Yayteam.es: grupo creativo

domingo 9 de octubre de 2011


Hace unos días, muchos de vosotros visteis el blog actualizado con un escueto mensaje que solo indicaba una fecha. Hoy os ofrezco la explicación:

En los últimos tiempos, el Yayteam ha crecido tanto que ha desbordado los blogs. Lo que empezó como una pareja de aficionados a la escritura ha evolucionado, cubriendo más y diversos ámbitos: ilustraciones, videojuegos, rol... El Yayteam se convirtió en un ente vivo que no dejaba de crecer y pronto, la cuna que le ofrecían los blogs de sus fundadores: "Historiasdelcaos.blogspot.com", "Yayteamoficial.blogspot.com" y "Ellamentodelsilencio.blogspot.com" se le quedó pequeña.

El proyecto que a día de hoy abrimos al público aún no esta completo: llevamos casi un año trabajando en conseguirlo, un año de ahorros y esfuerzo cuyo fruto aún cuelga de un hilo, cada vez más fino. Sin embargo, a día de hoy, ya podéis disfrutar del primer paso:

foro.yayteam.es

Mientras subimos el contenido de todos los blogs a la página web oficial del Yayteam, podeis usar nuestros foros para afianzar aún más la comunidad. En él, tendréis vuestro rincón creativo abierto para que vuestras obras sean reconocidas; vuestro punto de encuentro con el clan Yayteam para los diversos juegos online -y no online - en los que figuramos...

Ya no tenéis excusa para no dejar comentarios, para no hablar con nosotros, para no uniros. El foro esta abierto, esperando vuestra activa participación.

Hemos puesto nuestras ilusiones, tiempo, esfuerzos y almas en este proyecto que esperamos crezca tan rápido como la comunidad. Ahora, os toca a vosotros responder a ese esfuerzo disfrutando con nosotros de ese mundo que a día de hoy se esconde, marginado, de la sociedad: la imaginación.

Un saludo, en el nombre del Yayteam, y sed bienvenidos a la nueva etapa de nuestra vida.






P.D.: Si quereis poneros en contacto con los miembros fundadores del "Yayteam", podeis hacerlo a través de las siguientes direcciones de correo electrónico:
 Veran@yayteam.es
 Kraric@yayteam.es

martes 13 de septiembre de 2011




21/09/2011

Crónicas del caos III - Primer día

jueves 11 de noviembre de 2010

Me sentía preparada, y a la vez incapaz de afrontar mi primera misión como miembro oficial de la Orden de Corver. Ya no tendría a Nicómedes cubriéndome las espaldas, ya no eran las misiones más sencillas. Empezaba a encarar los grandes retos, las misiones de gran envergadura en la que corría peligro la misma humanidad. Era normal que estuviera nerviosa y el panfleto que me habían dado en la estación de tren estuviera destrozado después de haberlo retorcido tropecientas veces. Me prometí a mi misma no llamar a Nicómedes hasta que no terminase la misión. Pero mientras con una mano destrozaba el tríptico, con la otra abría el teléfono móvil, buscaba el número de mi maestro y en seguida lo volvía a guardar en el bolsillo del bolso. Así, minuto a minuto, desviando la mirada en busca del supervisor de mi misión. Tenía miedo de no saber distinguirle, de perderme la misión por ser incapaz de reconocer al seminmortal. La corriente de gente no paraba: los trenes entraban y salían…

Y ya por fin, una mano perdida en el mar de gente se alzó y me llamó por mi nombre:

- ¡Theresia! ¡Aquí! ¡Aquí!

Una chica de más o menos mi altura daba saltos intentando alzarse por encima de la marabunta para llamarme la atención. Crucé el andén para ir a su encuentro, pidiendo disculpas cuando me chocaba con algún viandante, que ni siquiera me miraba. Por fin, llegué hasta ella, que me saludó con un par de besos.

