Crónicas del caos - Veran - Terror reflejado (I parte)

sábado, 27 de diciembre de 2008


¿Qué es un fantasma?

Supongo que a muchos se les vendrá la imagen a la cabeza de la clásica sábana con cadenas atadas a invisibles pies, o la traslúcida imagen de una persona con ropajes antiguos deambulando por oscuros edificios laberínticos de macabra atmósfera.

Pero una imagen no nos define nada. Personalmente, en mis tareas como exorcista, me he enfrentado a animales y objetos escupe-fuego, mutaciones y fuerzas invisibles que han provocado más de un susto en la comunidad mortal. El rasgo común de todos estos fantasmas, es el caos.

Esta maldita sustancia, que a muchos nos otorga poderes inimaginables por gente mundana y corriente como vosotros, está disuelta en el aire. Y en algunos sitios, más que otros. Por ello, cuando alguien muere en dichos emplazamientos, el caos puede llegar a contaminarles de tal forma, que se forme el fantasma en cuestión.

¿Cómo hacerles frente? El caos sólo puede ser eliminado con caos. Absolviéndolo, malgastándolo… múltiples son las maneras para dar fin a esa contaminación. Por ello, a cada miembro que pertenece al departamento de exorcismos, al terminar su iniciación, se le obsequia con un arma imbuida en caos de tal forma, que pueda absorber ese caos contaminante.

Así fue como conseguí mis cuchillas, y esa es su función, entre otras tantas que no están muy bien vistas… Pero eso es harina de otro costal…

El caso es que, después de tanta misión seguida, de tantos fantasmas escupe-fuego eliminados, el caos de mis cuchillas estaban empezando a agotarse… Y para muestras, estaba el espejo de mi armario.

En mi primer día libre después de tanto exorcismo, decidí celebrarlo comiendo fuera. Abrí el armario para coger lo primero con lo que se topasen mis ojos, y me quedé embobada mirando el espejo. Tras de mí, sobre la mesilla de noche, mis cuchillas echaban humo, literalmente. Me giré para comprobarlo, y a simple vista, estaban intactas. Sin embargo, al activar la visión de las auras, el hilo de humo que despedían era cada vez mayor.

Tuve que dar de lado mis planes y acudir a la oficina de la Orden a mi pesar para comentarle el problema a Heraclio.

Como de costumbre, recorrí el pasillo de la planta de los lores ignorando los grupos de seminmortales que esperaban su turno para hablar con los jefes. De hecho, me colé por delante de una pareja de chicas seminmortales con minifaldas que esperaban que Heraclio les dejase pasar a su despacho, entrando yo antes y sin llamar.

¡Lo que eran las casualidades! Heraclio estaba en ese momento reunido con Nicómedes, e interrumpieron su charla cuando escucharon el portazo que di al cerrar. Los dos me miraron como quien ve un fantasma.

- ¡Veran! ¿Qué haces aquí? -saludó atropelladamente el lord.

Sin mediar palabra, me acerqué y planté con un sonoro golpe mis cuchillas sobre el escritorio del lord. El cristal que lo cubría se agrietó un poco.

- ¡Veran! ¡Vas a romperlo! -teniendo más cuidado que yo, Heraclio apartó las cuchillas de ahí y comprobó el estado del cristal y de la espada que podía verse tras el mismo. Me crucé de brazos esperando a que recuperase la compostura -. ¿Se puede saber que pasa?

- Tus estúpidas misiones han estropeado mis armas -Nicómedes se rió por lo bajo, apoyando el codo en el brazo de su asiento -¿Y a ti que te pasa?

- Nada… ¿Tanto como pedías misiones de verdad y te quejas ahora por tenerlas?

- Si llamas misión de verdad a destrozar un simple pedrusco y encerrar a un maldito perro… -le lancé una mirada envenenada -Será porque no conoces otro tipo de misiones de verdad, ¿no, Nico?

- ¡Dejad las discusiones! -nos interrumpió Heraclio que mientras hablábamos, había estado examinando mis armas -Veran, el nivel de caos de tus cuchillas está muy por debajo de lo normal… ¿Se puede saber que has hecho con ellas?

- Cumplir mis misiones -mi mirada vagó por la habitación, deteniendose en cada espada que Heraclio tenía colgadas en la pared a la vista de todo el mundo.

- Aparte de eso… ¿No las habrás usado para otra cosa, verdad?

- ¡Claro que no! ¿Me tomas por éste? -señalé con la cabeza a Nicómedes con gesto despectivo.

- Y estas marcas… -Heraclio señaló con el dedo las cicatrices de batalla de las hojas, que parecían haber perdido todo su brillo, y lanzó un suspiro triste -. Como pronto, estarán listas para dentro de tres o cuatro días…

- ¡¿Tanto?!

- No te quejes, Veran. No solo te las voy a recargar de caos. ¡Las mimaré!

Tanto Nicómedes como yo nos quedamos perplejos ante su vocecita infantil repentina y el abrazo que le dio a las armas, frotando su mejilla contra las hojas sin herirse de milagro.

- ¿Y qué voy a hacer yo mientras?

- Sin arma no puedes cumplir misiones, Veran… -Heraclio se dirigió a Nicómedes -¿Me traes el trapo de aquel estante, por favor?

Nicómedes se dirigió hacía una estantería al fondo donde se acumulaban en curioso orden espadas y mandobles de diferentes tamaños y variopintas formas. Sacó de Dios sabe donde un pañuelo de seda con el que Heraclio envolvió mis cuchillas y las dejó reposando a un lado de la mesa.

- Regresa dentro de tres o cuatro días, y tus cuchillas estarán como nuevas. ¡Y mientras…! -Heraclio supo lo que iba a preguntar nada más verme abrir la boca - Te tomas un descanso, ¿no te parece?

- ¿Ahora que mandas misiones interesantes? -respondí contrariada.

- ¿No decías que eso no eran misiones de verdad? -intentó picarme Nico.

Obvié su provocación con un gruñido.

