Crónicas del Caos - Misión: Secuestrar a la chica equivocada

martes 10 de noviembre de 2009

Caminaba por la calle, sin molestar a nadie, sin hablar con nadie. Simplemente paseaba de vuelta a casa, cuando escuché una portezuela abrirse, unos pasos acercándose tras de mi a la carrera y mi vista se ennegreció. El polvo que había en el interior del saco se me coló por la nariz con cierto regustillo a ácaros, y antes de que me diera cuenta, me alzaron y me metieron en un vehículo que daba unos bandazos increíbles.

Me cuesta decirlo, pero he de hacerlo: me pillaron por sorpresa. Me distraje. ¿Quién me iba a decir a mi que unos tipos tratarían de secuestrarme después de pasar una semana entera de exorcismo en exorcismo?

Pues ahí estaba. Calculé que habían transcurrido media hora de viaje movido. Nadie habló, pero alcancé a oír, ahogados por la tela del saco, las respiraciones de dos individuos. Me habían dejado tumbada en el asiento trasero, sin ataduras ni nada. Me resultó extraño: con lo rápido que me habían cogido y lo descuidados que eran… ¿Qué clase de secuestrador dejaría a su víctima con las manos libres?

Sentí curiosidad, y decidí dejarles actuar un rato. No me moví ni proferí un solo ruido, encogiéndome en el asiento y fingiendo que temblaba. No fue fácil, puesto que al pensar en mi plan, se me hacía difícil no reírme.

Se detuvieron con un violento frenazo que, y esto sin fingirlo, me lanzó hacía delante por medio de la inercia y casi me caí del asiento. De nuevo, las manos sudorosas, fuertes y encalladas de uno de los secuestradores me cogieron y tiraron de las mías para sacarme del vehículo. Permití que se creyera que me había inmovilizado las manos y me dejé llevar, caminando torpemente.

Mis sentidos estaban bien alerta: escuchaba la gravilla, y luego la tierra seca bajo mis zapatillas de deporte. Una suave brisa consiguió traspasar los poros de la tela del saco, trayendo consigo el olor a hierba, y oí a los árboles estremecerse.

Todo ello se cortó en cuanto me introdujeron bajo techo. A empujones, el que me llevaba me guió por las estancias hasta donde quiso. Me obligó a sentarme en una silla incómoda y dura, atándome las manos y los pies por fin. En medio de su tarea, alguien más entró en la sala y se dirigió a él produciendo un chasquido, como el de un mechero, y me alcanzó el apestoso humo del tabaco.

- Si la grabamos así, no se creerán que es ella. Déjala con el rostro al descubierto –era una voz tosca y algo ronca, propia de un fumador empedernido.

- Pero nos podría reconocer –era el tipo que se había ensuciado las manos con el trabajo. Su voz era algo más chillona, con cierto timbre afeminado, seguramente producida por el nerviosismo.

- ¡Olvídate de eso ahora! ¿Quieres que pague, o no?

No hubo respuesta por parte del secuaz pero obedeció deslizándome el saco hasta quitármelo del todo.

Ahora podía verlo todo: estaba en una viejo cuchitril con el suelo hecho con láminas de madera carcomida, con polvo revoloteando por todos lados y vete a saber cuántos bichos más. Había un par de ventanas, la única fuente de luz, cerradas con persianas medio deshechas.

También podía ver a los dos secuestradores: el cabecilla era corpulento e iba con un viejo chándal descolorido. Lucía una barba de tres días y entradas en el cabello castaño. Estaba apoyado contra el dintel de la puerta, llenándolo todo de humo.

Luego me fije en el “lacayo”. Era enclenque, pero al contrario que él, aparentaba algo más de clase: traje, barba recién recortada y pelo recortado estrictamente. Despedía el aroma de alguna colonia de hombre cara, y sus manos eran lo único en desacorde con el resto: las manos curtidas de un trabajador.

Los dos se me habían quedado mirando en silencio, con los ojos como platos. Fingí sorprenderme, fingí estar asustada, pero no debí de hacerlo muy bien, porque el único comentario que el barbas dijo fue:

- ¡¿Qué has hecho?! ¡Te has equivocado de chica!

- ¡¡Pero me dijiste que era ella!! –objetó el segundón incorporándose y mirando a su jefe.

- ¡Tu deberías conocerla mejor que yo! ¿No eres su tio?

- ¿Y ahora qué hacemos? ¿La dejamos marchar?

Los dos se volvieron por fin hacia mí. Me sentí algo cohibida al recibir de pronto tanta atención…

- Nos ha visto –dijo el barbas en tono funesto –No podemos dejarla ir…

- ¿No pensarás…?

- ¿…Matarme? –terminé la frase del socio.

Los dos me miraron con los ojos como platos. Ya no me gustaba aquel juego. Por un momento llegué a pensar que se trataban de enviados de alguna organización enemiga con la misión de exterminarme. Gente fuerte, seminmortales de gran capacidad contra los que podría tener un combate justo. Pero aquello era bien distinto. ¿Para que seguir con la farsa? Suspiré ante sus caras de asombro.

- Si pudieras, me alegrarías el día –le dije al Barbas.

- Yo en tu lugar estaría asustada –me reprendió el fumador. Su compañero se apartó de mi como quién ve a un fantasma, cayendo al suelo con el trasero -. No estamos jugando, niña.

- Lástima, porque yo si…

Sonreí con malicia y, al unísono, una de las ventanas estalló. Los cristales se esparcieron por la habitación, obligando a los dos secuestradores a cubrirse y perderme de vista durante un momento. Instante más que suficiente para que una de las esquirlas flotara hasta mi y cortaran las cuerdas que me maniataban.

Me incorporé y me froté las muñecas. La marca de las ataduras se desvaneció y mi circulación volvió a fluir con normalidad.

Hubo un disparo, y una bala pasó junto a mi cara sin rozarme. Al alzar la vista, contemplé el arma con la que el barbas me encañonaba. Menudo idiota…

- Siéntate… -ordenó separando cada sílaba.

- ¿Puedo tomarme esto como un desafío? –ladeé la cabeza, inquisitiva.

- ¡He dicho que te sientes!

Dejó la frase entre cortada. Me moví rápido, demasiado para él, y antes de comenzar la tercera palabra, ya me tenía a su lado. Le golpeé el costado con la palma de la mano abierta, y el tipo salió disparado hacia un lado, dejando caer el arma al suelo. Alcé la cabeza con una sonrisa prepotente. Quizás no fueran rivales dignos, pero me ayudarían a pasar el rato…

Por el rabillo del ojo, percibí un movimiento por parte del compañero que no me gustó. Los muy idiotas ni me habían cacheado, así que solo tuvo que sacar una de mis cuchillas para detener la bala que acababa de disparar el del traje. El otro tipo aprovechó para lanzarse en plancha, recogiendo su pistola y disparándome. Me dio tiempo a sacar mi otra cuchilla y detener el proyectil igual que hice con el anterior.

Ahora tenía a los dos armados, algo acobardados con los ojos clavados en mis armas. Que se defendieran, si. Cuánto más lucharan, mejor me sentiría con la pelea.

- ¡¿Quién demonios eres?!

Me reí ante su pregunta. Fueron dos carcajadas secas, con los ojos casi desorbitados por la emoción y dejando caer los brazos, casi flácidos, lista para empezar con el baile.

- La chica equivocada –respondí con mi sonrisa despiadada que anticipaba la desgracia-, la chica equivocada…


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Nota: para los que os pregunteis que pasó con la misión de "Familia Unida", os aviso de que con el formateo no consigo encontrar los capitulos que terminé. Sin embargo, en cuanto tenga algo de tiempo, si hace falta los reescribiré y colgaré. Mis disculpas.

Pensamientos...

miércoles 28 de octubre de 2009

Sé que hace mucho que no escribo, ni actualizo... Y os pido perdón por ello. No es la primera vez, pero se me subió el santo al cielo. La inspiración fue la que se subió allí y me dejó atrás, la muy cabrona. Pero bueno... traigo grandes noticias: he conseguido entrar en Derecho (aunque en realidad es Derecho+direccion de empresas, cosa que no me sirve para nada, pero mejor entrar ahora que con Bolonia vigente...) y, si alguno de los que leeis vais a las Fived de este fin de semana, nos encontraremos allí.


Como disculpa, os dejo con un minirelato que hice como ejercicio para recuperar mi inspiración y mantener mi estilo narrativo. Criticad si queréis, comentad siempre.

Y como última nota: estoy enganchada a Curso del 63. Si alguien más lo ve, espero que disfrute tanto como yo viendo sufrir canis y cambiando sus caras por la de sus viejos compañeros de clase. Un saludo a vosotros, queridos lectores. Gracias por vuestra paciencia y comprensión.

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El balanceo de su brazo era rítmico, hipnotizante. Levantaba un leve murmullo, como el tic-tac de un reloj a cada segundo.

¡Dios! ¡Como le gustaba ese gato dorado de los chinos!

Se lo habían regalado. Había sido una sorpresa. Era el primer regalo que no se esperaba. De verdad.

Aunque si lo pensaba bien, y echando un vistazo a su escritorio, todo lo que tenía menos su ordenador eran regalos suyos: el pato de peluche; las dos flores envueltas en plástico; las dos miniaturas de conejitos protagonistas de uno de sus juegos favoritos; un disco duro externo; libros…

Y si echaba la vista hacia la estantería que tenía detrás, llena de libros de consulta, encontraría otros tantos. Y todos con su propio significado.

Ahora que lo pensaba bien, se daba cuenta de que solo esos regalos tenían sentido para ella. Es decir, no pensemos mal; ya había recibido regalos antes, y en cierto modo les tenía cariño, pero… aquellos tenían un significado especial. Un significado sentimental que no podrían llegar ni siquiera a aspirar el resto… ¡Que se pudran de envidia!

Daba igual a donde mirase. Fuera donde fuera, había uno de esos objetos, sagrados para ella y con un trasfondo único.

Por eso cerraba los ojos. Por eso quería irse a la cama. Para no verlos y seguir atormentándose.

