Crónicas del caos - Terror reflejado (III parte)

martes, 3 de marzo de 2009




(Nueva portada! By: Andreu Romero. ^O^ Gracias!)

Entre gritos y golpes, la mujer retrocedía mientras el hombre recuperaba el terreno perdido. De un fuerte empujón, terminó acorralando a la mujer contra la esquina de la revuelta habitación, y de un golpe más, tiró al suelo el amoratado cuerpo femenino que allí quedó tendido, hecho un guiñapo y sin atreverse a hacer un solo movimiento.

Tras la paliza, todo estaba manga por hombro, pese a ser una simple habitación de hotel. Habían dado la vuelta al sofá; la televisión estaba tirada en el suelo sobre un charco de cristales y pequeñas chispas azules que saltaban entre la maraña de cables; la cama desecha y con una pata rota...

En medio de todo aquel desastre, el hombre de aspecto torvo y envergadura de oso se giró lentamente hacia la adolescente en pijama que lo miraba de hito en hito, en la puerta de la habitación, incapaz de mover un músculo. Tras escudriñarla en silencio, dió una última patada al cuerpo de la mujer antes de dirijirse hacia la chica:

- Nos vamos.

- ¡Yo no voy contigo a ninguna parte! -objetó casi sin voz, repitiendo la frase después convertida en un histérico grito -¡¡No me voy contigo a ninguna parte!!

- ¡Tu te vienes conmigo, niña! ¡Te llevaré al lugar donde mereces estar! ¡Monstruo!

El hombre oso se acercaba sin prisas en actitud amenazadora. La chica por fin reaccionó y salió corriendo al pasillo de acceso a la habitación. Cerró la puerta tras ella usando la llave que tenía en el bolsillo del pijama y buscó desesperadamente alguna salida. No podía huir del cuarto; el hombre había conseguido una copia de las llaves de la habitación donde se alojaban su madre y ella, se había colado mientras dormían y había dado rienda suelta a su violencia, asegurándose de cerrar la puerta y romper la llave dentro de la cerradura para que no pudieran escapar. Así que no había forma humana de salir de allí. Quizás podría esconderse hasta que llegase alguien intrigado por el escándalo... ¿Pero dónde?

Al mirar a su alrededor, sólo se le ocurrió una solución: el armario. Se metió dentro en el último momento antes de que, de un fuerte placaje, el hombre destrozara la puerta que ella había cerrado anteriormente. Se encontró con el pasillo desierto.

- ¡No te escondas! ¡Va a ser mejor para ti que salgas enseguida! -dio un sonoro puñetazo en la pared que dejó un boquete y una nubecilla de polvo.

La chica se encogió en su escondite, quedando totalmente oculta entre la ropa que había colgada y apestaba a sudor y prisas. El corazón le latía tan fuerte como si estuviera teniendo un infarto allí mismo, pero estaba acostumbrada. A lo que no estaba tan acostumbrada era a convertirse en la próxima víctima...

La puerta del armario se abrió de repente, entrando la luz cegadora del pasillo y dejándola sin respiración. Podía ver perfectamente la mirada del hombre clavarse en el mogollón de prendas colgadas durante una eternidad. Esbozó una macabra sonrisa enseñando los colmillos amarillos y desiguales antes de volver a cerrar el mueble y dirigirse al aseo:

- ¡Esta bien! No te llevaré allí si no quieres... ¡Te sacrificaré aquí mismo! -se carcajeó de forma casi gutural.

Con dedos temblorosos, de nuevo sumida en la oscuridad, la chica entreabrió un poco la peurta del armario para poder seguir los movimientos de ese loco. Entraba y salía insistentemente del baño como una fiera esperando un movimiento en falso de su presa. Después de cinco o seis intentos, cejó en su empeño y regresó al dormitorio. Cuando volvió a salir, llevaba encima la gabardina con la que llegó y ya se dirigía a la salida. La chica suspiró algo aliviada, pero aún con el corazón en un puño.

El hombre pasó por delante del armario y se perdió de vista. La chica escuchó como removía el picaporte, y apoyó la frente contra el cristal del armario cuando escuchó el característico crujido de la madera de la puerta al abrirse. ¿La pesadilla había terminado?

No, faltaba el golpe final.

La cara del hombre se asomó de nuevo al interior del armario abriéndolo de sopetón. A la chica no le dio tiempo a escabullirse, y sus ojos se encontraron frente a frente con los del tipo. Se le desfiguró la cara en esa sonrisa totalmente contraria a la alegría, mientras que a la chica se le cayó el alma a los pies.