Tenía una larga melena negra y un flequillo que le tapaba toda la frente, pero que parecía cortado con una regla. Unas gafas de cristales redondos y monturas plateadas se le escurrían graciosamente por la nariz hasta quedarse ancladas en la pequeña puntita. Tenía unos ojos verdes botella que rezumaban empatía, y una bonita sonrisa que acompañaba a cada una de sus palabras. Iba en manga corta, con una camiseta blanca con una frase ingeniosa en inglés, una minifalda vaquera y medias negras. No medía lo mismo que yo: llevaba botas con un pequeño tacón que la aupaba los escasos centímetros que nos separaban. Se había anudado una chaqueta del mismo material que la falda en la cintura, por si el tiempo empeoraba conforme transcurría el tiempo, tal y como sucedía demasiado a menudo.

- ¿Qué tal el viaje? ¡Deja que te ayude con la maleta! –se ofreció, quitándome el pequeño maletín con ruedas de la mano.

- Ha estado bien. Estaba un poco lleno y tuve que cederle el asiento a un pobre ancianito, así que estuve de pie todo el rato. ¡Así pude ver el paisaje, que era precioso! –nos pusimos en marcha -. Por cierto, en el informe no venía tu nombre…

- La organización siempre se anda con mucho ojo con ese tipo de cosas. Soy Micaela. Llámame Mica –se presentó.

De camino al piso, fuimos charlando animadamente de asuntos triviales, lo cual me alivió y me dio a conocer a mi supervisora. Gesticulaba mucho, y estaba llena de energía: era muy expresiva y de risa fácil y sonora. Disipó todos mis miedos.

Íbamos a compartir piso el poco tiempo que estuviéramos allí. Como tapadera, éramos estudiantes de intercambio. En realidad, estábamos bajo las órdenes de Lord Stroud. Éramos lo que vulgarmente denominaban en la organización como: “equipo de limpieza”. Era mi primera mes de los dos que tenía como período de prueba: dos meses después de la Iniciación para experimentar de primera mano como se trabajaba en los departamentos a los que el seminmortal iniciado tenía acceso. Yo tenía acceso a todos y no tenía muy claro en cual quedarme: todos me parecían interesantes, todos eran atrayentes. Así que tenía que aprovechar esos dos meses para probarlos todos y decidirme por fin. Tras echarlo a suertes, la sección del “rastro seguro” salió la primera. Por eso estaba allí, para hacer desaparecer el rastro que ha dejado un seminmortal cuando cumplía una misión.

El piso era pequeño, muy justo para dos personas. Sin embargo, estaba limpio y ordenador. Mica me invitó a entrar y me guió por la casa: un segundo piso cuyas habitaciones convergían a un largo pasillo, al fondo del cual estaba el baño. Las paredes del comedor estaban empapeladas con papel floreado y lazos. Me enseñó mi dormitorio: de paredes blanco pastel, con un tocador y una pequeña cama junto al armario. Contaba también con un balcón que daba a la vía pública, muy animada a aquellas horas. Estaba encantada.

- ¿Cómo conseguirá encontrar la organización estos sitios? –le pregunté al cerrar el balcón después de asomarme.

- ¡No siempre es así! Yo me he alojado en cada cuchitril… -se rió.

- Bueno, ¿cuánto tiempo podremos quedarnos aquí?

- Tenemos una semana para terminar la misión, así que podemos quedarnos aquí una semana –dejó mi maleta sobre la cama, se sentó en el borde y me invitó a sentarme a su lado -. El resto de departamentos tienen más tiempo, pero las misiones del equipo de limpieza son siempre urgentes. Por eso tenemos tan poco tiempo.

- Ya veo…

- Tenía pensado ir esta misma noche. El resto del equipo están en la zona cero, la zona que tenemos que “limpiar”. Están vigilando que ningún mortal se acerque. Cuando terminemos, te daremos la bienvenida entre todos y como es debido. ¡Tendrás que disculparnos hasta entonces!

- ¡Claro! –me emocioné. No me habían visto y ya querían darme la bienvenida entre todos. Se me escaparon dos lágrimas tontas, que me sequé con los puños -. ¡Jo! ¡Estoy deseando empezar!

Mica sonrió y se levantó.