Quedaban prácticamente todos los días de la semana. Todas las noches, después de pasar una tarde aburrida y sin nada más que hacer que ver series descargadas de televisión, leer o simplemente jugar a la videoconsola, iba a recogerle al trabajo. El plan no solía variar demasiado: daban una vuelta, cenaban y jugaban a la consola juntos, o veían alguna serie juntos. Y para ambos, aquel era un plan perfecto del que nunca se cansaban. Nunca se convertía en pesada rutina.

Y para un día que no pueden quedar, para ella es como un mazazo en pleno pecho. No quiere admitirlo, intenta olvidarlo, pero algo le reconcome por dentro. Llevaba días así, con su mente perversa y traicionera jugándole malas pasadas en cuanto la dejaba libre. Veía los detalles, pero hasta que no se separaban, no se daba cuenta de cuanto la disgustaban. Recordó que desde el lunes, ni uno ni otro mencionó la oportunidad de jugar un rato, como solían hacer cuando podían. Últimamente, ella se había soltado; se había atrevido a ir más allá. Y cuando se vio sola delante del ordenador y su gato de los chinos como única compañía, se lo replanteó todo. Quizás había ido demasiado rápido. Quizás no le gustara a él su nueva actitud. Quizás empezaba a afearse ante sus ojos… a perder el poco atractivo que tenía, o que él le hizo ver que tenía.

Llegó a pensar que incluso era posible, una mínima posibilidad, que su mente tuviera razón. No estaba comparándole con ningún ex. Era solo que, con el paso del tiempo y sus amargas experiencias, había aprendido que cuando parecía estar bien con una persona, tenía que llegar alguna zorra para arrebatárselo sin ningún impedimento ni pudor.

Pero ese era el quizás más quizás que pueda haber en el mundo de los quizás.

Se obligó a si misma a pensar. Se obligó a si misma a poner esa mentalidad en orden y obligarla a pensar como tenía que pensar la criminóloga que quería ser. Analizar las cosas. Creer ciegamente en las pruebas. No especular.

Lo primero que hizo, fue borrar ese “quizás” tan grande del engaño. La forma en la que habían empezado, la forma de la que habían continuado su relación era tan poco convencional que directamente era imposible que llegara a ocurrir. Ni siquiera existía el famoso 0.001%. Era un 0.000% total.

Luego estaba el tema de los estudios. Todo el mundo estaba orgulloso de ella. Todos la felicitaban, incluso gente con la que apenas hablaba –aunque no se hablaba con nadie -. Su padre, como de costumbre, dejó de hacerle ascos e intentaba subirse al carro de su éxito después de amargarle la existencia. Eso era algo que, evidentemente, no se lo iba a permitir, y le obviaba igual que llevaba haciendo desde que tenía uso de razón.

Sabía la teoría. Sabía que tenía que sentirse orgullosa de si misma, satisfecha por haber conseguido entrar, después de un duro y largo camino lleno de obstáculos, en la facultad. Pero no se sentía bien. Para nada bien.

Le gustaban las clases. Iba con entusiasmo, ya fueran las ocho de la mañana como las diez. Atendía, tomaba apuntes a gran velocidad e intentaba abrirse paso. Pero se sentía mal. Se sentía defraudada. Frustrada.

Era como si en realidad, hubiera cumplido el sueño de otra persona y no el suyo propio.

¿Cuál era su sueño de estudiante universitaria? Hacer amigos no era, evidentemente. Por más que trataba de evitarlo, seguía odiando a las personas. Seguía sin fiarse de ellas y seguía imponiendo un muro ante ella y el resto del mundo. No. No era hacer amigos.

¿Labrarse un futuro? Empezaba a dudarlo. Había tenido sueños de futuro, pero… ciertamente, se preguntaba si su presente fuera el preludio de esos sueños.

Como la protagonista de una fábula, veía como el resto del mundo estaba contento. Muy contento. ¡Rebosante de alegría! Y veía ahora como estaba sola, sin que nadie quisiera escuchar lo que le había ocurrido en clase o lo que había hecho…

Su hermano estaba enganchado al juego online de su ordenador dieciséis horas al día. Su hermano pequeño no lo entendería. Su padre no existía, hacía años que habían dejado de hablarse para evitar muertes innecesarias. Y su madre se limitaba a vivir una vida de Barbie, orgullosa por la situación de su hija pero demasiado ocupada escuchando su propia mente para escucharla.

Y luego estaba él. También demasiado ocupado. Demasiado cansado para escucharla. Por las tardes, después de una dura mañana de trabajo, dormia la siesta y no podían hablar mucho. Por la tarde, se presentaban problemas más serios que requerían su atención y el trabajo le extenuaba. Así que tampoco iba a agobiarle. De todas formas, las veces que intentaba comentarle sus dificultades para con la sociedad, él se molestaba. Estaba cansado ya de ayudarla. Ella misma veía que estaba agotado de su estupidez.

Así que, sin ayuda, sin más palabras agradables que un “Su vaso de leche calentita, su majestad” con cierto tintineo irónico, prepara su cartera sin mirar nada más a su alrededor y empieza a forrar su mente y toda su alma con la primera concha que encuentra.

“Sé tu misma”. ¿No era eso lo que él le aconsejó cuando hablaron del tema? Pues sería ella misma. La antisocial que se había labrado a lo largo de los años en aquel sucio colegio de monjas, sobreviviendo a los crueles ataques de unos niños mimados pendientes de la tele, las modas, que fingían ser mayores antes de tiempo y que no la dejaban en paz. Al día siguiente se llevaría alguna consola portátil, lo que fuera antes que entablar conversación con alguien que terminará haciéndole daño, y no se movería de clase hasta que no llegase la hora de salir. Aunque su trasero luego quedé resentido, como le estaba pasando. Aunque su dedo índice estuviera hinchado y su mano llena de granitos, señales de una reacción alérgica que ni ella misma sabía de dónde venía.

Sería ella misma. La antisocial para la que todas las tías eran unas zorras, y los tios solo servían para matar el tiempo, para que intentaran ganarla en algún videojuego, sin éxito.

Sintió miedo, y con ansia miró el reloj. Las once y media. La hora perfecta para irse a la cama, hacerse una bola entre las mantas calentitas con la música de su mp3 a todo volumen para ensordecerse ante los traicioneros vaivenes de su mente.

De reojo miró la foto que se había sacado junto a él, de las pocas que había en el mundo con la cara de ella. Le deseó buenas noches, como hacía todas las noches. Le extrajo las pilas al gato chino –al que ella bautizó como Jose Luis a su llegada –e intentó dormir.

Pero sabía que tendría pesadillas.

Y si queréis conocerlas, tendréis que esperar al próximo día que ella tenga algo de tiempo y se decida a escribir en su diario.

Por lo demás, que sepáis que sois todos unos cotillas.

Mudanza de blog!

jueves 10 de septiembre de 2009

Ya esta creado el blog oficial del Yay team S.E. (Sociedad de Escritores =D)


Yayteamoficial.blogspot.com

Player vs PJ - Capitulo 2

miércoles 9 de septiembre de 2009

Personalicé a mi personaje (PJ) en un momento. Fue una parte que me gustó, puesto que tenía una gran variedad de opciones entre las que elegir. Sin embargo, al acercar el zoom para poder ver a mi personaje ya terminado, su cara me asusto. No había forma de cambiarla, y tenía una expresión que pugnaba entre la sorpresa y el miedo. Lo achaqué a mi tarjeta gráfica, que quizás era bastante inferior en cuanto a calidad se refiere. Lo dejé estar y entré en el juego tras ponerle un nombre: Mavi.

Había más gente en la entrada, bastantes novatos y recién estrenados como yo. Pronto encontré a un grupo que se ofreció encantada a ayudarme a empezar y a subir de nivel a mi personaje. Los añadí a mi lista de amigos, y enseguida nos unimos a una partida de “Death match”.

Llegamos tarde, por lo que cuando entramos, empezaron a freírnos a tiros. Busqué un lugar donde ponerme a salvo, al igual que hicieron mis compañeros, dispersándonos.

Empecé a detectar fallos del juego durante esta maniobra. Por más que usaba el ratón o las teclas direccionales, mi personaje no se movía. Se quedó quieto, en mitad del fuego cruzado. En un arranqué de frustración, golpeé el teclado con el puño, y entonces conseguí que se moviera. La conduje hasta un grupo de cajas y la metí dentro de una, obligándola a agacharse.

El sonido de los disparos era impecable. Busqué un arma adecuada en mi inventario, decantándome por dos pistolas de diseño futurista, y esperé. Uno de los rivales pasó por delante de la caja donde estaba escondida, sin verme. Era un chico de ropajes rojos. Todos los rivales irían vestidos igual.
Quise dispararle, era la oportunidad perfecta para atacar. Pero de nuevo, mi personaje no quiso moverse. Tanto error no me estaba gustando, y me prometí que en cuanto terminase la partida, echaría un ojo a la configuración para saber que era lo que tanto problema me estaba dando. Recordé como había conseguido mover a mi personaje antes, así que golpeé la tecla de disparo. A la primera, mi personaje disparó, pero se quedó quieto. El enemigo había recibido un tiro por detrás que le había dejado la vida a la mitad, tal y como podía ver en la barra de vida sobre su cabeza, pero no le había matado, y ahora se volvía hacia mi personaje para vengarse. Golpeé y presioné con fuerza la tecla de disparo una y otra vez, pero no conseguía hacerlas funcionar. El rival me estaba apuntando. Era demasiado tarde, y desesperada, dejé caer las dos palmas de las manos sobre el teclado.

Y entonces, mi personaje disparó, añadiéndome una muerte a mi favor al contador.

Me quedé paralizada, en medio de las balas que silbaban a mi alrededor. Podía ver parapetados tras cajas y huecos a los autores del ataque, un grupo de chicos y chicas con trajes muy extraños de color rojo y armas de fuego de muchos calibres. Me quedé sola ante el mar de tiros, sin saber qué hacer y totalmente asustada. ¡Iba a morir allí!