- Padre... -farfulló -. No era consciente... No sabía que podía hacer esas cosas... Empezó hace poco... De verdad... -los ojos se le inundaron en lágrimas.

- No te preocupes. ¡Pronto dejarás de hacerlo!

Del interior del gabán, el hombre sacó una navaja. La alzó sobre su cabeza sujetando a la chica por el cuello con la otra mano, casi asfixiandola con el mismo agarre. Con sus últimas fuerzas, la joven pataleó contra él, errando el blanco y rompiendo el espejo marcándolo con una profunda brecha. La hoja de acero brilló con la luz artificial del pasillo antes de hundirse en el pecho de la joven...


* * *

Retomé la consciencia cuando la noche aún seguía viva en la ciudad. Al asomarme al balcón tuve tiempo de ver a varios grupos de jóvenes y parejas que cruzaban el jardín en dirección a la vía principal. El centro de negocios se convertía a aquellas horas en el centro de diversión más famoso de la zona, con varias discotecas, pubs y bares donde el alcohol, la música estridente y el desmadre eran los reyes de la noche. La mayoría se marchaban, otros simplemente se movían, y unos pocos llegaban. Suspiré, cerrando el balcón para ahogar todo aquel estruendo que se mezclaban con risotadas y gritos.

Eché también las cortinas, cuya suave textura me dejó ensimismada sin soltarlas durante un rato. La única luz que entraba entonces en la habitación, era la de la luna en fase de cuarto creciente y los sonidos llegaban a mí mucho más ahogados que antes, lo cual ayudaba a que el misterioso dolor de cabeza con el que me había levantado se disipara.

No recordaba con exactitud cuando me había quedado dormida y los recuerdos de la pesadilla que había tenido se habían desvanecido. Sólo sé que tuvo que ser una pesadilla porque cuando em desperté, me encontré ante el armario del pasillo de la habitación y no soy de las que se duermen en cualquier sitio.

Me dirigí al mueble bar para tomar algo que contribuyera a aclararme las ideas, pero tuve que detenerme en seco cuando estaba a unos centímetros escasos. Sin perder la calma, bajé la vista hasta toparme con mis propios pies. En el suelo, una mancha oscura se iba agrandando lentamente, esparciéndose y formando pequeños ríos entre varios trozos de cristales rotos. El televisor se había caído al suelo en algún momento de la madrugada, y yacía sin más señales de vida que los chispazos que de vez en cuando asomaban por entre las piezas abolladas del aparato.

El dolor tardó, pero llegó. Un pequeño escozor que se fue expandiendo por la planta de mis pies. Aguante aquella nimiedad sin dificultad y fui a buscar unas zapatillas cómodas para poder ir al baño sin correr el riesgo de clavarme algún otro cristal.

Cuando me giré, la habitación entera había cambiado. Cuando desperté, estaba todo tal y como recordaba: ordenado y en su sitio. Ahora, estaba todo manga por hombro. La cama, totalmente desecha y con las sabanas y mantas desperdigadas por el suelo. Las mesillas de noche también estaban tiradas en el suelo, tumbadas igual que el sofá. Y eso antes no estaba así.

Reaccioné ante aquel desastre activando la visión de auras. Un cegador brillo rojo envolvía a la habitación entera, cada objeto y cada rincón. Por allí no había pasado un vendaval normal, no. Sino una tempestad endemoniada.

Un sonoro golpe me llamó la atención, procedente del corredor. La puerta estaba cerrada, y la luz que penetraba por el balcón no llegaba a ese punto del cuarto. Así que me conformé con escudriñar en la penumbra como la puerta se entreabría un poco primero para ser arrancada de sus goznes instantes después, dejando entrever una silueta humana que, más bien, correspondería a un gigante.

Vislumbré su aura al tener la visión aún activa. Era un tono marrón muy fuerte y opaco.

- ¡Identifíquese! -ordené con voz firme olvidándome del dolor que me martilleaba los pies. -¡Esta es una habitación privada y no puede pasar!

El individuo dio un sólo paso que le acercó al haz de luz del ventanal. Le reconocí enseguida: el tipo inglés que me había hablado en la recepción al llegar, y se había colocado tras de mí en la fila. En el anterior encuentro no me había fijado en él, pero tenerlo en mi habitación a las tantas de la madrugada si me hizo fijarme un poco más: rasgos toscos y envergadura de oso acompañado por unos ojos de un azul que casi se convertía en gris con el reflejo de la mortecina luz. Boca que se arqueaba hasta formar una media sonrisa de la que sobresalían unos afilados e irregulares colmillos de color amarillo. Vestía un elegante traje negro con camisa blanca que no le pegaban para nada.