- Ya queda menos. Date unas horas. Pero recuerda: aunque la amenaza directa haya sido eliminada, nosotros también corremos peligro. Así que haz todo lo que yo te diga, ¿de acuerdo?

- ¡Si, señora! –me llevé la mano a la frente, como guiño al saludo militar. Le arranqué otra sonrisa antes de que me dejase instalarme.

Lo primero que hice en cuanto me dejó sola, fue llamar a Nicómedes para informarle de lo bien que había empezado el día.

* * *

La tarde refrescaba. Así que me puse una rebeca encima del vestido. Mica iba a mi lado, con la chaqueta puesta y hablando por teléfono con uno de mis nuevos compañeros, a quien daba las últimas instrucciones antes de nuestra llegada.

Nuestra excursión nos llevó a las afueras, en autobús, que nos dejó en una urbanización de la que nos alejamos poco después hasta quedar sumergidas en campo abierto. Micaela se movía como pez en el agua, aún cargada con una mochila a la espalda muy abultada. A mi me costaba abrirme paso entre la hierba alta, y de cuando en cuando soplaba un aire desagradable que luchaba para levantarme la falda del vestido. Pronto perdimos de vista la carretera, pero de todas maneras, nadie podría vernos. Según Mica, un compañero ya había usado su don para envolver la zona y alrededores con una cobertura que impedía a los ojos mortales ver lo que había dentro. Yo no noté nada raro. Pero la creí.

Tras superar una elevación de terreno descubrimos el área afectada. La hierba desaparecía de pronto, de golpe y porrazo, y solo quedaba la tierra yerma alrededor de una serie de monolitos. Un grupo de cuatro o cinco personas se movían entre las ruinas. El paraje era desolador: en kilómetros a la redonda, más allá de donde alcanzaba mi vista, la tierra se doblaba y quejaba. Había dos cráteres en el centro, y en torno a ellos, en el aire, el caos se arremolinaba, jugaba con el viento formando rostros de almas en pena que, en pleno grito mudo de terror, se desvanecía en el aire. Un chico bajito y con acné por toda la cara se acercó a nosotros y se dirigió a Mica, sin mirarme.

- Jefa, aquí se ha cometido un exorcismo masivo y a lo bestia. Sin seguir con las normas del departamento… - se calló percatándose de mi presencia -. ¿Es la nueva? ¿Deberíamos hablar en privado?

- No, no –Mica movió la mano quitándole importancia –Si, es la nueva. Pero quiero saber que ha pasado, y no lo que se dignan a contarnos los jefes.

El chico me siguió mirando. No era capaz de interpretar su mirada, y tampoco de mantenérsela durante mucho rato. Era achaparrado, y sentía compasión por él, incluso algo de vergüenza. Retomó la palabra. No obstante, yo seguí mirando al suelo:

- Bueno, pues los han “desgajado” desde dentro. Hay balas, cráteres por todas partes… ¡Se han incumplido todas las normas del departamento de exorcismos! ¿Qué hacemos? ¿Informamos a Lord Heraclio cuando terminemos para que castigue a los culpables?

Micaela se subió las gafas, que se le habían escurrido otra vez. El sol ya estaba muy bajo, dándose prisa para ocultarse, y la luz le dio de lleno en los cristales. Aún así, no pareció afectarle, y con total seriedad se dirigió a su compañero:

- No han sido los de exorcismos. Han sido otra vez el grupito de zorras. No les van a decir nada, por mucho que nos quejemos… -bajó la voz hasta convertirla en un susurro. No la entendí muy bien -. No hacemos más que limpiar la mierda que van dejando, y nadie les dice nada… Vaya puta mierda de organización…

- ¿Cuál es tu nombre? –el chico se dirigió a mi mientras Micaela hablaba para sí.

- Theresia…

- ¿Y tu don único?

- ¿Es que no has leído el informe, Grey? –Micaela volvió a nuestro mundo y acudió en mi auxilio -. Theresia, la mejor de la última promoción, con una nota perfecta en todas las pruebas de la Iniciación. Estará de pruebas un par de misiones con nosotros. Así que deja de hablarle así, que no te ha hecho nada.