El cuerpo me hizo un ademán como de querer moverse, de querer salir corriendo. Pero estaba paralizada por el terror. Cerré los ojos con fuerza, esperando en cualquier momento el dolor perforante de una bala que encontrase su destino. Sin embargo, mi cuerpo siguió dnado las mismas señales, cada vez con más fuerza e insistencia, hasta que consiguió arrancar sin que yo se lo ordenase. Salí corriendo, casi tropezando con mis propios pies, hacia unas cajas que no quedaban muy lejos.

Mi cuerpo se movía solo. De un salto, me resguardé en el interior de una de las cajas, agachándome. Estaba temblando de pies a cabeza, no entendía nada… ¿Cómo había llegado allí? ¿Cómo saldría viva?

La respuesta a mis preguntas, llegó en forma de dos pistolas que sin saberlo, tenía en las manos. La confusión, el sonido constante de los disparos acercándose cada vez más, me estaba haciendo enloquecer. Miré a todos lados, buscando una salida, alguna forma de escapar.

Antes de encontrar nada, mi cuerpo volvió a moverse. Se incorporó, quedando al descubierto, y descubrí ante mi a uno de los tipos de uniforme rojo. Por suerte, me estaba dando la espalda, y no se había percatado de mi presencia todavía. Mis brazos se levantaron solos y mis pistolas quedaron a la altura de sus omoplatos. Mi siniestro cuerpo quería dispararle. ¡Quería asesinar a ese chico! Intenté resistirme, pero mis dedos tenían más fuerza que mi voluntad. Tras un breve forcejeo conmigo misma, disparé. Vi las balas hundirse en la espalda del joven, que no se inmutó.

Las lágrimas ya brotaban de mis ojos, y en mi mente se acumulaban las acusaciones: había matado a un chico… Había asesinado a alguien…

No tuve tiempo de pensar más. El joven se volvió lentamente hacia mí. Tenía la misma expresión vacía que los chicos que me habían acompañado hasta allí. Bajé un poco la vista, pero no encontré ni herida, ni sangre. Con lo que si me tope, fue con su arma, que me estaba apuntando y estaba dispuesto a disparar.

Si, definitivamente iba a morir allí… Era una idea que terminé por aceptar. Era eso, o asesinar a alguien. Cerré los ojos otra vez, sintiendo mi propio cuerpo independiente. Estaba levantando otra vez los brazos, apuntando al chico a ciegas. No, no quería matarle. ¡No era una asesina!

El chico, no obstante, si lo era. Escuché el repiqueteo metálico del arma a punto de disparar. Y en un acto reflejo, en defensa propia, apreté el gatillo. Al abrir los ojos, vi al chico tirado en el suelo. Mis temblores se redoblaron, mis lágrimas, también. ¿Qué había hecho? Había matado a un joven… Me había convertido en una asesina…

A mis espaldas, escuché un tiro. Me di la vuelta sobresaltada, y me encontré a Lucy, la chica que conocí al llegar, que había dispara a una chica de rojo que se había puesto a mis espaldas sin que me diera cuenta.


- ¿Estás bien, Mavi? –me preguntó -¿Te ha dado?

- ¡Estoy bien! ¡Gracias! –respondí sin que fuera eso lo que quería decirle.

No entendía nada. No podía controlarme. Y ante aquella situación, me abandoné totalmente. Estaba confusa, tenía miedo. Y terminé abandonándome a mi cuerpo. Ya me daba igual seguir viviendo. Aquel era un mundo de pesadilla, y si moría, me libraría de él.

Mi cuerpo no estaba por la labor. Él solo se movía, me llevaba de una punta a otra del escenario y disparaba a todo lo que veía que se movía. Ante mis ojos, y por mis balas, cayeron, uno tras otro, un buen montón de gente de rojo.

De pronto, escuché la misma voz que había anunciado nuestra llegada. Grave, estruendosa, venida de ninguna parte y de todos sitios a la vez, anunciando que nuestro combate había llegado a su fin y habíamos resultado vencedores.

En un visto y no visto, volví a estar de vuelta en la zona en la que empecé, la del pequeño bosque, junto a mis compañeros. Hablaban entre ellos con palabras de entusiasmo, pero sus caras no lo demostraban. Si fueran conscientes del miedo que me daban… Lucy, la chica, se volvió
hacia mi, y con la expresión serena y antinatural de siempre y sin mover la boca, me habló:

- ¡Que combate! ¡Les hemos machacado! ¡Eres muy buena, Mavi! –mi cuerpo se mantenía firme, aunque se me escurrían los lagrimones por la cara y quería encogerme y esconderme lejos, muy lejos -¡Por cierto! Ahora que lo veo. ¡Bonito adorno de cara! -¿se refería a mis lágrimas?

- ¿Qué? –pregunté yo, sin ser yo.

- El adorno que tienes puesto. Son lágrimas falsas. ¿Es un regalo de donación? –intervino Bang-Bang.

- Yo no me he puesto ningún adorno de cara… Qué raro…

- Pues de mi gráfica no es, porque lo vemos todos… -pensó Lucy.

- Chicos –avisó Jhon –, me llaman para comer. ¿Nos vemos luego?

- Yo también tengo que irme a almorzar.

- ¡Y yo! –agregó Lucy.

Los tres se despidieron de mi antes de desaparecer ante mis ojos con un fogonazo.

- Bueno, pues entrenaré sola… -dije a la nada sin pretenderlo.

‹‹Yo no quiero seguir aquí… Quiero salir…›› pensé desesperada sin poder controlar mi cuerpo, que ya empezaba a moverse de nuevo sin mi consentimiento.

El combate terminó rápido. Todos los que participábamos, éramos recién llegados, y tuve suerte con los golpes críticos. La partida terminó en unos minutos, saliendo victorioso mi equipo. Subí un solo nivel, pero bueno, algo era.

Al regresar a la entrada, Lucy, Bang-bang y Jhon se despidieron para ir a comer. Sin equipo, no podía entrar en ninguna partida, así que me puse en marcha para seguir jugando cuanto antes.

Pero en la ventana de mensajes, me llegó un susurro extraño.

Mavi te susurra: Yo no quiero seguir aquí… Quiero salir…

Player vs PJ (Nuevo proyecto)

martes 8 de septiembre de 2009

Internet se había propagado tanto que había llegado a mi propia casa. Mi padre era el más reticente a la hora de aceptarlo, pero entre mi madre, el tipo que vino a explicarnos la oferta, y yo conseguimos convencerle.

En un principio, mis argumentos eran totalmente ciertos: mis estudios me absorbían tanto, que veía a la red de redes como una herramienta de estudio más. No pensaba instalar en mi ordenador ningún programa de chats o descargas p2p, ni siquiera el famoso programa de mensajería instantánea. ¡Qué cerrada era!

Sin embargo, mi perdición, aquello que me hacía diferente, no iba a tardar en presentarse para hacerme cambiar de idea. Mis viajes a través de páginas con ejemplares de exámenes, ejercicios o explicaciones de diferentes asignaturas me llevaron, de eslabón en eslabón, hasta un pequeño anuncio sobre un videojuego “online”. La curiosidad me pudo, y entré en la página web oficial.

Era el videojuego online más extendido en el mundo. La página y sus llamativas fotos, videos e informaciones me convencieron más que cualquier otro argumento. Fue mi primera descarga, y tuve que dejar el ordenador una noche entera encendido para que le diera tiempo. Una noche sin dormir, por los nervios y el traqueteo de la máquina.

A la mañana siguiente, bien temprano, ya estaba delante del monitor y había iniciado la instalación. Conté los minutos, los segundos, hasta que vi aquel bendito mensaje. El último paso, fue crearme una cuenta para poder jugar y entrar en el juego…


Entre ceros y unos, abrí los ojos. A mi alrededor, debajo de mi, incluso yo, todo era electricidad y datos viajando de un sitio a otro sin detenerse ni un milisegundo. Me di cuenta de que era una consciencia perdida en medio de la nada y el todo…

Me di cuenta de que cada vez estaba más alejada de aquellos datos. De que cobraba forma humana y femenina. La piel creció y me envolvió, blanca como la leche. Me pude mirar las manos, pequeñas y delicadas; los pies, el estómago. ¡Un milagro!

Un mechón de pelo se me vino a la cara. Me lo retiré, algo molesta, pero entonces me fijé mejor. ¡Tenía pelo! Una larga melena oscura y lisa. Y cuando retiré la vista, sin saber cómo, estaba vestida con un vestido corto con mangas largas y acampanadas, de color violeta. A mi cabeza, en un pensamiento fugaz inducido, llegó mi nombre: Mavi.

Al volver la vista a mi alrededor, el paisaje había cambiado completamente: los árboles crecieron de la nada;, el suelo se cubrió de hierba y barro; el cielo se generó, azul y limpio.

No estaba sola. Había más gente, variopinta y con modernos vestidos y trajes. Hablaban entre ellos o corrían hasta perderse de vista. Se movían bastante bien por allí, como si conocieran el lugar. Sin embargo, no sabía si debía acercarme, o no. Estaba muy desconcertada ante tanto cambio repentino. Pero mi cuerpo empezó a moverse solo hacia uno de aquellos animados grupos.

- ¡Hola! ¿Hacemos party? –surgió de mi boca si que yo lo ordenase. ¿Qué estaba pasando?

- ¿Acabas de llegar? –me preguntó la única chica que formaba el grupo, vestida con una túnica y un sombrero de pico –Si quieres, te ayudamos a subir nivel.

- ¿Por qué no? ¡Será divertido! ¡Cuanta más gente en el equipo, a más gente venceremos! –exclamó un entusiasmado muchacho calvo y con el pecho descubierto.

- ¿Te importa si te agregamos a nuestra lista de amigos antes de entrar en el juego? –intervino el último chico, un joven con una larga melena rubia y ropas de cuero.

- ¡Claro! –de nuevo hablaba sin quererlo. Se hizo el silencio mientras en mi mente tomaba consciencia repentinamente de que esos tres chicos ahora eran mis amigos: Lucy, Bang-bang y Jhon.

Los tres chicos mantenían siempre la misma expresión en la cara, fría y serena. Cada vez me sentía más asustada, y quería llorar, pero no podía. Lucy, la chica, me tomó de la mano y tiró de mi, echando todos a correr en dirección a los árboles. Con un fogonazo que me cegó, aparecimos en otro lugar muy distinto.