- Tú... -con un fogonazo, recordé haber visto esa figura misma antes. Concretamente en la pesadilla que me costaba recordar con exactitud. Recordé haberle visto de espaldas, en el rincón de mi dormitorio, con una figura femenina a sus pies, totalmente magullada e inmóvil después de que él la hubiera molido a palos. Al recordar esto, giré la cabeza instintivamente hacia ese rincón concreto del dormitorio, encontrándome con otro elemento más que antes no estaba allí. Esa misma figura de mujer, encogida, rodeada de una fuerte aura verde.

Aquel leve despiste fue lo que le dio ventaja a mi enemigo: el inglés del aura marrón. Como si de un toro se tratase, se lanzó hacia mí cargando con todo su peso y sin darme tiempo suficiente para reaccionar. Cuando quise darme cuenta, el placaje me había mandado volando por toda la habitación hasta el balcón, rompiendo la puerta de cristal y cayendo de forma abrupta en el suelo rodeada de una lluvia de cristales.

El dolor se expandió por todo mi cuerpo a gran velocidad, mas hice el esfuerzo y me incorporé con la risa estruendosa y desquiciada del hombre-toro. Bajo los jirones de mi camisa, las heridas manaban la suficiente sangre para debilitarme un poco. Si no contaba con mis cuchilla, tenía que contar con mi caos, y en ese momento se me escapaba a borbotones junto al plasma rojo. El panorama no era nada pintoresco.
La atención del hombre-toro se centraba ahora en el espíritu de la mujer que yacía en el suelo. De nuevo, el sueño que tuve acudió a mi mente, mostrándome otro detalle más: la chica de la puerta. Hacía allí dirigí la mirada y contemplé la nueva aparición: una muchacha envuelta en una fuerte aura roja que miraba desafiante al hombre-toro.

Hay había algo que no concordaba. Ya había llegado a la conclusión de que estaba en mitad de una escena que se había cobrado dos vidas: la de la chica y la de aquella mujer de aura verde. Todo aquel ser con aura verde era un alma en pena; pero la roja... Demostraba contaminación. Caos contaminado que había contaminado a toda la habitación y había arrastrado con ella al alma en pena y aquel hombre de aura y cuerpo anodinos. Los tres estaban repitiendo la escena que soñé, así que deduje que mi pesadilla había sucedido en algún momento del pasado y que ahora tenía ante mis narices a los mismos protagonistas repitiéndola como si de una obra de teatro se tratara. No recordaba el final del sueño, pero si lo que se suponía que vendría a continuación: la chica saldría corriendo y se escondería en el armario mientras el hombre-toro la buscaba...

Sin embargo no ocurrió así. La joven se mantuvo inmóvil. La luz entraba ahora a raudales en el cuarto y las cortinas se mecían por la suave brisa que transcurría, por lo que pude observarla bajo aquel velo fantasmal con atención: sus facciones, delicadas y a la par con un leve deje tosco, me recordaron por un momento a las del hombre-toro. Su larga melena negra caía lacia y le llegaba hasta la cintura y miraba desafiante al hombre que seguía entretenido con el cuerpo de la mujer-fantasma.

Y tal y como todo comenzó, se detuvo. Alguien pausó la escena. Las cortinas se detuvieron en seco en pleno vuelo, incluida la brisa. Eché un vistazo al parque que tenía más abajo, por donde la gente seguía paseando ajenos totalmente a lo que sucedía en aquella planta del hotel. La única que se movía aparte de mí, era la chica del aura roja.

- ¿Estás con él, o conmigo? -su voz, de tintineo suave, guardaba cierto tono irrespetuoso producto de la ira.

- No es mi trabajo estar con vosotros. He venido a enviaros al sitio al que pertenecéis cada uno...

- ¡¡Él nos mató y continúa con vida!! -con un destello, el fantasma de la chica desapareció y reapareció a mi lado, dándome un fuerte empujón que me llevó de nuevo a los cristales, produciéndome más heridas. Se me escapó un siseo de dolor -. ¡Debe morir también! ¡Y tú por apoyarle!

La corté en mitad de la frase, y nunca mejor dicho. Sujetándome el brazo derecho, que era el que más mal parado había acabado, había usado mis habilidades para que una esquirla de cristal volara por los aires y se clavase en su frente. La chica se calló al instante, pero aquello no iba a terminar con ella. Estaba imbuida de caos contaminado, no iba a vencerla tan fácilmente.

