelta a su casa. Cuando Nico se dio cuenta de que se marchaba, la persiguió hasta interponerse en su camino.
- ¿A dónde vas? ¡Estás herida!
- Si la organización me hubiera pagado esa miserable factura, no estaría herida ni nada de esto hubiera ocurrido.
- Si no te hubieras presentado aquí, ese atracador -los dos se deslizaron entre el gentío lo más agilmente que podían -podía haber provocado una desgracia aún peor. Es gracias a ti que no hay heridos de consideración ni muertos...
- Era un primerizo -Veran desvió la mirada -. Tenía puntería, pero estaba terriblemente nervioso. Me acertó porque me convertí en un blanco fácil. No tiene mérito.
- ¿Desde cuando la gran Veran no se enorgullece de sus propias hazañas? -Nicómedes frunció el ceño, extrañado -¿Qué has hecho con mi aprendiza?
- Lo primero, no soy tu aprendiza. Lo segundo, si es verdad que es una hazaña, pagadme con el abono de la dichosa factura. Y lo tercero... -Veran cerró la boca antes de decirlo.
- Cuenta con ello. ¿Qué es lo tercero? -Nicómedes le tocó el hombro para animarla a seguir, ya bastante lejos del lugar del suceso. No había nadie por esa calle que reparase en ellos.
- Lo tercero es que te odio. Y si me tocas, terminaré haciéndote lo mismo que le hice a ese atracador.
Nicómedes apartó la mano rápidamente, escrutando su rostro, incrédulo. Era normal recibir amenazas por su parte, pero no de ese estilo ni semejante calibre. La frialdad de su expresión le corroboró que era capaz de hacerlo, y que además, lo ocurrido la había afectado de verdad. Sin decirse una palabra más, se separaron. Nicómedes la observó alejarse calle abajo, arrastrando los pies hasta desaparecer tras una esquina.
Nunca se le olvidará la escena que encontró al llegar: el atracador de rodillas ante ella rodeado por cristales rotos flotantes y la mirada ausente y extraña de su ex aprendiza fija en él. Puso orden al usar su don para alterar la mente humana y crear sombras, falsos recuerdos. Todos quedaron inconscientes, nadie recordaría nada, y le dio tiempo de sobra para ayudar a Veran a volver a la realidad.
Los acontecimientos se estaban precipitando. Más pronto que tarde, ocurriría la desgracia que toda la organización temía. La autentica naturaleza volvería a mostrarse.
Crónicas del caos - Capitulo 21
viernes, 29 de mayo de 2009
pensado, currado y escrito por Veran Rose en 17:07
Categoría: Crónicas del caos
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