"En la tarde de ayer dos jóvenes menores de edad desaparecieron cuando regresaban a sus respectivos hogares después de unas actividades extraescolares. La policía aún no ha encontrado ninguna pista que pueda ayudar a descubrir su paradero..."
Apagué el televisor con el mando a distancia tirandolo después en el sofá, sin prestar atención a la noticia. En una mano sostenía un par de folios que leía con más interés. Era otra misión. Otro exorcismo. Era un informe de unos sucesos acaecidos en un antiguo cine abandonado que se resumían en ruidos extraños y la visión de extrañas sombras en las ventanas. Seguramente sería algun sintecho que se habría cobijado allí, pero a la Orden le gustaba movilizar a sus componentes por la cosa más ínfima. Dando un prolongado suspiro de cansancio, dejé los folios sobre la mesilla de cristal del pequeño salón de la casa, me puse el abrigo y salí a la calle. El termómetro digital que había en la esquina marcaba cinco grados y eran las 14:35. Abrochandome bien el abrigo, me coloqué las gafas de sol y caminé calle abajo.
Estabamos a mediados de diciembre, y en aquellas fechas era normal que las calles y avenidas estuvieran hasta rebosar de gente que acudía a los grandes almacenes a que les sacarán el dinero a destajo a la hora de conseguir los regalos navideños.
Conseguí pasar desapercibida entre la multitud, adentrandome en el centro de la ciudad hasta llegar al corazón de la misma: una plaza gigantesca, por donde los vehículos tenían prohibido el paso, y donde entre edificios que se estrellan contra el límite de lo ridiculamente moderno se mezclaban algunos elementos arquitectónicos con más historia: la estatua ecuestre que coronaba la plaza, el gran reloj...
Me colé en una de las 6 calles que brotaban de la plaza central y trás recorrer no más de cinco o seis metros, me detuve y levanté la vista ante un edificio cochambroso y a punto de derrumbarse, que se alzaba ahogado entre el resto de grandes edificos de importantes marcas.
La pintura rosa pastel del inmueble se había ido callendo poco a poco junto a los esconchones de la fachada. El porche y las ventanas estaban sellados con verjas de barrotes terminados en punta y negros. Aunque algunas letras se habían caido, aún podía leerse el nombre del lugar: "Cine Cátedra".
Me acerqué a la verja para intentar vislumbrar algo de su interior, esquivando la basura acumulada en su derredor.
Dentro del porche, se podía ver un par de puertas cerradas con sendas cadenas y candados. No había nada más si dejamos a un lado la basura, un cartón y unos cuantos harapos, posiblemente de algún sin techo que se había refugiado allí intentando escabullirse del frío invernal.
Examiné todo atentamente. No veía ningún hueco por dónde colarme. La distancia entre los barrotes era demasiado estrecha. No se veía ninguna ventana cerca, todas estaban por encima del primer piso. ¿Cómo habría entrado el vagabundo entonces?
- Señorita... -me llamó una voz quejumbrosa y en tono bajo.
Giré la cabeza a un lado. Un anciano de barbas y cejas pobladas y blancas, con boina y pobremente vestido, encorvado, se había situado a mi lado y me mostró la palma de la mano.
- ¿Puede darme algo? Llevo aquí desde...
- ¿Vive aquí?¿En este cine? -le corté bruscamente, volvíendome hacia él.
- Si, no tengo otro sitio al que ir. ¿Podría...?
- ¿Lleva mucho tiempo en él? -señalé con un movimiento de cabeza el cine, interrumpiendole de nuevo -¿Ha visto u oído algo extraño en el interior?
El anciano se calló y retiró la mano rápidamente, escondiendola bajo un sucio poncho que llevaba encima, desteñido. Me miró fijamente, boquiabierto. Parecía asustado y confuso.
- ¿Qué sabe de los ruidos? Pensaba que eran imaginaciones mías...
- Me da usted a entender que si ha escuchado los ruidos. ¿Cuanto tiempo lleva oyendolos?
- Cuando llegué aquí, hara dos meses ya se escuchaban. Pero...
- ¿Ha visto si alguien ha entrado al edificio entonces? Alguien o algo que pudiera ocasionar esos fenómenos.
- Señorita, yo... -el hombre tosió violentamente, bajando la cabeza y cubriendose la boca con la mano. Esperé con paciencia a que terminara -. Yo no he visto nada...
- Tenga -metí la mano en el bolsillo de mis vaqueros y saqué un par de euros. Se los dí -No es mi estilo comprar la información, pero si me puede contar más detalladamente lo que ocurre aquí, le daré más. Le doy mi palabra.
El hombre sonrió al coger las monedas, enseñandome su dentadura ennegrecida y estropeada y me miró a los ojos, humedeciendo los suyos.
- ¿Y bien?