Seguíamos en el exterior. Era de día, el cielo seguía sin una sola nube, pero unas paredes semitransparentes marcaban el final del terreno donde estábamos. Ante nosotros, teníamos un almacén abierto, ante la puerta del cual había varias cajas y mallas metálicas. Frente al mismo, salvado por unas placas de metal, se extendía un pequeño canal de barro y agua estancada que salía de una enorme tubería hasta otra. Me sorprendió que no hubiera olores, pero tampoco tuve tiempo de pararme a pensarlo.

Una voz grave anunció que la batalla había comenzado. Y antes de que me diera cuenta, me hallé en medio de un tiroteo…

Crónicas del Caos - Misión: familia Unida (VI parte)

lunes 29 de junio de 2009

Al recuperarme, la pesadilla no se había desvanecido. Continuaba allí, en forma de habitáculo cubierto por un halo de oscuridad impenetrable, con olor a podredumbre capaz de revolver las entrañas al más pintado y atmósfera de silenciosa asfixia con el constante sonido de un perpetuo goteo horadando la piedra. Me incorporé y me guié a tientas, esperando a que mis ojos se graduaran a la falta de luz por si mismos. La situación se estaba poniendo más que fea, no era cuestión de malgastar caos a la más mínima.

Toqué con asco los esqueletos que colgaban de sus tumbas y nichos, cubiertos por pegajosas telarañas y capas de polvo. Me pareció escuchar las respiraciones y correteos de las ratas, pero no logré distinguir una salida. Estaba atrapada, observación que ya hice al caer.

- ¡Lizbeth! ¡Sé que estás ahí! –la llamé intentando no parecer demasiado desesperada, aunque el pánico me hacía temblar y me escocía en los ojos -.¡Lizbeth!

No hubo respuesta. Ni siquiera sus característicos gritos. Seguramente, el fantasma se había marchado. Había conseguido quitarse un obstáculo de en medio y en ese momento tendría el camino libre para eliminar a Jeremiah. Pateé una de las tumbas que estaba casi rozando el suelo. Un arranque de dolor me hizo estremecer tras el golpe, pero la piedra quedó destrozada. Un haz de luz inundó entonces mis pies. Era la llamada a la salvación, aunque fuera una luz muy tímida y oscilante que se sobreponía a duras penas a las sombras apartándolas a pequeños empujones constantes.

Tragué saliva y repté como una serpiente por el agujero una vez comprobado que no había cadáver dentro.

Me hallé entonces en una gruta gigantesca, con paredes de piedra en las cuales había un par de antorchas encendidas, de donde procedía la luz que me había guiado hasta allí. El corredor era bastante ancho, y se extendía a izquierda y derecha hasta que la oscuridad se lo tragaba. La llama de las antorchas se ondulaban y jugueteaban, como llamándome la atención. El corredor quizás llevase mucho más tiempo construido, ya que desde hacía siglos, el temor a morir enterrado vivo había obligado a la gente a llevar acabo tumbas y métodos especiales para poder escapar si se diera el caso. Sin embargo, que las antorchas estuvieran encendidas… Alguien había tenido que hacerlo. Alguien había tenido que pasar por allí hacía muy poco tiempo.

Cogí una de las antorchas y lo eché a suertes. Salió el camino de la izquierda, así que hacía allí enderecé mis pasos. La cripta pronto quedó atrás y los ecos de mis pisadas eran cada vez mayores, moviéndose al compás de las llamas de otras antorchas dispuestas en el camino a intervalos irregulares. Aunque la sensación de encierro no era la misma que antes, seguía estando allí. Recé a ese supuesto Dios por encontrar la salida y no quedarme encerrada en ese asqueroso sitio…

Ese dios tiene que existir. O algo parecido, porque mis plegarias fueron escuchadas y al doblar un recodo, vi una luz a lo lejos tan fuerte que pese a la distancia llegó a cegarme. La salida. Dejé caer la antorcha y salí corriendo en su dirección. Cuando por fin me vi inundada de dicha luz, me dejé caer de rodillas, exhausta. Todo el cansancio acumulado, todas las sensaciones desagradables, se me vinieron encima de golpe y porrazo. Casi lloré de alegría al haber superado esa prueba de valor.

Pero estaba cantando victoria demasiado rápido.

Aún me encontraba bajo tierra, entre cuatro paredes, aunque la sensación de estrechez y agobio allí no podía existir. El techo estaba tan alto que ni se veía, y las paredes muy distantes entre sí, construidas con sillares de piedra unidos de forma armoniosa. Había una plataforma en el centro de la estancia a la que podía subir mediante dos escaleras que tenía delante. Un montón de lámparas de cristal sustituían a las antorchas y juntos formaban una poderosa luz que no dejaban ni un solo hueco sin cubrir.

Iba a subir a la plataforma, pero a mitad de camino me detuve. Había dos figuras ya allí arriba. Una de ellas estaba tumbada en el suelo, y la blancura de todo su cuerpo y sus ropas destellaba bajo las luces encontraste a la mancha de sangre que emanaba de su cortado cuello expandiéndose por el suelo. La otra figura llevaba una sotana negra y arrastraba una pesada hacha de metal manchada y en la otra mano la cabeza cortada de Lizbeth. Al escuchar mis pasos, la figura que quedaba en pie se dio la vuelta y me vio, esbozando una sonrisa de triunfo y alzando la cabeza como si fuera un trofeo, cogiendola del pelo.

- ¿Dónde te habías metido? ¡Quería demostrarte que no soy tan inútil como te crees!


Me quedé con la boca abierta. No podía creerme que Travis hubiera conseguido hacer frente a un fantasma del calibre de Lizbeth él solo y sin la ayuda de nadie. Terminé de subir las escaleras y me acerqué al cuerpo inerte, examinando su aura. Aún seguía produciendo caos corrupto, por lo que aún estaba “viva”. Saqué una cuchilla y se la clavé en el corazón bajo la atenta mirada del sacerdote.

- ¿A qué vino eso? –me preguntó después de verme sacar de nuevo la cuchilla y la limpiaba en la falda del vestido antes de guardarla de nuevo.


- Podía recuperarse ´-“además intentó matarme enterrándome viva”, añadí aunque sin decirlo en alto. Me fijé en el hacha que llevaba -¿Esa no es el hacha de Ambrose?

- Si –la alzó para que la viera -. Estaba tirada en medio del salón. Uno de los hermanos me atacó y sin saber cómo me desperté allí. Intentó atacarme entonces, vi el hacha y me defendí con ella. Le seguí, me condujo hasta aquí donde desapareció y Lizbeth se enfrentó a mi en su lugar. ¿A que ya no te parezco tan inútil? –me guiñó un ojo.

Suspiré sin decir una palabra, pero sin más remedio que darle la razón mentalmente. Lizbeth me había ganado el asalto, y seguramente si no llega a se por su intervención, habría acabado con mi vida en el momento en el que me dejó caer en la cripta subterránea. Pasé por su lado mascullando un gracias, cruzándome de brazos y buscaba una salida.

- ¿Qué has dicho?

- ¡Que tires esa cabeza, cura! –le espeté. Si no se había enterado de mi agradecimiento era problema suyo.

Travis obedeció, encogiéndose de hombros y santiguándose antes de lanzar la cabeza por encima del hombro. La única salida era el lugar por donde había llegado. Le hice una señal y ambos bajamos y por allí nos dirigimos. Pero antes de poner un pie dentro, caí en la cuenta de algo.

Si Travis le había cortado la cabeza y del cuerpo manaba sangre, ¿cómo es que de la cabeza no? El grito característico de Lizbeth y una risa macabra se abrieron paso al conocer mis sospechas, y tanto Travis como yo nos giramos a tiempo de ver la cabeza rodar hasta pocos metros de nosotros y ponerse derecha en el suelo, mirándonos y sin dejar de reírse. Escuché a Travis tragar saliva.

- Demonio… -susurró.

- ¡No podréis detenernos! ¡Solo servimos para sus experimentos y mientras así sea, nos revivirá una y otra vez!

- ¡Entonces vendré para devolverte al mundo al que perteneces una y otra vez, monstruo! –se adelantó Travis un paso.

- ¡Mientras “el artista” continúe a su merced, su magia seguirá viva y nunca moriremos!


Harta de charla y de enigmáticos galimatías, pasé junto a Travis y cogí a la cabeza de Lizbeth del pelo para mirarle a los ojos a la misma altura.

- ¡Eh! ¡Ten cuidado! ¡Me estás tirando del pelo!

La acallé bruscamente clavándole la cuchilla de la mano libre en la frente. Dio un agudo grito antes de dejar los ojos en blanco. El caos corrupto ya no regaba su cerebro, mis armas lo había absorbido, por lo que ya solo quedaban dos hermanos: Bethany y Aaron. Tiré la cabeza por ahí y regresé junto a Travis, que no dejaba de santiguarse mirándome horrorizado.

- ¿Cómo puedes tener la sangre tan fría?

- ¿No decías que eras el mejor de tu grupo? –le miré con frialdad -.Pues deja de apiadarte de gente que ya está muerta.

Retomé mi camino y pronto se me unió Travis. Su voz me irritaba, y lo peor era que no pensaba dejar de hablar durante el trayecto.

- ¿Sabes quien es ese artista del que habló ese fantasma? –me preguntó llegados a cierto punto.


- Desde luego, yo no lo sé. Pero empiezo a pensar que Jeremiah sabe más de lo que quiere contarnos.


- ¿Qué te hace pensar eso?

- Lizbeth ha dicho que experimentan con ellos. Alguien les controla. Algún enemigo de Jeremiah, alguien de la casa… Puede que incluso él mismo.

- ¡No puedes hablar en serio! –se escandalizó el cura.

Ojala me equivocase. Pero tenía la fuerte convicción de que Jeremiah sabía que estaba pasando allí en realidad con sus propios hermanos.

Si no fuera así, no me habría llamado a mí.