- Ya vale… -murmuró Heraclio con desgana -. Veran, no es una recomendación; es una orden. Te irás de “vacaciones”…

- ¡Oh, vaya! Por fin veo a un Heraclio con personalidad! ¿Dónde ha estado escondido todo este tiempo? -dije con sorna.

- ¡Se acabó! -de un movimiento brusco que no me esperaba, el lord se levantó arrastrando su sillón hasta tirarlo al suelo. Su nueva actitud me hizo retroceder un paso, observando cómo cogía un folleto de su cajón y me lo colocaba en la mano -. No salgas de este sitio hasta dentro de cuatro días. ¡Si me desobedeces, serás suspendida de empleo y sueldo durante dos meses!

Sobrevino el silencio, sólo roto por los frustrados intentos de Nicómedes para sofocar la risa. Más confundida de lo que en mi vida he estado, busqué algún atisbo de burla en los ojos del inmortal. Atisbo que no encontré. Estudié el folleto por encima, mas Heraclio no me dio tiempo a ello: me hizo girar sobre mi misma y a empujones, me guió hasta la salida:

- ¡Ya me has oído! ¡Te llamaré cuando tus armas estén listas! Hasta entonces, no quiero saber más de ti. ¡Largo!

Y me cerró la puerta en las narices de un portazo. Totalmente descolocada, estudié el folleto, echándole un vistazo a la portada. La fachada de un lujoso hotel estaba coronada por el título en letras grandes de colores que daba nombre al edificio: “Hotel Luz de Acanto”.

Con un hondo suspiro, salí de la central de la Orden de regreso a casa. Por el camino, me divertí removiendo las hojas del folleto hasta que, en mitad de la calle, un trozo de papel se precipitó al suelo. Lo recogí y leí en voz baja:

“Espero que no te haya molestado la forma en la que te traté; no quería que Nicómedes se enterase. Tu nueva misión se localiza en el hotel. Ya me he encargado de reservar tu habitación. Explórala a gusto, porque tu víctima ronda esa zona. ¡Suerte!”

¡Que bien! ¡Unas vacaciones-trabajo! Arrugué el papel en mi puño, cerrándolo con fuerza, ciega de rabia. Pero pronto se me pasó el enfado cuando recordé ciertas palabras de la nota.

“(…) no quería que Nicómedes se enterase.”

Me tome aquello como una señal. Nico era el primero que mediaba para que los lores me recomendasen misiones fáciles, sin riesgo. Si Heraclio no quería que él se enterase, sería seguramente, porque se trataba de una misión peligrosa. Misión que no iba a desperdiciar, y aunque estuviera sin armas, estaba tan segura de mí misma que me veía capaz de enfrentarme al mismo Belial sólo con mi caos.

Crónicas del caos - Veran - Coincidencias (II parte)

jueves, 25 de diciembre de 2008


En el exterior, después de que Veran se marchara, un macabro silencio expectanse te había apoderado de todos. Nicómedes permaneció en su posición, en la parte trasera del edificio, resguardado tras la verja, atento a cualquier movimiento que pudiera percibirse, aunque fuera vagamente. Por el rabillo del ojo podía ver a varios de los grupos de seminmortales destinados al lugar vigilar de manera disimulada, fingiendo ser un grupo de jóvenes normales que han salido a dar una vuelta. De todas formas, por allí no pasaba ni un alma.

Los minutos pasaban sin noticias de Veran, y aunque la conocía bien, aún se le cruzaban por la mente los recuerdos de su misión de iniciación. Dudaba si la decisión de que la agente te encargase de otro demonio nada más regresar de su enfrentamiento con otro parecido era la correcta.

Intentaba confiar en el inaguantable orgullo de ella, aunque su, cada vez más larga, ausencia le hacía sospechar de que algo había ocurrido. Tomó la decisión de aguardar tres minutos exactos antes de adentrarse él mismo…

Cortando el hilo de sus pensamientos, su teléfono vibró en el bolsillo. Lo cogió sin mirar el número:

- Aquí Nicómedes -respondió en voz baja.

- ¿Cuándo te interesa bien que lo coges, verdad? -entrecortada, plagada de estática y otros sonidos que no sabía identificar, escuchó la reprimenda de Veran -. ¡He tenido que instaurar la cobertura con mi caos! ¡Podrías haberme avisado por lo menos! -escuchó un aullido detrás de ella seguido de un golpe sordo.

- ¡Veran! ¿Qué pasa? ¿Lo encontraste? -el grupo de seminmortales más cercano se acercó a él al escucharle, intentando discernir que estaba ocurriendo más allá de la verja.

- ¿Qué si lo encontré? ¡A punto ha estado de devorarme el cuello! -se interrumpió a mitad de la frase dejando pasar otro aullido y otro golpe sordo. La acústica de la llamada mejoraba y volvía a empeorar cuando le venía en gana, por lo que, segundo si y segundo no, Nicómedes podía oír los pasos de una carrera y la respiración de la agente, alterada por el esfuerzo -. ¡Mi abrigo en llamas me protegió! ¡Así que me debes uno!

- ¿Necesitas refuerzos? -el grupo de seminmortales se preparó para entrar, esperando a que Nicómedes bajase el brazo.

- ¿Por quién me tomas? -se interrumpió de nuevo ante otro ladrido gutural -. Despeja el patio de atrás. ¡Es una orden!

Y colgó. Nicómedes se imaginó la macabra sonrisa de oreja a oreja que tendría la chica por haberle dado una orden a él y estar a plena merced de la adrenalina. Miedo le daba su actitud cuando todo terminase y el demonio no hubiera sido rival para ella…

De pronto, de forma violenta, las puertas traseras del edificio se abrieron de par en par, dejando pasar a una figura perseguida por un perro envuelto en fantasmales llamas. El grupo de seminmortales se dispuso a saltar por encima de la alambrada para interceder, mas Nicómedes les ordenó esperar con un grito. Hacía tiempo que no veía a Veran en acción…

* * *
Un aullido lastimero surgió de la boca del animal, frenando su carrera mirando el constante gorgoteo de sangre que manaba de sus fauces, justo de la herida que una de mis cuchillas había producido atravesándola. Me quité el abrigo lo más rápido que pude lanzándoselo a los ojos, retomando el camino. Iba a darle un final apoteósico a ese bicho… y ya de paso, echárselo en cara a Nicómedes delante de sus amiguitos.