- Gracias, señorita. ¿Qué quiere que le cuente?
- Cúando, cómo y por dónde entró aquí y que es lo que escucha y lo que ve fuera de lo normal, por favor.
El anciano asintió.
- Llegué al cine hace dos meses. Me echaron del lugar dónde dormía antes y no tenía otro sitio. Tuve que gatear por allí -me señaló un rincón de la estructura, donde un trozo de pared sobresalía adelantandose a la verja -Cuando quiero entrar y salir tengo que ir por ahí. Y en cuanto a los ruidos, son golpes y algunas noches incluso llantos. Voces que piden ayuda.
- ¿Ha llegado a ver alguna sombra en el interior?
El vagabundo negó con la cabeza. Le entregué 5 euros.
- Tenga. Vaya a comprarse algo de comer. Le agradezco su ayuda.
- Gracias a usted, señorita, a usted -Me miró con devoción -Es usted un ángel...
Dí un respingo al escuchar su última palabra. "Ángel". Bajé la cabeza. No me gustaban las casualidades...
- Hagame un favor -le dijé en voz queda, dslizandome las gafas con un dedo sobre el peunte de la nariz para ocultar aún más si cabe mis ojos -. Esta noche mantengase alejado de este lugar. Va a ocurrir algo -al anciano le cambió la cara por completo. Sus facciones se arrugaron aún más en un gesto de terror -. Y estará más seguro si permanece ajeno totalmente a esto. Busquese otro lugar antes de la media noche.
Metí mis manos en los bolsillos de los vaqueros, mirandole de reojo trás las gafas de sol. El anciano miró boquiabierto los mangos de las cuchillas que relucían en mis bolsillos. Las oculté rapidamente cerrando el abrigo.
- ¿Quién es usted...? -murmuró temblando.
- ¡Pero si usted lo dijo antes! -sonreí con malicia -Solo soy...un "ángel".
Me dí la vuelta y me mezclé de nuevo entre el gentío, perdiendome de su vista. Mi primer contacto con el objetivo había sido bastante más fructuoso de lo que me esperaba. A media noche el "Ángel negro" volvería a la acción una vez más...
Crónicas del caos - Veran - Misión 1826H parte 1
pensado, currado y escrito por Veran Rose en 15:19 2 comentarios
Categoría: Crónicas del caos
Cronicas del caos - Veran -Capitulo 1
Eran las tres y cuarto de la madrugada. Y los ruidos volvieron a producirse.
De nuevo, Pablo se despertó por culpa de aquellos malditos alaridos lastimeros que casi parecían demoníacos.
Somnoliento, se levantó de la cama y acudió a cerrar el cristal de la ventana como las otras noches. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces le había estropeado el sueño aquellos infernales rugidos y había repetido aquella fastidiosa operación: levántate, cierra la persiana del todo y la ventana, y de vuelta a la cama, a ver si recuperas el sueño, cosa que normalmente no ocurría.
Aquella vez, fue la excepción. Como un robot sin voluntad propia, comenzó a echar la persiana cuando vislumbró algo en la calle. Una farola parpadeante había iluminado por un momento una figura esbozada que se colaba en la iglesia de enfrente, de dónde provenían los ruidos.
- ¿Estás despierta? -le preguntó a la mujer que dormía en su cama como si nada ocurriese -. Acaba de entrar una sombra en la iglesia…
- Será el cura… ¡Deja ya esa estúpida manía de mirar por la cama y vuelve a dormir! -le recomendó sin girarse.
- ¿A estás horas? Si son las tres de la mañana…
- ¡Pues será algún mendigo! ¿Quieres dormirte de una vez?
El hombre acató la regañina de su esposa y, ignorando lo que acababa de observar, cerró la persiana y la ventana antes de volverse a la cama.
* * *
La silueta se deslizó silenciosa, segura de no haber sido vista, en el interior del oscuro templo. A pesar de su forma humanoide, nada más entrar, dio un salto que la elevó hasta los tablones de madera que sustentaban la bóveda que recubría la santa estructura. Allí quedó , en cuclillas, confundiéndose con el juego de luces y sombras que las vidrieras, de caprichosos colores e imágenes de santos, proyectaban. Los lamentos acallaron.
Allí aguardé apenas un par de minutos sin que ocurriera nada. La primera señal se presentó, he de admitirlo, antes de lo que esperaba.
Fueron unos crujidos casi imperceptibles bajo las suelas de mis deportivas. Unos crujidos que enseguida me hicieron temer lo peor: el tablón que me sustentaba se quejaba por el peso de una segunda persona. El problema era que allí, de forma visible, no había nadie más.
Salté al siguiente madero, a un metro de distancia, que se combó un poco por el impacto pero aguantó bien. El problema es que el ser invisible me siguió, dejando caer el anterior tablón, produciendo un fuerte golpe al partirse contra el suelo.