Crónicas del Caos - Misión: familia unida (V parte)

viernes 26 de junio de 2009

Aunque su aspecto era deplorable, el sacerdote se agachó para comprobar el pulso de ambos cuerpos. Luego se volvió hacia mí y negó la cabeza con pesar. Claro que estaban muertos. Los dos criados, hombre y mujer, yacían despatarrados en el suelo, entre las dos habitaciones, cubiertos de sangre y con múltiples heridas. El grito que nos llevó hasta allí volvió a escucharse, esta vez desde el interior de la pequeña sala de estar en la que estuve aquella mañana. Travis dudó, pero yo irrumpí en la sala.

Esperaba encontrarme a otra víctima siendo atacada por las criaturas de la noche anterior, o peor aún, por uno de los hermanos. Recordé a Ambrose, y un escalofrío acompañó a la sorpresa. La que chilló no era ninguna criada, sino Lizbeth Covenant, plantada en medio de la estancia, riéndose. Su aspecto era idéntico a la malformación del cuadro. Su vestido estaba rasgado y acortado, sus ojos estaban totalmente velados, su cabello despeinado y de su boca entreabierta en una macabra risa monstruosa manaba un gran reguero de sangre hasta manchar su cuello y pecho. A su lado, dos criaturas mezcla entre bestias y hombres, las mismas a las que derroté la noche anterior, le guardaban las espaldas.

- ¿Has venido para intentar terminar el trabajo de Ambrose? -le pregunté internándome en la habitación.


Lizbeth se rió. Las dos bestias no descuidaban mis movimientos, pero permanecían quietos a su lado.

- Ya sé que has matado a Ambrose...

- Tu hermano ya llevaba muerto más tiempo...

- ¡¡Mentira!!

Su grito fue casi ensordecedor. Tanto que incluso yo tuve que taparme los oídos. En ese momento, Travis hizo acto de presencia, preocupado. Al ver a Lizbeth se quedó paralizado y con los ojos abiertos como platos. Lizbeth ya no se reía, y podía notar la furia creciendo en ella. Se sentía realmente ofendida, y no conseguía entender porqué.

- ¡Él no estaba muerto! ¡Ninguno de nosotros lo estamos! ¡Por eso estamos así! -sus gritos eran cada vez mayores y más insoportables -. ¡Y todo por culpa de Jeremiah!

Dio un nuevo chillido y se lanzó por la ventana con sus monstruos detrás en un acto que ninguno de nosotros se esperaba. Me asomé por la cristalera rota y la vi alejarse por los terrenos. Había sobrevivido a una caída de cinco metros, pero no era para impresionarse. Después de todo, era una criatura de caos corrupto. ¿Qué menos?

Eché un último vistazo a Travis, que se había quedado paralizado y con la boca abierta, y salté en persecución de Lizbeth, la cual le hizo una señal a sus mascotas. Éstas se volvieron hacia mí, cubriendo a su dueña e intentaron atacarme. Estábamos en medio del jardín que rodeaba la casa, no había nadie cerca ni tampoco ningún sitio donde guarecerse. No aminoré mi paso, pero saqué de un brusco movimiento de los brazos, las cuchillas, acercándose cada vez más el momento de la colisión. Los dos monstruos atacaron a la vez, y con un salto, así que les hice una finta girando y rebanandoles el cuello a ambos a la vez. Las dos criaturas cayeron al suelo heridas mortalmente, por lo que pude continuar la persecución sin problemas.

Pero Lizbeth había aprovechado bien su ventaja, saltando por encima del muro que rodeaba las propiedades de los Covenants. Hice lo mismo, sin envainar mis armas e internándome en el espeso bosque dejando atrás la casa y siguiendo a la fantasmagórica figura blanca que se perdía entre los árboles.

* * *

Travis volvió en sí demasiado tarde. Vio a la exorcista tirarse por la ventana, y hasta pasado un rato no sonó la alarma en su interior ni se asomó. Cuando lo hizo, avistó los cadáveres de dos horrendas criaturas mitad bestias mitad hombres muertas en el suelo muy cerca la una de la otra y sangrando abundantemente. De la chica y del fantasma de Lizbeth ni rastro.

El joven sacerdote regresó junto a los cadáveres, se arrodilló junto a ellos y oró por sus almas, aunque su mente estaba en otra parte, concretamente en la exorcista seminmortal. Quizás aquellos fantasmas eran demasiado para ella, y podría correr algún peligro. ¡Y él no podía hacer nada porque ni siquiera sabía por donde se había ido! ¿Qué podía hacer entonces?

Se le ocurrió una idea. Se infló de orgullo y algo de valor. “Acabaré con los espectros de la casa mientras ella se encarga del fantasma de Lizbeth”pensó. ¡Seguro que a la vuelta, la chica se lo agradecería!

Se irguió y caminó por el pasillo con la mirada desafiante al vacío y diciendo a voz en grito:

- ¡Espectros! ¡No me dais miedo!¡He venido para conduciros al lugar que os merecéis!

Ya estaba muy cerca de la esquina en la que el pasillo se bifurcaba. Dejó de sentirse solo, supo que alguien más le acompañaba. Alguien que no podía ver. Una risa burlona surgida de todas y a la vez de ninguna parte confirmó sus sospechas. Dio un respingo que intentó disimular con toda la falsa entereza de la que hacía gala, tragando saliva.

- Sé que estas ahí, criatura -dijo intentando que su tono de voz no sonara demasiado tembloroso, aunque le costaba que así fuera. La risa no paró ante sus palabras -. ¡Yo te enviaré a donde mereces...!

Se giró abruptamente para encararse a su enemigo, pero había esperado demasiado. Tuvo tiempo de ver a un señor pelirrojo vestido con traje azul, riéndose como un demente y flotando a varios palmos del suelo que se le echó encima. Su cabeza chocó contra el suelo con tal fuerza que perdió el conocimiento.

* * *

Perdí a Lizbeth en medio del bosque, entre la espesura y la poca luz que conseguía filtrarse entre las copas de los arboles. El día seguía oscuro, con el sol eclipsado por una gran nube sin fin, y a ratos aparecía una brisa que removía las ramas produciendo sospechosos chasquidos. Aunque ya no tenía su rastro, seguí corriendo intentando desviarme lo menos posible, hasta que el número de árboles empezaron a disminuir hasta desaparecer, y el suelo, antes cubierto de hierba y barro, paso a estar totalmente embarrado y carente de cualquier tipo de vida. Había un leve desnivel que comunicaba con aquella porción de tierra rodeada de agua y en el centro de la cual se elevaba un edificio de planta octogonal y oscuros muros de piedra antigua, cubierto por una cúpula y una cruz sobre todo.

- ¿La cripta? -susurré al contemplarla - ¿Por qué me has traído aquí, Lizbeth?

Escuché su grito no muy lejos de allí, como si estuviera respondiéndome. Me acerqué con precaución hasta el murete que rodeaba el edificio, con una verja que franqueaba el paso. Tras los barrotes me esperaba Lizbeth, chillando como loca y golpeando los barrotes con la mano como una bestia enjaulada.

- ¡Lizbeth! -la llamé -¿Por qué me has traído aquí?

- ¡Por que quiero que sea tu tumba! ¡No la mía! -volvió a chillar y se metió en la cripta.

Sus gritos acallaron tras las paredes de piedra, y todo quedó en un silencio sobrecogedor que ni siquiera rompían las aguas. Tenía que entrar ahí, no podía quedarme fuera. Pero sabía que si así lo hacía, estaba cayendo en la trampa de Lizbeth. Sin embargo, era mi deber. Podía vencerla.

Guardé las cuchillas de nuevo en mis mangas, saltando por encima de la verja. La corta distancia entre ésta y la cripta se me hizo eterno, y la doble y pesada puerta de hierro se quejó cuando intenté abrirla. Su interior estaba sumido en las tinieblas hasta que la escasa luz de fuera penetró. El centro era una sala redonda a cuyos lados se extendían varias hornacinas y zonas rejadas con las tumbas de los antepasados de la familia Covenant, sin romper en ningún momento la armonía de la estructura. En las paredes, sujetas con argollas, yacían antorchas apagadas que con un solo chasqueo de mis dedos se prendieron con un fuego azulado que adquirió pronto la tonalidad natural. Nada hacia sospechar que hubiera entrado alguien allí en siglos, a excepción del rastro de pies ensangrentados que había dejado Lizbeth a su paso por allí. Me condujo hasta la cripta de la pared opuesta a la entrada.

Dos sarcófagos estaban al aire en aquella zona. Uno de ellos estaba abierto y habían destrozado su tapa. En el que estaba intacto y cerrado, pude leer el mensaje inscrito en un lado, que rezaba: “Aquí yace Leonor; tus maridos y tus hijos nunca te olvidan”, o al menos eso pude desencriptar, ya que el tiempo lo había estropeado un poco pese a estar cubierto. El ataud vecino además, estaba vacío y no había ni una sola pista sobre la identidad de su anterior dueño o dueña. ¿Lizbeth, quizá?


- ¡Sé lo que estás pensando! -me giré en busca de la voz de Lizbeth, pero no la vi por ninguna parte -. Y no, no es mi tumba. Es la que diseñaron para mi. ¡Pero no estaba muerta!

- ¿Por eso quieres vengarte de Jeremiah?

- ¡No! -chilló de forma desagradable -¡Él nos maldijo a todos! ¡Uso el Libro en el Lugar adecuado! ¡Por eso estamos malditos y nunca podremos morir! -su voz se convirtió en un in-crescendo que taladraba los oídos -. ¡Pero tu si puedes morir! -repitió.

Me di cuenta tarde de que el suelo a mis pies se estaba agrietando. Quise saltar a un lugar seguro, pero las losas de mármol cedieron bajo mi peso y me arrastraron con ellas al oscuro abismo. Un velo de oscuridad tapó cualquier resquicio de luz que pudiera haber, y el choque contra el suelo se repitió en todos y cada uno de mis huesos. Cuando mis ojos se adaptaron a la oscuridad, oleadas de asco y nauseas me recorrieron de pies a cabeza: entre telarañas, bichos, suciedad y sombras, cuatro paredes se convirtieron en mi encierro, todas ellas con múltiples nichos, de los cuales, sus ocupantes habían atravesado las losas de piedra y sus huesos caían de mala manera. Si el golpe no lo consiguió, el agobio y el pánico si lo hicieron: me desmayé allí mismo, encerrada para siempre en aquel sucio agujero del demonio.