- Si no pongo fin a esto nos matará por ser como tú -susurró -. Otra vez...

Y volvió a reaparecer en la puerta del corredor, abriéndola y escapando por él. La acción se reanudó, y el hombre-toro comenzó a moverse a buen paso hacia el pasillo, en busca de la joven. Sus últimas palabras me había puesto sobre aviso: “por ser como tú”. Me levanté de un salto y, sin dudarlo más, me puse manos a la obra. Corrí hasta el pasillo justo a tiempo de ver al hombre-toro abriendo el armario y sacando a la muchacha de un tirón. El espejo quedó al descubierto, reflejando la escena: el hombre sacando la navaja, un leve murmulló entre lágrimas del fantasma de la joven. El tipo enarboló el arma y no le di tiempo a más. Cargué contra él, igual que él cargó antes contra mí. No tuve el mismo efecto, pero conseguí que se apartara de la muchacha. El problema, es que la que se llevó la puñalada fuí yo. Y en plena espalda.
Las pocas fuerzas con las que contaba al principio de la trifulca terminaron de esfumarse a través de esa última herida. El dolor se alejó de mí convirtiéndose en una sensación efímera, que pronto terminaría. Caí de rodillas al suelo, sintiendo que el dolor regresaba con toda su intensidad a ratos y se iba por completo después. El hombre-toro me miraba, con gesto grave, como si se hubiera dado cuenta de lo que acababa de hacer...

Del error que acababa de cometer...

Superando el dolor, superando a las heridas, el caos de mi cuerpo redobló su presencia y velocidad. Lo percibí. Era como percibir un pulmón cuando respira; la garganta cuando tragas; el estomago cuando se mueve; la sangre misma cuando transcurre por las venas. Percibí a su vez como el riego de sangre se redoblaba, sobreponiéndose a las heridas. Sé que en ese momento, aunque yo misma no podía verlo, el iris de mis ojos reflejó la misma tonalidad burdeos de esa sangre.

Me levanté. Y conmigo, todos los cristales de la habitación y todos los mueles se levantaron al unísono y tan pausadamente como yo. El hombre-toro no me quitaba la vista de encima, esbozando alternativamente la sonrisa demente y una mueca de horror, sin decidir con cual quedarse. Aquella situación, el ver como habían matado a dos personas por el simple hecho de ser diferentes al resto, había movido algo más en mí que meros recuerdos. Sucesos que ya había vivido.

- Una vez, yo deseé estar muerta por ser lo que era y no lo conseguí. Si yo no lo obtuve, ellas tampoco lo obtendrán. -no reconocí mi propia voz; más hueca, envenenada de odio y amargura.

El hombre-toro quiso decir algo, pero las palabras se atropellaron en su boca sin poder sobresalir ninguna. Todos a una, obedeciendo una silenciosa orden, todo aquel ser inerte que flotaba por la habitación a causa de mi poder, se acercaron en avalancha, sepultando al hombre-toro cuyo traje pronto se vio desgarrado y cuyo cuerpo pronto se llenó de heridas y contusiones.

Él no fue la única víctima. La chica de aura roja, la autentica culpable que sin saberlo había atado aquellas almas a aquel lugar, también se encontró sumergida en aquel mar de destrucción que se la llevó por delante. Su cuerpo se esfumó por completo, y con ella, toda aura rojiza que hubiera anteriormente por el cuarto.

Con una fuerte punzada más de dolor, el vendaval se detuvo, y todo cayó al suelo quedando inmóvil. Yo misma no fui menos. Perdí el empujón de caos y las heridas y cortes de la batalla volvieron para atormentarme. En el suelo, incapaz de moverme, observé antes de perder el conocimiento a la mujer de aura verde, que se agachó junto a mi obviando al desmayado hombre-toro:

- Gracias por salvarnos... por fin. El ciclo está roto -susurró en mi oído antes de desvanecerse y otorgarme la sensación de paz que me llevó al dulce sueño.

1 comentarios:

Andreu Romero dijo...

Woh, me ha recordado a un capítulo de "Entre fantasmas" pero en versión heavy O.o
Magníficas las explosiones de ira y poder de Veran, como siempre :3
Cada vez que leo cristales rotos pienso "uy, prepárate". Los camareros tendrán cuidado de tirar vasos cuando pasen a su lado ^o^.
Muy buen capítulo-cierre, con componente psicológico stronger :]