El fantasmal animal retrocedió un poco presa del dolor y la incómoda sensación que mi cuchilla debería producirle, absorbiendo el caos que mantenía con relativa vida a su cuerpo. Tenía tiempo para detenerme un momento y comprobar si mi móvil funcionaba. Aún no llegaba señal en ese tramo de pasadizo, por lo que usando un poco de caos que sirviera de conductor en el aire, llamé a Nico para avisarle.

- ¿Cuándo te interesa bien que lo coges, verdad? -le reprendí cuando cogió el teléfono, que para variar, fue enseguida. A mis espaldas, la criatura imbuida en dolor intentaba zafarse del abrigo chamuscado dándose con la pared provocando un sonoro estruendo.

- ¡Veran! ¿Lo encontraste entonces? -su voz llegaba algo distorsionada.

Los cabezazos de la criatura contra la pared, cesaron. Había conseguido deshacerse de la prenda que le cegaba y volvía a fijarse en mí, con mi cuchilla atravesándole la mandíbula inferior como un moderno piercing. El dolor la mantenía paralizada, y aunque ya no escupía fuego por la boca, se le escapaba un asqueroso reguero de babas que al chocar contra el suelo, lo quemaba como ácido.

- ¿Qué si lo encontré? -miré a la criatura a los ojos, preparándome para continuar la carrera -¡A punto ha estado de devorarme el cuello! -tuve que interrumpirme a mitad de la frase cuando, con un aullido, anticipó su salida el perro fantasmal, retomando la persecución. Reaccioné rápido y aproveché el par de metros de ventaja que tenía después del parón -¡Mi abrigo en llamas me protegió! ¡Así que me debes uno!

- ¿Necesitas refuerzos?

- ¿Por quién me tomas? -con la charla, el animal había conseguido ganar algo más de terreno y tuve que esquivar un mordisco de un salto -Despeja el patio de atrás. ¡Es una orden!

Colgué, notando que mis fuerzas se renovaban. ¡Le había dado una orden a Nicómedes! Y seguro que la acataría sin rechistar… Pese al ambiente, a la situación, pude entonar una amplia y sincera sonrisa… de superioridad y orgullo. Ya tenía la puerta delante de mí…

Sin detenerme, abrí la puerta de par en par de una patada, saltando al exterior con el ente detrás. De un rápido vistazo distinguí que los refuerzos de seminmortales de los que Nico me habló estaban todos preparados en las alambradas, listos para interceder en cuanto les diera la orden. Nico también era visible, mandándoles esperar con un grito y contemplando la escena cruzado de brazos. Tal y como le había dicho, el patio estaba desierto. Complacida, frené en seco justo en el borde de la piscina vacía, permitiendo al animal que me diera alcance abriendo las fauces para morder a una presa… que saltó sobre él atizándole una patada por detrás lanzándole al hoyo.

El animal estuvo lento de reflejos, cayendo de bruces y tardando en reaccionar. Las llamas de caos que cubrían su cuerpo se avivaron al igual que su furia, lanzándose e intentando escalar por el muro de la piscina intentando alcanzarme.

Me regodeé situándome en el borde, olvidando aquellas miradas de compañeros seminmortales clavadas en mí. Levanté una mano, y cuando la criatura estaba a punto de dar un salto más, chasqueé los dedos. Mi caos se activó, y con una cadena de explosiones simultaneas, las ventanas del edificio entero reventaron y las esquirlas de cristal se detuvieron en pleno proceso destructivo.

Todos a una, los trozos de vidrio flotaron en el aire adquiriendo velocidad hasta llegar a mí, abriendo un hueco en su formación para no rozarme. Se encajaron como las piezas de un puzzle sobre la piscina, cubriéndola al completo y encerrando así al ente, que no cejó su empeño y continuó dando saltos, chocando su cabeza contra los cristales una y otra vez.

Murmullos se levantaron por entre los grupos de seminmortales que esperaban su oportunidad. Nicómedes los acalló con una simple palabra, aguardando a que finalizara el trabajo. Cuando volví mi vista hacia mi objetivo, me percaté de que la pantalla de cristal se estaba rayando. Me acordé entonces de mi cuchilla, que aún atravesaba la mandíbula del monstruo. Tenía que recuperarla.

No tenía que preocuparme. La cuchilla vino a mí, extrayéndose a sí misma y agujereando la cubierta de cristal hasta terminar en su funda, en el bolsillo de mis vaqueros.

La criatura continuó saltando, aullando de forma gutural y, con la mandíbula libre ahora, lanzando bolas de fuego al cristal. Sin preocuparme más por ello, me deslicé sobre la cubierta usando caos para que mis pies flotaran a apenas un palmo del suelo. Mi trabajo había terminado ya, y se lo hice saber a Nicómedes con una señal. El seminmortal ordenó a los refuerzos que se hicieran cargo, adentrándose todos al momento.

Salté por encima de la verja ajustándome la camiseta y emprendiendo el camino a casa. Una mano en el hombro me detuvo, obligándome a volverme hacia él: Nicómedes.

- Buen trabajo, Veran -me felicitó.

- Como de costumbre -le aparté la mano de encima con gesto de repulsión -. ¿Algo más, o puedo irme a descansar ahora?

- Sólo tengo una pregunta: ¿Siempre usas ese despliegue de poder hasta cuando te encargas de diablos menores? -proseguí mi camino, obviando totalmente las acciones del grupo de seminmortales que se sucedían dentro del recinto escolar. Los aullidos guturales habían cesaron de repente. Nicómedes me siguió hasta ponerse a mi altura.
- Puede.

- Sabes que esa no es una buena táctica, y…

- ¿Desde cuando sigues siendo mi maestro? -le dediqué la mirada más fría de mi repertorio.