Crónicas del Caos - Misión: familia unida(IV parte)

miércoles 24 de junio de 2009

La criatura se alzó, mostrándose tal cual era. Ante semejantes manazas, el hacha que traía de primeras podía quedarse en el suelo hasta que se pudriera. Sus ojos se habían velado y agrandado, ennegreciéndose totalmente hasta convertirlos en algo tan antinatural como él mismo y que se habían quedado clavados en Jeremiah, que asistía a la escena petrificado en su sillón.

Para él era la ocasión perfecta. Salió corriendo en su dirección, alzando su garra por encima de su cabeza. Corrí detrás de él, clavándole mis cuchillas en todos los flancos que podía, sin que se inmutase hasta que acerté en su nuca. Su cuerpo se llenó de pequeñas heridas que sangraban abundantemente, pero no le afectaban tanto como la última, que le hizo detenerse y volverse hecho una furia.

Retrocedí un par de pasos, empuñando las cuchillas y caminando en círculos a su alrededor, retándole.

- Jeremiah, póngase a salvo mientras me encargo de él.

- ¡No! -la voz de la criatura se elevó por encima de la mía antes de aceptar el desafio y venir a por mí.

Aunque me defendía cubriéndome con las cuchillas, me costaba poder detener todos sus golpes. Su fuerza había aumentado considerablemente con aquella transformación y más de una vez incluso llegó a rozarme con los colmillos, tan afilados que su solo roce sirvió para rasgarme las mangas y herirme. Su altura también jugaba en su favor hasta que se me ocurrió usarla en su contra cuando ya estaba acorralada entre él y la pared. Me agaché y me escurrí bajo sus gigantescas piernas hasta colocarme tras él. Subí por su encorvada espalda y hundí mis cuchillas en su nuca una vez.

Pero como no bastaba, tuve que clavárselas muchísimas más veces en estado de frenesí. Su cuerpo se bamboleaba con violencia intentando quitarme de encima y dolorido, echando las zarpas atrás buscándome tan a la desesperada que él mismo se clavaba sus largas uñas. Sus gritos subían de tono a cada estocada, al contrario que el resto de sus fuerzas, que cada vez estaban más debilitadas por la pérdida de sangre.

Llegó a un punto, en el que la criatura enmudeció de repente, dejó caer los brazos, y se desplomó en el suelo bocabajo. Aún así, continué atacando al mismo sitio, cegada por la adrenalina, hasta que la sangre que había salpicado mi cara y mis ropas terminó de convencerme en su silencioso llanto. Me aparté de encima, jadeando y sudando a mares, alejándome del cadáver de la criatura que se había convertido en una uniforme y gigantesca masa sangrienta. Las piernas me temblaban y terminé cayendo al suelo de rodillas y tapándome la cara con una mano, intentando calmarme.

Había perdido el control. ¿Se habría enterado la Orden? Si así era, podía caerme una gorda. ¿Expulsión? ¿Misión de castigo? ¿Me degradarían? ¿Cómo había podido ponerme así? Pensé analizando mi comportamiento durante la “pelea”. Es verdad que tenía que proteger al objetivo a toda costa, pero de ahí a lo que había hecho... ¡No podía recordar ni porqué me había puesto así! Ataqué tan a la desesperada,, tan salvajemente... que ver el cadáver ante mí me producía arcadas. ¡Tenía que exorcizarle, no hacer una masacre!

Una mano se posó en mi espalda, haciéndome dar un respingo e interrumpiendo mis pensamientos. Jeremiah se había agachado a mi lado y me acariciaba la espalda para consolarme. Le miré directamente a los ojos sin saber qué pensar o hacer. Balbuceé sin emitir sonido. ¿Qué podía decirle? ¿Qué se suponía que tenía que hacer en esas situaciones?

- ¿Te encuentras bien? -no podía ni mover la cabeza. Estaba totalmente bloqueada. Apartó la mano, empapada de la sangre que me había manchado a mí. Me sentí culpable por ese hecho -. Acompañame. No debes de sentirte muy cómoda con la ropa así. Creo que alguna criada puede tener algo para ti.

Aunque la enfermedad había debilitado sus piernas, pudieron sostenerse para ayudarme a levantarme. Me tomó del hombro y me guió fuera de la habitación sin mirar atrás y obligándome a hacer lo mismo. Me dejé llevar, obediente, y aún con la imagen de las consecuencias de mis actos grabada a fuego en mi mente. Aquel cuerpo desgarrado y espatarrado en una esquina del salón. ¿Eso lo había hecho yo? Eso lo había hecho yo...

Jeremiah me guió entre los corredores y pasillos a paso lento hasta unas cocinas. Allí solo había una persona, la cocinera, una mujer gruesa de rostro bonachón pero mirada desconfiada. Estaba encendiendo un fogón cuando irrumpimos en la habitación. La mujer se volvió hacia nosotros con una regañina puesta en la boca que no salió al ver que Jeremiah me acompañaba.

- ¿Señor Jeremiah? ¡No debería forzarse de esa forma! -luego me vio -¡¿Y quién es esta chica y qué le ha pasado?! ¡Esta cubierta de sangre! ¿Está herida?

La mujer vino corriendo hacia mí, tomándome de las mejillas y levantándome el rostro para poder estudiarme mejor.

- No te preocupes. No esta herida, creo -dijo Jeremiah volviendo a tomarme de los hombros -Solo en estado de shock. Me ha salvado de Ambrose. ¡Gracias a ella ya no tengo que preocuparme por él! -aunque intentaba ser jovial, en su tono se reflejó un leve atisbo de tristeza.

- ¡Gracias a Dios! Anda, pequeña, ven -la mujer me tomó de la mano -Señor, ¿por qué no se sienta mientras y ahora le llevo a su habitación?

- Me gustaría quedarme aquí, Lucia -le contestó el anciano -. No te preocupes más por mi y encargate de ella, por favor -Jeremiah caminó por sí mismo hasta una silla de madera, al otro lado de la estancia.

Lucia intentó protestar, pero Jeremiah cerró los ojos e hizo oídos sordos. Al ver que no le hacía ni caso, la cocinera se enfurruñó, pero me llevó hasta una sala contigua, un dormitorio, que supuse que sería el suyo. Estaba demasiado afectada como para detenerme a observar los detalles, pero sé que se separó de mi, buscó algo en un armario y me encerró en el baño. Recobré más o menos el sentido un rato después de encontrarme sola entre esas cuatro paredes, lo justo para poder desnudarme, meterme en la ducha, quitarme toda esa sangre de encima y ponerme lo que la criada había sacado de su armario para mi.

Por sorprendente que pareciera, era de mi talla. Relativamente, claro, porque me pareció un poco estrecho. Era un vestido negro con los puños y el cuello blanco y de falda larga. Salí del baño con el pelo mojado y mi ropa doblada sobre el brazo. La cocinera no estaba allí. Salí por la única puerta que había y que daba a las cocinas, y allí me la encontré junto a Jeremiah y otro hombre más que no conocía y que me daba la espalda. Los tres formaban un corrillo y hablaban en susurros entre ellos. Me aclaré la garganta para llamarles la atención, sintiéndome algo mejor. Los tres se volvieron hacia mí. A la cocinera le brillaron los ojos al verme.

- ¡Te queda genial! ¡Mucho mejor que a mi hija cuando tenía tu edad! -se acercó parar quitarme mi antigua ropa de las manos -Yo me encargaré de lavarte esto. Aunque la sangre es difícil de quitar.

No me dejó tiempo ni para que le murmurase un gracias, porque salió pitando hacia otra habitación. La vi alejarse, quedándome embobada en el hipnotizante vaivén de sus grasas, hasta que el desconocido me llamó la atención.

- ¿Atacaron a esta pobre chica? ¡Dios no permitirá que semejante injusticia ocurra de nuevo!

Por esa afirmación y por la sotana y alzacuellos que llevaba, no fue muy difícil descubrir que era un sacerdote. Muy joven, a juzgar por su jovial rostro forzado a adaptarse a las circunstancias oscuras que rodeaban la casa de Jeremiah y de pelo corto y castaño. Sus ojos, profundos y negros, me examinaron de arriba abajo, evaluandome. Yo hice lo mismo, cruzándome de brazos. Ya no quedaba ni rastro de mi anterior estado de shock. Ahora estaba enfadada.

- ¿Que hace un cura aquí? -no me hacía falta, pero de todas formas comprobé su aura: naranja brillante -. Y encima uno de esos que dicen ser exorcistas...

-¡No me digas que eres una seminmortal! -al cura le brillaron los ojos con admiración -¡Es la primera vez que me encuentro con uno en persona! ¡Dios está de mi lado hoy!

- Mis criados se pusieron de acuerdo y le llamaron. Dicen que ya no pueden soportar más esta situación, así que... -explicó Jeremiah.

- ¿Así que qué? -fulminé al sacerdote con la mirada, que no dejaba de dar vueltas a mi alrededor murmurando cosas para si y con gesto de reprobación -. Si me llamaron era para que me encargase yo personalmente. ¡No tiene sentido meter a alguien más en este asunto! Y mucho menos alguien que no tiene ni idea de cómo se hace un exorcismo!

- ¿Cómo has dicho? -mi última afirmación hizo reaccionar al cura -. ¡Claro que sé hacer un exorcismo! Me he traído todos mis utensilios. ¡Fui el primero en el cursillo!

- Como si fuiste el último -le corte de la forma más desagradable posible -. ¡Este tipo de gente son unos farsantes y usted lo sabe, Jeremiah! -señalé al cura con el dedo -. ¡Por eso nos llamó a nosotros! ¡Sáquele de aquí!

- No pienso hacerlo.

Me callé, tragándome mis palabras al ver la desafiante mirada que me echó el anciano.

- Si mis criados se han encargado de llamarle -procedió a explicar Jeremiah -es porque es de total confianza...