Salté de inmediato al siguiente tablón; y al próximo; y así sucesivamente hasta llegar casi al altar, donde los tablones terminaban justo antes de chocarse con una imponente figura de un cristo crucificado cuya cabeza terminaba al comienzo de la cúpula. La persecución había aumentado un poco el ritmo, mas aún no tenía pensado lanzarme al enfrentamiento frente a frente. Mi sangre aún estaba demasiado tranquila, acostumbrada a ese tipo de “chiquilladas”.
Con el mismo esfuerzo con el que subí hasta esa altura, osease: ninguno, me dejé caer al suelo de la iglesia, apartándome rápidamente rodando sobre mi misma hasta esconderme bajo la mesa del altar. Décimas de segundo después, como si todas se hubieran puesto de acuerdo, todas las vigas del techo cedieron y se precipitaron contra el suelo levantando una lluvia de esquirlas y trozos de madera, además del sonoro estrépito.
Nada. Seguía sin sentir la excitación del momento.
Salí de mi escondite a gatas, incorporándome de un salto bajo los pies de la figura de Jesucristo y observé a mi alrededor ajustándome las gafas de sol sobre el puente de la nariz con un dedo. Aunque el gesto no tuviera nada que ver, mi visión cambió: todos los objetos que veía estaban rodeados de colores de tonalidades tristes, la gran mayoría de ellos, translúcidas y muy parecidas entre sí. Todo muy normal.
Lo que rompía la quietud visual era aquella aura color manzana más opaca y que envolvía un cuerpo humano totalmente invisible. Mi perseguidor y víctima.
Como una exhalación, se lanzó hacia mí. Le esquivé rotando el cuerpo y dejando que se estampase contra la gigantesca escultura. Con un repiqueteo algunos trozos diminutos de mármol me llovieron sobre la cabeza, advirtiéndome de lo que iba a pasar a continuación. Salté rápidamente por encima del altar a la par que la figura comenzaba su descenso por el peso. A mí si me dio tiempo a apartarme. Al “fantasma”, no.
Cristo se dio un cabezazo contra la mesa del altar, que frenó su caída. Me rendí. Por mucho juego que intentase darle al exorcismo, aquel monstruo del tres al cuarto ni siquiera se esforzaba por atacarme en condiciones o ponerme en algún aprieto. ¿Cómo iba a animar mi rutina así?
Como el fantasma que era, el peso de la estatua no le afectó demasiado. Pero poco importaba ya. Viendo su aura recomponerse, pasé a la acción. Con dos rápidas zancadas salvé la distancia que nos separaba, saltando y girando en el aire. Saqué las cuchillas de los bolsillos del abrigo, rozando con ellas al ente y cayendo de pie tras él, empuñando mis armas en condiciones.
No hizo falta otro envite. El aura se encogió y resquebrajo como si la hubieran partido por la mitad. ¿En serio me habían mandado a mí a eliminar aquello? ¿Dónde demonios pensaban que tenía mi nivel?
Con el orgullo herido, dejé a la criatura retorcerse de dolor, guardando mis cuchillas. Pasé por su lado, perdiéndome en mis propios pensamientos y alejando todo interés que en un principio había intentado tener en él.
Sin prisas, mis pisadas hicieron eco esquivando los escombros de madera, dirigiéndome hacia la salida.
Los alaridos regresaron. Entonces caí en la cuenta. ¿Si realmente le había dañado con mis cuchillas, como es que no se había quejado en ese momento y sí ahora? Unos pasos apresurados a mis espaldas consiguieron que volviera a ponerme en guardia.
Me giré rápidamente, reluciendo el acero de mis armas que volvía a empuñar a tiempo de ver saltar sobre mí el aura, que de un verde manzana, había enrojecido hasta el color bermellón.
Se detuvo en mitad del aire. Percibía su pesada respiración removiéndome el mechón de pelo negro que me caía sobre la frente y su apestoso aliento en mi cara. La hoja de una de mis cuchillas, a simple vista, se había vuelto invisible, clavada en la criatura. Con una convulsión, exhaló su último aliento antes de volver a retorcerse su aura e ir palideciendo hasta desaparecer completamente. Otro aburrido exorcismo con éxito.
Salí de la iglesia, recibiéndome el aire embriagador de la noche y una parpadeante farola que me espiaba con curiosidad. Irritada, apreté los dientes y el cristal explotó como por arte de magia, sumiendo la calle en total oscuridad.
En ese ambiente nocturno, oscuro y solitario emprendí mi regreso a casa.
Si por casualidad te asomas a la ventana y ves una sombra dando saltos ingrávidos y que a su paso las bombillas de las farolas explotan, ya sabes que soy yo.
pensado, currado y escrito por Veran Rose en 22:45 2 comentarios
Categoría: Crónicas del caos