- ¿Aún sigues con eso? -se rió incómodo -. ¿No crees que ya es hora de olvidar el pasado, Veran? ¡Te has convertido en una de las mejores agente de la Orden! Te llueve el trabajo, y seguro que también los…

No quería escuchar más. Me estaba costando trabajo contener aquel calor que me invadía y pedía a gritos más acción, además del rencor que sentía por él. Antes de cometer una locura, le dejé con la palabra en la boca saltando al tejado de una de las casas de enfrente. Así me libraría de él…

Y así regresé a casa, donde nadie aguardaba mi regreso a excepción de un simple recuerdo que sobre la mesilla de noche descansaba, esperando que, como la mayor parte del tiempo que me encerraba, me quedase mirándole, añorando tiempos pasados que jamás podrían volver…

Fanfic Silent hill: double psycho Cap. 9

domingo, 21 de diciembre de 2008


Aunque en un principio tenía pensado quedarse junto al coche de su hermano hasta que llegase alguien, las luces de unos faros en la lejanía la hicieron moverse y retroceder por la carretera en dirección contraria al pueblo hasta un desvío cercano.

En la oscuridad de la noche, sus ropas no eran demasiado visibles, pero esperaba que si lo fueran las señales que hacía con los brazos al motorista que se acercaba a gran velocidad. Fue aminorando hasta detenerse frente a ella.

Era un hombre joven vestido con ropas de cuero a juego con su moto de color negro metalizado que dejó ver sus dulces rasgos y una corta melena rubia cuando se quitó el casco para hablar con Amy.

- ¿Qué haces aquí sola a estas horas, pequeña?

- Estábamos de paso, y se nos ha estropeado el coche… -comenzó a explicarse la chica.

- ¿Coche? Yo por aquí no veo ningún coche. ¿No me estarás timando y serás una de esas chicas de la curva, no? -levantó las cejas para acompañar a su tono bromista.

- Está un poco más adelante, justo delante de la entrada al pueblo de Silent Hill

La expresión risueña del chico se borró de un plumazo al oír el nombre del pueblo. Examinó a Amy de arriba abajo, antes de, al menos, esbozar una expresión más calmada.

- ¿Cuántos más venían contigo?

- Mi hermano, que entró en la aldea para buscar un teléfono. ¡Pero aún no ha vuelto, y necesitamos ayuda!

El chico se quedó pensando un momento.

- Por aquí cerca hay una estación de servicio. ¿Te llevo? No debe de estar a más de un par de kilómetros. Puedes llamar desde ahí a una grúa y luego localizas a tu hermano.

Amy aceptó la oferta del joven y montó tras él. Tuvo tiempo de echar una última mirada al camino que conducía a Silent Hill y un último mensaje mental a Alex, antes de que el tipo se volviera a poner el casco y la moto saliera disparada, obligándola a aferrarse con todas sus fuerzas a la cintura del muchacho.

El motorista había dicho la verdad. Unos kilómetros más adelante, sumergida entre algunos árboles, se veía la gasolinera que marcaba su posición con un gran cartel luminoso.

El chico insistió en acompañarla, entrando ambos en el establecimiento. Amy solicitó usar el teléfono al dependiente del solitario restaurante y en seguida llamó al servicio de emergencias. Sin embargo, cuando le dijo a la amable señorita que la atendió el lugar donde se encontraba el coche, la mujer admitió no saber de qué lugar estaba hablando, así que quedaron en mandar la dichosa grúa a la estación de servicio donde se encontraba.
Cuando Amy regresó al restaurante, el joven la esperaba sentado en una mesa y con un par de refrescos servidos para cada uno. Eran los únicos clientes aquella noche, por lo que el hombre del mostrador estaba charlando animadamente con el motorista hasta que llegó ella y explicó la situación:

- Dicen que no han podido localizar el pueblo en el mapa, así que mandaran aquí la grúa y tendré que guiarles hasta allí -tomó asiento frente al joven.

- ¡Menudo panorama! -exclamó el muchacho tomándose su vaso de un trago.

- ¿Qué ha ocurrido? -quiso saber el encargado.

- Iba de vacaciones con mi hermano, y el coche nos ha dejado tirados en mitad de la nada…

- ¿Y te has tenido que encargar tu sola de buscar ayuda? ¡Qué responsable!

- Mi hermano fue a pedir ayuda a un pueblo que había cerca, Silent Hill…

Una vez más, los dos hombres reaccionaron de forma extraña. Sus rostros se agravaron de tal forma que un escalofrío recorrió la espalda de la chica. Tragó saliva antes de atreverse a preguntar:

- ¿Pasa algo con ese sitio? Esta abandonado, ¿no?

- Si… ¡Y de qué manera! Fue una lástima… -comentó el dependiente apesadumbrado y en seguida cambió de tema -. Bueno, como estás en un apuro y son las horas que son, ¿Qué tal si cenas aquí? ¡Invita la casa!

A Amy no le dio tiempo a objetar, ya que el tipo entró a todo correr en la cocina. Al menos, el motorista seguí allí, así que intentó preguntarle a él:

- ¿Qué pasa con ese pueblo? Cada vez que lo nombro parece que nombro al diablo…

- Corren todo tipo de rumores sobre él. Leyendas urbanas, ya sabes…

- Pues muy creíbles han de ser esas leyendas para que esté abandonado de esa forma… -comentó Amy mientras tomaba un sorbo de su refresco.

- ¡Estamos en una zona rural, pequeña! Es normal que a la gente de estos lares les afecten estas cosas y se las tomen tan a pecho.

- ¿Pero, y usted? También ha puesto esa cara cuando…

El motorista jugaba con su vaso vacío, deslizándolo por la mesa de un lado a otro continuamente. Estos movimientos la distraían y la ponían nerviosa, así que los detuvo plantando la palma de la mano sobre el recipiente.

- …cuando he mencionado a Silent Hill -terminó la frase por fin.

El chico mostró una sonrisa enigmática cuyos vivarachos ojos imitaron con un deje de tristeza y melancolía.

- Conocí ese pueblo. De pequeño. Mis abuelos eran de allí. Llevaban juntos una posada, pero… -guardó silencio bajando su atención al vaso y a la mano de la chica.