No me iba a dejar interrumpirle para explicarle lo que realmente hacían esos “exorcistas” enviados por la Iglesia. ¡La forma de eliminar a los entes de caos corrupto no es echarles agua por encima! La organización había tenido varios roces con ellos, por ser tan engreídos, creídos y prepotentes en dichos temas, aunque luego esas tensiones nunca habían llegado a nada. Pero estábamos en un terreno peligroso, y allí, un cura no iba a hacer mucho contra tanto monstruo pululando por ahí. Y aunque le explicase esto a Jeremiah, podía denotar que no iba a bajarse del burro. Así que, cabreada, me cruce de brazos y eché a andar hasta la salida más cercana.

- Haga lo que le plazca. Pero terminaré el trabajo yo sola y sin la ayuda de un...”cura” -escupí con desprecio.

- Pues este “cura” -me imitó el sacerdote -te va a acompañar quieras o no. ¡Así estarás más segura!

Se acercó demasiado a mí. Tanto que con solo darme la vuelta y con una patada baja directa en las corvas, nuestras narices chocaron entre ellas y mis cuchillas rozaron su cuello después de que se deslizaran por debajo de mis mangas hasta mis manos. Cuando comprendió la situación, pude ver el pánico reflejado en sus ojos.

- Me sentiría mucho más segura si no tuviera que protegerte a ti... -siseé.

Su nuez se movió de arriba abajo con temor, notando perfectamente el afilado filo de acero de mis hojas. Jeremiah me llamó la atención y sólo entonces le solté.

- Exorcista -me llamó el anciano -su misión se reduce a eliminar a los fantasmas, por lo que estas arremetidas están de más. Si el sacerdote quiere acompañarle que así lo haga. Usted limítese a cumplir su trabajo.

- ¡Vaya! -alzé la cabeza con gesto altivo -Antes se me trataba con más respeto. ¿Por qué ha cambiado el trato?

- Porque esas criaturas siguen en mi casa haciendo daño a mi servicio y mi vida sigue corriendo peligro -fue la respuesta tajante de Jeremiah -. ¡Demuestre que es la mejor en su campo y póngase en marcha de una vez!

Cualquier simpatía que había podido sentir por aquel lisiado hasta el momento se evaporó por completo. Hubo un tenso silencio que llegó a bajar hasta la temperatura de la habitación. Si las Sagradas Normas de la organización no existieran, me habría cargado a ese mortal en aquel mismo momento. ¡Y seguro que con su muerte los fantasmas se marcharían también! Pero no podía hacerlo. Así que, sintiéndome impotente y molesta, di media vuelta y me marché.

Sin embargo, la paz que conseguí reunir durante los pocos segundos que caminé a solas por el corredor se desvaneció en cuanto el cura me siguió. Se me plantó delante con una bobalicona sonrisa y la mano extendida, bloqueándome el paso.

- ¿Qué tripa se te ha roto ahora? -le pregunté con el tono más desagradable que podía poner.

- Hemos empezado con mal pie... Lo lamento. Sé que no lo aparento, pero soy uno de los mejores en lo mio. ¡Trabajemos juntos! No seré una carga, ya veras.

Le miré exasperada. ¿Encima de todo era tonto?

- Me llamo Travis. ¡Vamos, por decirme tu nombre no te vas a morir! -su mano se removió en el aire, insistiendo para que se la estrechara.

No le contesté. Le miré con más fijeza aún, pensando en todos los insultos y cualidades desagradables posibles que tenía ese hombre. Pesado, pedante, hipócrita...

Nuestra amable charla se vió bruscamente interrumpida por un grito de mujer que nos puso en guardia a ambos. Intercambiamos una insegura mirada antes de salir corriendo en pos del origen de aquel desagradable chirrido que en nada cesó. En menos de dos minutos nos plantamos en la habitación de Lizbeth, donde la sangre y la violencia habían vuelto dejando tras de si a dos víctimas: los dos criados que conocí la primera vez que me asomé por allí.

Mundo falso

Pendiente, preocupada e intentando estar ahi. "Yo soy yo y mis circunstancias", decia Ortega y Gasset. Las circunstancias de cada uno son muy diferentes, por eso no todo el mundo puede comprender el porqué de cada uno. Pero otra cosa es muy distinta a lo que tu haces. Una cosa es no poder, y otra muy distinta no querer ni intentarlo.

Estar a tu lado cuando enfermas, desvivirte porque estes cómodo. ¿Y para qué?

Haces planes para un día. Luchas en silencio y en voz alta para conseguir que todo vaya bien. Ya solo dependía de ti, de tu estado, de cómo te encuentres. Eso era lo que decias, lo que segun tu te frenaba y no podías decidirte a confirmarlo.

Sin embargo, hoy me vienes con tus viejos planes. Tus viejos horarios. De nuevo te metes en semejante mundo de falsedad, en el que a la mínima de cambio, te dejaran tirado como hacen la mayoria de las veces. Me niegas eso, cuando hasta tu mismo lo sabes y lo has vivido. Cuando a ti mismo te ha jodido los planes. Y aún así lo niegas. ¿Sabes que es inutil mentir?

Odias que te compare, pero es que no puedo evitarlo cuando tu también te dedicas a romper ilusiones. Y más de esa manera. Luego pide confianza.

Seré cabezota, pero no siempre llevas razón, como pretendes. Esta vez sabes que es verdad cuanto te digo, que es verdad que eres un veleta como hoy mismo me has demostrado.

Porque evito la pelea, pero aún así vuelvo a hacerlo mal. Por que de ti recibo alegrias y broncas a partes iguales, y no es eso lo que quiero. Ni yo ni nadie lo quiere.

Solo te pido que al menos tu si abras los ojos ante lo que tienes delante, esta vez solo a metros de distancia, y aunque no veas sus lágrimas caer o ni siquiera te las creas, quiero que sepas que empieza a llenarse de dudas y que se arrepiente de muchisimas cosas, pero no de las que tu quieras que se arrepienta por que a ti te venga bien.

Se que no lo haras, pero al menos espero que al leer esto sientas algun pinchazo. Una leve quemazón. No espero que pienses, porque cuando hay alguien más por medio tu apariencia de "guay" te ciega totalmente a la verdad que tengas delante, sea cual sea. Así que tu sigue de "guay" mientras yo sigo encerrada por lo siglos de los siglos en lo que realmente soy y no en lo que quieras que sea o quieras que haga o sienta.

Como ya he dicho, no espero que pienses ni te arrepientas de nada, porque sé que no lo haras. Si hablamos, me lo discutariras y rebatiras, me lo negaras, y tendre que tragar otra vez y darte la razón. Y eso no está escrito en el corazón.

Porque detrás de todo pato, se esconde una sombra orgullosa y altiva que quiere ser como su modelo a imitar. Quizas mi alma muera durante las horas o ya lo haya hecho, pero de mi no va a salir más. Ya estoy cansada de fachadas y asentimientos sin razones verdaderas.

Así que tu decides: ser consciente de lo que has hecho, o seguir por la misma senda cuyo futuro es cada vez más incierto.

Yo desde luego, seguiré aquí, donde las rosas florecen y a si mismas se ahogan entre espinas hasta que sus pétalos marchitan después de una vida corta y plena. Porque solo tenía vidacuando tu me rescataste y ahora veo el sapo en el que se convirtió el principe.

Por ahora no tengo nada más que decir.El resto del mundo que la tome como quiera, pero tu sabes perfectamente leer entre lineas, por más que me lo quieras discutir.

Crónicas del Caos - Misión: familia unida (III parte)

lunes 22 de junio de 2009

La noche transcurrió tranquila y sin sobresaltos, pero aún así, no pegué ojo. Mi atención no se desvió ni un segundo de la puerta, temiendo el ataque de otro de esos monstruos deformes o de algún fantasma, mientras que mi mente no dejaba de darle vueltas a los datos que me había proporcionado Jeremiah.

De cinco hermanos, cuatro muertos en desagradables circunstancias y uno vivo. Su alma, su caos, se había contaminado al tomar contacto con el ambiente y ahora querían que su hermano se reuniera con ellos.

Ese deseo no explicaba el porqué de los ataques a los criados ni la existencia de las criaturas deformes que pululaban por ahí. Había algo más que, o bien Jeremiah me ocultaba o éste no sabía.

El anciano tampoco había dormido mucho, y bien temprano se puso a fumar de su pipa. Durante su huida nocturna se había llevado consigo una caja con munición para su revolver y otra con tabaco para su inseparable pipa.

No recordaba en que momento de la noche se había apagado, pero ya no crepitaba ningún fuego en la chimenea, por lo que el silencio era total. Incómoda, me levanté desperezándome. Mi espalda lanzó un crujido.

- ¿Has dormido bien? -me preguntó Jeremiah centrado en llenar de nuevo su pipa.

- Algo así -respondí pegando el oído a la puerta -No se oye nada. Creo que es un buen momento para salir. ¿Le llevó a su habitación? -me ofrecí.

Declinó mi ofrecimiento con un gesto de la mano.

- No te preocupes por mí. Aquí estaré por ahora más seguro que en el resto de la casa.

Por un momento dudé. No sabía si abandonarle allí a su suerte era una buena idea, pero no se me ocurría que otra cosa podía hacer.

- Puedes decirle a cualquiera de mis sirvientes, si es que siguen aquí -me leyó el pensamiento -que estoy aquí, si así te sientes más tranquila.

- Lo haré, descuide -salí de allí, dejando mis cosas como señal de que regresaría tarde o temprano.

No quedaba ni rastro de los incidentes de la noche pasada. El pasillo estaba desierto. Incluso el cadáver de la criatura se había desvanecido. Caminé recordando vagamente el camino que seguí la noche anterior para llegar hasta allí. Sin embargo, tanto corredor terminó confundiéndome. En todo el camino, no me encontré con ningún ser vivo hasta llegar a la planta superior, donde el sonido de los pasos y las conversaciones entre susurros me guió hasta donde se encontraban un par de criados limpiando.

- Buenos días -saludé -. ¿Qué tal se encuentran? -me pareció violento preguntarles directamente cómo habían sobrevivido al ataque nocturno.

- Bien -dijo entre lágrimas la criada, escabulléndose en una de las dependencias.