- Ya… -miró hacia otro lado, y a regañadientes, me pidió perdón.

- Pues nada, chicos. A trabajar. A ver si podemos dejar este estropicio limpio en dos días –se giró hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja, con el escenario de la catástrofe de fondo y el sol escondido en el horizonte -: bienvenida al “equipo de limpieza”, Theresia…

Crónicas del caos III - Capítulo I - El primer paso

miércoles 3 de noviembre de 2010

Éramos veinte, y estábamos nerviosos. Terriblemente nerviosos. Andábamos de aquí para allá, frotándonos las manos sudorosas y mirando de reojo la gran puerta azul que más tarde o más temprano se abriría y decidiría nuestros futuros. El destino que nos aguardaba hasta la eternidad. Ninguno de nosotros hablábamos. Oíamos perfectamente los murmullos que se estaban acumulando en la sala de la gente que entraba por los otros accesos. Me mordí el labio por enésima vez y una mano se posó en mi hombro de repente, haciéndome dar un respingo.

- ¡Nicómedes! –reconocí con un hilo de voz-. ¿Qué haces aquí? Estas muy guapo…

Nicómedes, mi maestro, llevaba un traje de chaqueta de color oscuro. A cualquier otro seminmortal le habría quedado ridículo debido a nuestros aspectos juveniles, pero a él no. Tenía cierto porte de elegancia y le quedaba como un guante. Se había aplacado el pelo con esmero y sus ojos azules me transmitieron una sensación de paz que por un momento me hicieron olvidar a lo que iba a enfrentarme.

- Tu también estas muy guapa, Theresia. El blanco es tu color –no tenía ni idea de lo que me alegraba oír eso. Había elegido para aquel día un vestido blanco salpicado de perlas y unos zapatitos del mismo color. Me había esforzado mucho en encontrar algunos que fueran de mi talla… -. Estaba preocupado por mi aprendiza favorita, y me han permitido pasar a ver cómo estabas. ¿Te encuentras bien?

- ¡Si! –respondí irguiéndome hasta que me dolió la espalda -. ¡Estoy bien! ¡Gracias, maestro!

- Deja las formalidades –Nicómedes me encandiló con su sonrisa -. Aún no estas dentro. ¿Quieres repasar algo antes de entrar?

- La verdad es… que no me encuentro muy bien… ¡Estoy nerviosa! –admití cerrando los ojos con temor a que Nicómedes se enfadase por ello.

- Así hemos estado todos, Theres –abrí uno y le miré -. Estás más que preparada. Lo harás bien. Confío en ti.

Más que una palmada, me acarició el hombro y me guiñó el ojo antes de marcharse. Quise detenerle para decirlo lo mal que hacia confiando en alguien como yo, lo mal que iba a pasar la prueba… Pero solo me dio tiempo a boquear como un pez. La puerta se abrió, y la luz que salía a raudales nos llamó la atención a todos. Había llegado la hora.

* * *

La sala estaba llena a rebosar de seminmortales. Todos pendientes del pobre novato que se situaba en el centro, de pie a pesar del pequeño banquete dispuesto expresamente para ellos. La presencia, a su alrededor en un circulo perfecto de los inmortales, de los lores y ladys de la organización, nos impedía a todos sentarnos. Todos y cada uno de ellos despedían auras de omnipotencia. Pero todas eran ínfimas comparadas con la figura del centro, encapuchada y vestida con una túnica de rebordes plateados. Estaban todos allí, los jefes de todos los departamentos, grandes y pequeños. También los maestros de la nueva tanda de seminmortales que aquel día se presentaban como aptos para el servicio, entre ellos yo. Elisa Tramph. Temblando de pies a cabeza, con la cara tan pálida como el vestido y buscando la salida sumida en la desesperación. No llamaban por nuestros nombres, simplemente alguien que no veía gritaba con voz de torrente: “¡siguiente!”, y otro ocupaba el lugar en el centro..