- ¿Pero…? -insistió Amy.

- Pero tuvieron un accidente. Mi abuelo murió y mi abuela quedó muy afectada.

- Vaya, lo siento… -se arrepintió enseguida de la pregunta que había hecho.

- ¡No te preocupes! Con estas cosas, la única justicia en la que uno piensa es en la divina. ¡Ya le dará dios el castigo que merece ese canalla!

- ¿Ese canalla..? -al darse cuenta de que estaba volviendo a las andadas, Amy se tapó la boca, pero no a tiempo.

El motorista suspiró sin abandonar su amarga sonrisa.

- A mi abuelo le asesinaron. Un tiro limpio en la cabeza. Un tipo secuestró a una niña y se escondió en el hostal de mis abuelos, huyendo de la policía. Intentó salvar a la pequeña, y el indeseable ese disparó. Justo antes de que la policía interviniera…

- ¿Y no pudieron salvarle?

- No. Murió en el acto… Y con la impresión, imagínate lo que duró mi abuela… -Amy se mordió el labio, conmovida -Antes de morir, su buen corazón la guió para encargarse de la pequeña. Fue ella quien la devolvió a su madre.

- ¿Y todo eso ocurrió en Silent Hill?

- No. Aunque mis abuelos eran de ese pueblo, se instalaron en la capital. ¡Hasta la niña era de Silent Hill! ¡Fíjate que casualidad! -hizo un esfuerzo por quitarle hiero al asunto, riéndose ante la coincidencia con una carcajada que Amy intentó seguir con una media sonrisa forzada, sin verle la gracia por ningún sitio.

- Si, que casualidad…

- Incluso llamaron al grupo de operaciones especiales… ¡Menudos inútiles! -resopló.

Aquella última declaración encendió una espita en la mente de Amy. Tenía un recuerdo borroso de algo que había escuchado antes. Un caso parecido que su hermano le había contado. A lo mejor no tenían nada que ver, pero… necesitaba asegurarse.

- ¿Y cuando dice que ocurrió aquello?

- Pues hará diez años, o cosa así. ¿Por qué?

A Amy se le quedó la boca seca de la impresión. Claro que lo recordaba. Fue un casoo muy sonado que causo un gran revuelo en los medios de comunicación… y en su hermano.

Amy tendría unos ocho años cuando mientras jugaba, su hermano irrumpió en la casa como un fantasma sin alma. Pasó por delante de la familia sin saludar, entregó una carta a su padre y se encerró en su habitación. No había aparecido por casa durante dos o tres días, y su actitud preocupó muchísimo a la familia. El padre leyó la misiva de pies a cabeza, compuesta de varias hojas y fotocopias de varios colores, y cruzó una mirada con su mujer que asustó aún más a la pequeña. Ninguno de los dos atendió a sus preguntas. La madre se echó a llorar y el padre se encerró con Alex en su habitación durante toda la noche.

Por más que Amy intentó consolar a su madre, no consiguió nada. Y era una niña curiosa, muy curiosa. Así que, ni corta ni perezosa, fue a pedir explicaciones a su hermano. El panorama que encontró era desolador: las caras de padre e hijo hablaban por si solas, aunque Amy no supiera comprenderlas del todo y cada vez sintiera más miedo.

“ - ¿Qué ha pasado?” recuerda que preguntó sentándose al lado de Alex.

“ - He matado a…”

Alex no llegó a decirlo. Su padre lo impidió. Con brusquedad, echó a Amy de la habitación, pero eso no bastaría para disipar su curiosidad. Al contrario, quería saber más. Sin preocuparse porque la descubrieran, pegó el oído a la puerta, escuchando la conversación casi en susurros entre padre e hijo:

“ - Tenía que haber entrado antes…” repetía Alex una y otra vez en susurros.

“ - ¡Olvídalo! Eso es algo que ya no puedes hacer. ¡Ese hombre ya había matado a una persona! ¡Teníais que reducirle de alguna manera!” “ - ¡Pero no matarle!”
“ - ¡Él tampoco tenía que haber matado a nadie! Sabes que forma parte del trabajo, hijo. Debes aceptarlo…”

“ - ¡Pero era su hija!”

La conversación seguía, pero no continuaba en su memoria. Recordaba que aún con lo que escuchó, no tenía ni idea de lo que había pasado. Los días que siguieron, todas las noticias se hacían eco de lo ocurrido. Del caso del padre que secuestró a su hija, fue a un hostal y mató al dueño antes de que la policía interviniera y en el tiroteo, muriera el secuestrador a causa del disparo de un agente…

Songfic de Crónicas del Caos (Maroon 5 - The sun)

miércoles, 17 de diciembre de 2008




La muchacha de cabellera negra y largo abrigo marrón se escurrió entre los alumnos que salían del colegio a última hora de la mañana, mezclándose con la algarabía. Sus gafas oscuras la ayudaban a aguantar el mal rato que se le antojaba aquel encuentro. Se abrió paso casi a empujones, y cuando por fin salió a una zona despejada de padres y alumnos, echó a correr para alejarse de su pequeño infierno que siempre la acompañaba.

Una vez ella estuvo ahí. Una vez formó parte de aquella algarabía. Una vez llegó a ser normal…

Cuando se había sumergido ya en el casco antiguo, pudo frenar y respirar con tranquilidad. De los bolsillos del abrigo sacó un reproductor mp3 y se puso los auriculares con la música bien alta. Así ensordecería los amargos recuerdos hasta llegar a casa. Cruzó la carretera sin fijarse siquiera en el semáforo en rojo. No escuchó los cláxones, gritos y frenazos que su paso provocó. Continuó su camino introduciéndose por una calleja estrecha empedrada.

“After school, walking home
Flesh dirt under my fingernails.
And I can smell hot asphalt

Cars screech to let me pass”.

Rara vez salía cuando el sol presidía el día. Su vida se reducía a la noche, cuando le tocaba trabajar. Acudir a lugares recónditos, hacer frente a todas aquellas monstruosidades…

Se miró las manos. Las manos de una de las agentes más eficaces de la organización. A eso se dedicaban entonces. Pero no era para eso para lo que estaban hechas. Mantenían el mismo tamaño, la misma forma, las mismas líneas, que hacía diez años.