El otro sirviente se acercó hasta mí y me estrechó la mano. Quería aparentar la calma, pero sus manos le delataban. Sudaban a mares y no pude evitar el gesto de asco del cual ni se dio cuenta.
Buenos días -me devolvió el saludo -¿La exorcista, verdad? -asentí con la cabeza, aunque me molestaba ser conocida por ello -¡Bienvenida sea! Pronto dejaremos de sufrir sucesos parecidos al de anoche...

- ¿Les atacaron a ustedes?

No, pero cada vez estamos menos, y si la cosa continúa así -dejó escapar un suspiro desesperado -nos llegará el turno a nosotros también. Usted representa nuestra salvación y la de nuestro señor Jeremiah. Pase, por favor, estoy recogiendo esto y me gustaría ayudarla en todo lo posible.

- Por supuesto...

El criado se internó junto a la mujer en la dependencia de la derecha, una sala de estar muy parecida a la estancia en la que dormí, aunque bastante más pequeña. Los retratos diseminados por las paredes eran todos de la misma persona: Lizbeth Covenant, pero muchos de ellos estaban caidos en el suelo junto al mobiliario destrozado y en su lugar, el papel que recubría las paredes había sido arrancado en algunas partes dejando la huella de unas afiladas garras arañandolas, cubiertas de sangre. Las ventanas de la pared de la derecha estaban abiertas. Ya no llovía, pero el día estaba tan lúgubre como el anterior. Algunos cristales estaba rotos.

- ¿Una de esas cosas se ha paseado por aquí? -pregunté observando cómo los sirvientes intentaban limpiar el desastre.

- Peor. La señorita estalló en cólera.

- ¿Perdón? -parpadeé un par de veces, desconcertada -. ¿No vivía aquí solo Jeremiah, aparte de ustedes?

- Y así es -el criado se incorporó, levantando con él un tocador que algo había derribado durante la noche -. “Viven”. Esta era la habitación de la señorita Lizbeth, y de vez en cuando se aparece por aquí y...

La otra criada le interrumpió, rompiendo a llorar. El criado me lanzó una significativa mirada y corrió a consolar a la otra, dejándome libertad para explorar la habitación. Poco había que mirar; como ya he mencionado, estaba todo destrozado. Me dirigí a la habitación contigua, de paredes rosas y con el mismo estropicio que la primera. Se trataba de un dormitorio, a juzgar por la cama de sábanas rajadas y doseles caídos. La mesilla de noche se había partido en dos y en el suelo había tirado una replica del mismo cuadro familiar que vi en el salón la noche anterior, en menor escala. Los criados seguían en la otra sala y parecían haberse olvidado de mí. Usé la visión de auras en cada objeto de la habitación, sin llamarme ninguno especialmente la atención...

Salvo el cuadro.

La imagen había cambiado. Los integrantes de la familia seguían allí, pero de pronto el retrato había adquirido un matiz monstruoso. Lizbeth tenía el vestido rajado, el cabello enmarañado y pegajoso y un reguero de sangre manaba de su boca abierta enseñando sus grandes colmillos, y se escurría hasta su busto, con una pose violenta y amenazadora. A su lado, Ambrose portaba un hacha gigantesca y vestía casi con harapos. En su mirada se distinguía un cariz malévolo. A Bethany, al otro lado del sillón de Jeremiah, le habían salido unos extraños cuernos grises d la cabeza y su túnica estaba llena de manchas fluorescentes de caos. Sus ojos estaban velados por una capa violácea que la cegaba. Y Aaron se mostraba tal y como le había conocido cuando intentó atacarme anteriormente, sin piel. Solo Jeremiah se mantenía relativamente humano, si nos olvidamos del hecho de que alguien le había cortado la cabeza y yacía ahora a sus propios pies con los ojos bien abiertos. En cuanto desactivé la visión de auras, el cuadro volvió a la normalidad como si nada hubiera pasado.

Reconocer la otra forma de Aaron en el cuadro había aclarado ciertas ideas. Ahora ya sabía cómo eran las formas monstruosas del resto de hermanos, y tenía una idea de lo que pretendían hacer y cómo lo tenían planeado. Querían acabar con Jeremiah ellos mismos, ¿pero lo harían de la forma que me había mostrado el cuadro? Si así era, no podía dejar a Jeremiah solo. El fantasma o los fantasmas que querían hacerle semejante jugada debían acercarse a él para poder llevarlo a cabo, así que si estaba a su lado, podría evitarlo.

Me despedí de los criados dándoles las gracias y corrí hacia el salón donde pasamos la noche el anciano y yo, apretando el paso cuando los pasillos me desorientaban. La suerte estuvo de mi lado y conseguí encontrar la habitación sin dar demasiadas vueltas.

Abrí la puerta de golpe, jadeando con la carrera. La chimenea volvía a estar encendida, y el humo de la pipa de Jeremiah sobresalía por encima del sillón más cercano a la puerta, por lo que no podía verme. Sin embargo, supo que era yo antes de que pusiera un solo pie en la habitación.

- ¿Cómo te ha ido? Has vuelto muy pronto.

- Se lo que pretenden -me acerqué a él -. Sé como quieren poner fin a su vida.

Llegué hasta él, pero una duda me detuvo en seco. No podía verle a través del sillón, así que, ¿quién me decía a mi que los fantasmas no hubieran actuado ya y aquel que me hablaba era uno de ellos?

- ¿Jeremiah?

- ¿Si?

- ¿Se encuentra bien?Le noto distante -fue lo primero que se me ocurrió.

- Dentro de lo que cabe. Ya estoy en la fase de aceptación, pero que tenga a mis fantasmales hermanos velando por mi muerte, no me ayuda mucho...

Mientras hablaba, fui girando lentamente hasta poder verle de perfil. Si, estaba entero. Jeremiah me miró, callándose y apartando la pipa de su boca. Su mirada se volvió tan intensa que sentía que podía atravesarme con ella. Tragué saliva, notando el corazón en un puño.

- Hola, Ambrose -Jeremiah le sonrió de forma siniestra a la oscuridad que bailoteaba a expensas de las llamas tras de mí.

Percibí el metal cortando el aire a gran velocidad detrás de mí. Me lancé al suelo en el último momento, y la pesada hacha solo me rozó el hombro. Me levanté rápidamente y saqué las cuchillas de mis bolsillos, aunque viendo su gigantesca arma, sabía que poco podían hacer.

Ambrose, el joven de cabello lacio del cuadro, estaba entre Jeremiah y yo. Era idéntico a la imagen del retrato que mi visión de auras me mostró: cabello enmarañado, un pañuelo rojo atado a la frente y ropas harapientas. Era muy alto, quizás mediría un metro noventa a primera vista, y extremadamente delgado. Sin embargo, sus brazos eran lo único que parecía tener algo más que piel y huesos, pudiendo cargar con el hacha que mediría casi lo mismo que él y que enarbolaba sin dificultad ni esfuerzo.

- Sea lo que sea lo que tienes que hacer, Ambrose, hazlo ya. Pero a ella no le hagas daño -Le desafió Jeremiah. La sonrisa había desaparecido del rostro del anciano.

- No creo que sea el mejor momento para ponernos mártires, hermano -Ambrose se giró hacia él. Su voz era terriblemente pastosa y desagradable, tan llena de suciedad y vicio como él -. Nunca lo has sido, ¿por qué serlo ahora?

Aproveché para atacar primero y por sorpresa. Corrí amortiguando el sonido de mis pasos con la alfombra y alcé las cuchillas para clavárselas por la espalda. No supe como me descubrió, pero me apartó girándose en el último momento y golpeándome con el mango de su arma. Su fuerza me sorprendió, consiguiendo que volara hasta la otra punta de la habitación. Mis costillas se resintieron del golpe, pero me levanté como si no me hubiera pasado nada.

- ¿Que daño puede hacerme ahora un mosquito como tú? -su insulto hizo que me ardiera la sangre en las venas -Jeremiah, hermano, permiteme que sea yo quien te enseñé el camino que te mereces...

Jeremiah no dijo nada. Agachó la cabeza y aguardó el golpe final. Ambrose levantó su hacha por encima de la cabeza, preparándose.

- A alguien como yo no se le da la espalda, Ambrose -le reprendí lanzandole una de mis cuchillas impregnándola antes de caos.

Tal y como esperaba, Ambrose se giró para detener el arma en mitad del aire, pero mientras se distraía con ella, yo ya había llegado a la carrera hacia él y mi otra cuchilla se hincaba en su pecho. Gritó de dolor y de un manotazo me apartó de él. Giré sobre mi misma y a su alrededor y le golpeé con el codo en las costillas, haciendo que su cuerpo se doblase por el dolor. Volví a girar y de una patada fui yo la que le lancé a él a la otra esquina de la habitación. Su hacha se precipitó al suelo con un sonoro golpe. Jeremiah, al abrir los ojos y verme a su lado en lugar de Ambrose, suspiró aliviado. Pero aún no había terminado con su hermano.

Quejándose en voz alta, Ambrose se incorporó y recuperó la compostura. Sus heridas quedaron al descubierto a través de sus legajos de ropa. Había muchísimos más cortes y agujeros en su cuerpo además de los que yo le había dado. La cuchilla que le arrojé se elevó en el aire esperando a que volviera a empuñarla.

- Estás intentando matar a la persona equivocada, Ambrose -me acerqué un par de pasos hacia él -¿Por qué no vas al sitio que te corresponde ahora que estás muerto? Quizás tengas una oportunidad...

- ¡¿Qué vas a entender tu, exorcista?! - su voz sonó ahora distorsionada. No dejaba de tocarse las heridas, con el rostro desencajado, como si todo el dolor sufrido regresase en esos momentos con mayor intensidad -. ¡Estábamos malditos! ¡Por su culpa!¡No podemos ir al cielo o al infierno! ¡Ni siquiera tu puedes mandarnos allí! ¡Y todo por su culpa, por leernos aquel maldito libro!

Señaló a Jeremiah con un dedo. Un dedo que no parecía suyo. Estaba manchado de sangre y cada vez más abultado. Todo su cuerpo se retorció y con un aullido de dolor, sus heridas se convirtieron en bulbos enrojecidos y bultos deformes. Todo su cuerpo se convulsionó y ante nuestros ojos, Ambrose se convirtió en un monstruo deforme de gigantesca mandíbula y garras afiladas como cuchillas.