Se detuvo ante el pequeño portal, sacando las llaves rápidamente del bolsillo para entrar en casa lo antes posible. Tiró el llavero sobre el mueble de la entrada, adentrándose en la oscuridad del salón.

Como de costumbre, nadie la esperaba en casa. Con parsimonia, se quitó el abrigo y lo dejó doblado sobre la figura de un sofá envuelto, como todos los muebles que había en la casa, por sábanas, aún por estrenar.

Su vista desfiló por las desiertas paredes de la habitación sabiendo de antemano dónde terminaría el recorrido. Era una costumbre que, aunque le dolía, no podía quitarse de encima.

Allí estaba. El único objeto propio que se movía con ella cada vez que tenía que mudarse. El único objeto que consideraba propio e imprescindible… Una fotografía encima del televisor. Los retazos de luz que se filtraban por las persianas se reflejaban sobre el cristal, impidiendo ver a quién posaba en aquella foto.

Veran se sorprendió al verse a sí misma ensimismada y con la mente en blanco. No podía ser. ¿Se debería al exceso de trabajo? No conseguía que en su mente, como una película antigua, pasaran escenas de una vida ahora desconocida. No conseguía recordar… sus momentos… Aunque el pecho le doliera de la misma forma que el resto de las veces.

“And I cannot remember
What life was like through photographs

Trying to recreate images lifes give us from our past.

And sometimes, it’s a sad song”.

Se deshizo de los auriculares y el mp3 arrojándolos al sofá sin miramiento alguno, como si la quemaran. Recogió su abrigo, se lo volvió a poner, y salió de la casa como una exhalación.

Ya no podía desahogarse llorando. Las lágrimas también la habían abandonado. El único remedio del que podía disponer, estaba en cualquier lugar donde algún alma desdichada reclamara a gritos un exorcismo. Y hacía allí se dirigió, rauda como el viento bajo el frío invernal de un día a punto de nieve. Sin poder expresarle a aquel recuerdo del pasado cuan feliz había sido entonces y que pese a todo, no se arrepentía de nada de lo que pasó entre ellos…

¿Pero cómo podía decirle que aún se quedaba sin aliento cuando le veía en aquella foto? ¿Cómo, si su mundo ya no pertenecía al del resto…?

“But I cannot forget
Refuse to regret

So glad I met you

Take my breathe away

Make everyday worth all of the pain that I’ve gone through”.

Igual que cuando todo comenzó, volvía a encontrarse perdida. Sin saber que hacer. A dónde ir. A quién recurrir.

Después de todo, no tenía en quién confiar. La organización entera estaba en su contra. Nicómedes, su maestro, le había dado falsas esperanzas. Promesas que jamás cumplió. Excusas para que aguardara al final de una hipotética batalla por reencontrarse que nunca sucedió. Y en aquellos momentos, después del tiempo transcurrido, ya era casi imposible que las cosas volvieran a ser como antes. Estaba lejos. Demasiado lejos para alcanzarle…

“And mama I’ve been crying
Cause things ain’t how they used to be
She said the battle’s almost won

And we`re only several miles from the sun”.


* * *

El trayecto en coche del trabajo a casa fue más fluido de lo habitual. A pesar de ser hora punta, el trafico estaba relativamente tranquilo.

Se quitó de la cabeza todas las preocupaciones todos los casos e informes de los que tenía que encargarse y se relajó mirando el paisaje urbano que se veía por la ventanilla. De camino a casa tenía que pasar ante una escuela, y a aquellas horas todos los alumnos y alumnas salían gritando de júbilo por el esperado fin de las clases.
Siempre esbozaba una sonrisa al verles. Le hacían recordar cuando él también iba al colegio. Había sido retraído, tenía a toda la clase en su contra, pero eran detalles insignificantes que pasaba por alto. En aquella época tenía a su lado a la persona que más quería en el mundo y que jamás se cansaba de proteger. Aunque ya habían pasado bastantes años, aún recordaba aquellas largas conversaciones que sólo tenían ellos dos. Cómo trabajaban codo con codo siempre. Su aspecto, siempre imperfecto, aunque sus compañeros se metieran con ella y le sacaran pegas, siempre inventadas. Aquellos momentos que pasaron juntos, lo que hicieron…

Siempre coincidía que, con ese último pensamiento, llegaba al cruce que separaba el centro de la ciudad con el casco antiguo. Tuvo que frenar en seco cuando una niña con un abrigo marrón cruzó sin mirar. Apenas la vio un momento, ya que se perdió de vista en cuanto se metió en una pequeña callejuela cerrada al tráfico. Los conductores que tenía detrás se pusieron a gritar y a tocar los cláxones como endemoniados. No les hizo esperar y retomó la marcha, aunque apenas pudiera ver debido a las lágrimas que empezaban a deslizarse en silencio por sus mejillas.

Ahora, la veía en todas partes. Y no podía aguantar las lágrimas. Ni el dolor de haberla perdido. Tanto si aún la quería, como si la odiaba, cosa que no tenía claro, su esperanza era encontrarla algún día.

¿Y qué le diría entonces? ¿Qué odiaba quererla como la quería antes? Después de todo, era alguien distinto a los demás. Ella era muy superior al resto, y su autentica naturaleza era un gigantesco obstáculo que los separó diez años atrás.

Mientras pensaba esto, conducía hasta su casa, donde nadie le esperaba. En la emisora de radio que estaba escuchando, emitían una bonita canción a la que, aunque no prestaba atención, acompañaba a sus lágrimas:

“Tne rhythm of the conversación
The perfect of her creation

The sex she slipped into my coffe

The way she felt when she first saw me

Hate to love and love to hate her

Like a broken record player

Back and forth and here and gone

And on and on and on and on…”


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Es mi primer songfic, no seais muy crueles con las críticas XD
Estaba aburridilla, enfermita y casi doblada en dos por el dolor, así que me puse a escuchar música por el youtube para relajarme un poco...
Y reencontre las canciones de Maroon 5 que hacía tanto que no escuchaba... ¡Que tiempos!
La canción se llama The Sun, del disco Songs about Jane. Me encantó el cd al completo, pero a esta canción le tengo especial cariño. Así que bueno, os dejo aquí plasmado lo que se me pasaba por la cabeza cuando la escuchaba. ^^ Espero que lo disfruteis... ¡y no hago más "spoilers" de mi libro! ¡Saludos!

Fanfic Silent hill: double psycho Cap. 8

martes, 16 de diciembre de 2008


Las luces sucedían a las sombras entre retazos, barras iluminadas que se intercalaban cortando el suelo por el que los pasos se perdían en desenfrenada carrera, consciente de lo que había en juego.

El aire estaba totalmente contaminado, convirtiéndose en una medicina él mismo que no curaba todo el dolor allí acumulado. Los enfermos de sentimental angustia y agonía habían aguardado impacientes y habían convivido codo con codo con los enfermos físicos.

La amenaza de la muerte cercana y posible aún se percibía. Y aunque ya no cruzaban a toda velocidad, podía llegar a escucharse las ruedecillas quejumbrosas de las camillas cargadas con enfermos del hospital en constante ir y venir.

Las consultas, que se sucedían una tras otra a lo largo del corredor, aún guardaban instrumental médico intacto, medicinas y expedientes. Alex leyó unos cuantos, preguntándose quién en su sano juicio abandonaría un hospital dejando atrás cosas de semejante importancia y costo.

Nadie abandona algo así por las buenas. No. Allí había ocurrido algo.

Su travesía le llevó a dar una vuelta alrededor del edificio, terminando en el punto de partida: el rellano del ascensor.

Se subió a la máquina y pulsó él botón de la siguiente planta. El panel era la única luz de la que disponía el ascensor y bajo la que pensar. La verja se cerró ante sus ojos con un chirrido y comenzó la subida al segundo piso.

Sin embargo, el trayecto en ascensor duró poco. Los botones le avisaron de lo que iba a ocurrir, parpadeando antes de apagarse por completo. Una serie de golpes metálicos y chirridos escalofriantes se sucedieron antes de que el suave tambaleo, muestra de movimiento, cesara.

- ¡Mierda! -la pared recibió un puñetazo que no sirvió de mucho, pero que le liberó de algo de tensión.

No tenía ni idea de lo que podría haber pasado, pero si sabía que por mucho que tocase el botón de auxilio, nadie acudiría a solucionar la avería. Buscó una forma de salir del cubículo, tanteando con las manos en la oscuridad. Gracias a su altura, el techo estaba también a su alcance, percatándose de una hendidura en el mismo. De puntillas, empujó como pudo hasta que consiguió abrir una pequeña apertura.

Con esfuerzo, consiguió salir al techo del ascensor. La oscuridad era más espesa por allí, pero algunas piezas de metal que rodeaban la maraña de cables relucían bajo la tenue claridad que se distinguía algo más arriba. Alex siguió con la mirada a uno de los manojos de cables, levantando la cabeza.

Lo que vió, le heló la sangre y le revolvió el estómago. Se tapó la boca y desvió la mirada instantáneamente, pero eso no evitó que aquella imagen quedase grabada en su mente.
Era un cuerpo. Una persona con bata blanca iluminada por la escasa luz que se filtraba por la tela metálica que marcaba el final del túnel. El cuello estaba doblado de tal forma, que la cabeza estaba inclinada hacia un lado y abajo, en posición grotesca. No era el cuerpo el que le inspiró tanto terror. Sino los ojos, claramente blancos y distinguibles que parecían observarle bajo el manto de la muerte; y un leve esbozo de sonrisa que parecía divertirse sabiendo cuan terrorífico era. Se mecía un poco, distinguiéndose claramente el trozo de cuerda que lo sostenía. Evidentemente, se había ahorcado.

Alex recuperó la compostura y respiró hondo. Entre las bocanadas de oxígeno llegó camuflado el terrible hedor a muerte con el que ya se había encontrado en otras ocasiones en su trabajo. Intentó no volver a mirar el cadáver. Su mente te encargaba de repetir la imagen para él.

A todas luces parecía un suicidio. El tipo, que por la bata delataba que había estado en el hospital, había escogido un extraño lugar donde ahorcarse. ¿Habría tenido algo que ver con el abandono del lugar? Lástima que no pudiera responder…

Su instinto fue el que tomó cartas en el asunto a partir de ese pensamiento. Recuperándose milagrosamente, tanteó por el frío muro hasta que se encontró con un resquicio que había dejado la apertura para el ascensor del siguiente piso, a un metro por encima de dónde se había detenido. Su intención entonces, era recuperar el cadáver para sacar sus propias conclusiones. Quizás le ayudase a aclarar algo sobre ese pueblo abandonado que tantos quebraderos de cabeza le estaba dando…

Haciendo uso de toda la fuerza que poseía, empujó las hojas de la puerta metálica hasta dejar suficiente espacio entre ellas para que una persona normal pudiera pasar a través de ellas. La luz parpadeante de una bombilla del techo en movimiento fue la primera en pasar, permitiéndole ver mejor lo que tenía delante. Con un salto, se encaramó al borde y se impulsó hasta tener medio cuerpo fuera.

Y así quedó. Inmóvil mientras la saliva se esfumaba de su boca y el miedo de la incomprensión volvía a apresarle. Figuras femeninas envueltas en harapos le esperaban, escalofriantemente quietas y sin rostro, como maniquíes. Las cofias eran la única prueba en la que podía sostenerse para deducir que parecían enfermeras, aunque estuvieran las ropas de todas de color marrón debido a la suciedad acumulada. Algunas, incluso, estaban ajadas y lucían cortes y arañazos por doquier rodeados de cierta sustancia roja. La bombilla que pendía sobre sus cabezas se movía de un lado a otro jugando con las sombras, insinuando algún movimiento extraño que colaboraba a alborotar más el corazón de Alex.

Despacio, Alex fue el primero en moverse al subir del todo para poder pisar suelo por fin. Se levantó lentamente, intentando no hacer movimientos bruscos, examinando sin poder terminar de creérselo todas aquellas caras sin elementos que las identificasen como tales. Los ojos inexistentes de aquellos maniquíes estaban fijos en él. Lo sentía.

Alex se llevó la mano lentamente hasta el cinto, cogiendo su arma cuyo contacto apaciguó un poco los temblores de sus manos. La sacó poco a poco…

Y la luz parpadeó. Fue sólo un momento en el que se llevó otro susto que volvió a ponerle nervioso. Eso le hizo apartar la vista de las enfermeras para mirar la lámpara de movimiento continuo y en ese despiste, por el rabilo del ojo, percibió que una de las del grupo, apostada contra la pared, se movía. Apuntó hacia ella notando como resbalaba una gota de sudor frío por su frente.

- ¡¿Quiénes sois?! -preguntó con dureza y apuntando con punto firme a la cabeza de una de ellas -. ¡¿Qué sois?!

La respuesta no se hizo esperar, pero no de la forma que él imaginó. Todas a una, de forma abrupta, levantaron un poco la cabeza. En las manos de algunas, unos objetos metálicos destellaron: bisturís la mayoría. Con las mismas maneras repentinas, al mismo tiempo, el grupo se fue cerrando con las grandes zancadas de las componentes, acercándose a él en tenebrosa procesión. Presa del pánico, toda la seguridad de Alex bajó en picado, bajando el arma y buscando una forma de escapar a todos aquellos brazos que, al unísono y enarbolando sus escalpelos, se levantaron sobre su cabeza.

Se arrojó de nuevo al interior del hueco del ascensor a toda prisa, esperando que el poco espacio que había para pasar las detuviera.

Mas no lo hizo. Se agolparon entre ellas para poder traspasar la apertura y darle alcance, chocando algunas contra la pared levantaron sonoros golpes. Una de ellas consiguió pasar el brazo y dibujó un par de tajos en el aire con su bisturí. Pensó alguna forma de detenerlas, pero no se le ocurría otra que eliminarlas o esconderse. No tenía balas suficientes para todas ellas, y cada vez luchaban con más desesperación sin perder la coordinación por abrirse paso hasta él. No serviría de nada esconderse…

No obstante, se le ocurrió una idea cuando su espalda chocó contra el cableado que cubría la pared del fondo. Sin perderlas de vista, no perdió más tiempo, y tras afianzarse con un par de tirones, comenzó a escalar por los cables hasta el siguiente piso…

Actu: el porqué de mi ausencia...

sábado, 13 de diciembre de 2008

Muy buenas a tod@s.

Quiero suponer que algunos habreis notado mi falta. Así que debo disculparme (¿cuantas disculpas llevo ya?) por mi ausencia en este tiempo. Estoy en medio de la evaluación de este curso, y esta siendo bastante agobiante... No he podido sacar tiempo para escribir, ni para jugar, ni para nada...

Además, las cosas en cuato a mi vida personal parecen no mejorar... Cierto es que la timidez es ya sólo un vago recuerdo, que me "lanzo" de vez en cuando y tal, pero... Sigue sin haber un sitio en la sociedad para mi... Curioso, porque tenía la idea de que si no lo buscaba, vendría a mí. Pero ese método tampoco funciona...

Los días pasan, a cada cual más asqueroso. Y la única forma que tengo de evadirme, no es ya soñar despierta. Todos esos sueños se esconden de mí al igual que hace el resto del mundo. Y lo peor es que no sé porqué...

Esta semana ha sido muy rara, mas no tanto como me siento yo últimamente. Vuelvo a estar cmo en un principio: no tengo ilusiones, porque todas quedan lejanas. No tengo metas, porque DEBO quitarmelas de la cabeza... Ya no me quedan formas para evadirme de este mundo que está cada día más en mi contra...

A veces tengo ligeros momentos de lucidez. Una Veran fugaz, un fantasma de hace unos años, que cruza mi mente como una exhalación y controla mis dedos. Esa Veran demanda a gritos que expulse de su casa toda esa porquería que a lo largo de tres años se ha ido acumulando, para poder volver a instalarse y volver a vivir como antes.

El problema es que ya no recuerdo como era esa antigua vida... Sólo retazos, pesadillas en vida. Perros y putas acicalados cuyas lenguas, por detrás y por delante, aguijoneaban la piel hasta envenenar el corazón. Risas por todos lados, burlonas, de las que aún me cuesta librarme. Amistades que no se acercaban porque sus problemas eran más importantes que los de nadie...

La oportunidad que me di para escaparme de todo aquello empeoró más las cosas. No quiero volver a la situación de atrás, pero si quiero volver a la Veran de tiempos anteriores...

La que, casi sin voz, se plantó ante la profesora de inglés y le habló de su obra. La que se echó a llorar de alegría cuando aceptaron corregirselo. La que día trás día, era capaz de enfrentarse a todos esos hijos de perra con una sonrisa porque su trabajo, por fin, era reconocido y admirado. Porque no era ella quien hacía las cosas mal, y se había dado cuenta.

Esos años no se perdieron. Quiero pensar que recuperar a esa chica será un hecho que pronto sucedera. Estoy a las puertas... ¡no quiero abandonar!

Pero no puedo hacer otra cosa... Porque no es algo que sólo dependa de mi... Y un mundo totalmente podrido por dentro no moverá un sólo dedo... Haga lo que haga, y sienta yo lo que sienta. Es algo que debo quitarme de la cabeza...

Al mundo no tengo que agradecerle nada. En todo caso, aunque sea imposible agradecerle todo lo que ha hecho por mí de la misma forma, se lo debo todo a esa única persona, maravillosa, que ha sido capaz de aguantar a mi lado mientras cruzaba estos momentos... El único que realmente ha hecho algo.

Mas divago; el estudio me ha afectado más de la cuenta. Espero poder tener tiempo este fin de semana para escribir, aunque sea un simple parrafo, y tengais algo que leer pronto...

Saludos.