Cuando llegó mi turno, el corazón se me paró. Las miradas de cada seminmortal allí reunido se clavaban como agujas en la nuca. Cientos. ¡Miles! Y todos mirándome. En silencio. Expectantes. ¿Qué esperaban de mi? ¿Qué llegase a mi sitio? Eso hice, recorriendo un camino eterno. Como todos los demás, evité mirar al inmortal de la capucha. Di un respingo cuando Lady Mégara habló, usando la misma formula que con los demás:

- ¡Maestro! ¡Acredita las razones de tu aprendiza para unirse a nuestra Orden!

Nicómedes se acercó y les dio a cada uno una carpeta poco voluminosa. Eran los informes de todas las misiones que había realizado a modo de entrenamiento. Solo las misiones realizadas con éxito, o que el maestro consideraba como tales. De todos los que la habían presentado ya, la mía era la que tenía más contenido.

Los jefes las abrieron y ojearon. Solo se detenían en las misiones relacionadas con sus respectivos departamentos. Era un vistazo que no duraba más de dos segundos de opresivo silencio. Mientras, me fijé en mis zapatos. Me sentía mareada y falta de aire. Tome aliento y volví a alzar la vista. Se clavó en el único inmortal que no miraba la carpeta, sino a mi: el encapuchado. Lo presentía. Podía notarlo, a pesar de estar totalmente oculto. No le importaba el papeleo. No tenía ningún departamento concreto: los tenía todos. Era el dirigente supremo de la organización. Y no me quitaba los ojos de encima.

Un murmullo creciente rompió el hechizo. Los inmortales, algo que no habían hecho con ningún otro candidato, estaban murmurando entre ellos. Discutían entre ellos en voz baja, mejor dicho. Volví a agachar la cabeza, sintiéndome culpable por el espectáculo.

- Como pueden observar –Nicómedes acudió en mi auxilio situándose a mi lado –tiene un expediente perfecto. Considero su entrenamiento finalizado con honores y dominado su don único.

Resultó imperceptible para el resto, pero para mi, no. Me guiñó un ojo y una sonrisa fugaz de apoyo que me levantó los ánimos y me infundó algo de esperanza. Los inmortales habían acallado, y se miraban unos a otros, interrogándose con la mirada o dios sabe si también con algún don especial. Al rato, uno de ellos asintió. El resto, le respondieron poco a poco y por turnos. Hasta llegar al “lord de lores”. Tragué saliva. No había dicho una sola palabra en todo el proceso, en el de nadie.

Y entonces, habló. Y su voz, disipó todos mis miedos. Hermosa, conciliadora. Paternal, suprema. Llena de amor e imponente, todo al mismo tiempo. Como por arte de magia, todos mis miedos desaparecieron. Me sentí llena de paz, tranquila conmigo y con el mundo:

- La señorita está más que capacitada para trabajar con nosotros. Dejaos de ceremonias, y aceptadla ya, que lo estáis deseando…

Donato se adelantó un paso, y su movimiento me devolvió en mi. Miré en derredor, resistiéndome a regresar, pero el resto estaban igual o peor que yo: como arrancados del mejor momento del sueño más dulce jamás soñado por culpa de un despertador inoportuno…

- ¿Cuál será tu nombre?

Busqué apoyo en Nicómedes. Aún estaba tan conmocionada, que no podía pensar con claridad. Había olvidado el nombre de seminmortal con el que iba a bautizarme. Sin embargo, él también sufría los estragos de la encantadora voz del “lord de lores”, del “dios en la tierra”. Busqué en el encapuchado los recuerdos arrebatados. Tomé aire y, en voz alta y firme, haciendo acopio de fuerzas, lo dije:

- Theresia… orgullosa miembro de la Orden de Corver, y cumpliré con mi deber hasta el fin de la eternidad.

Escuché el aleteo de muchas mariposas a la vez. No eran la de mi estómago: el público aplaudía. Me ovacionaban. A la última seminmortal que se unía a sus filas. La última eterna.

Incluso percibí un leve movimiento bajo la capucha del “lord de lores”. ¿Una sonrisa? Lady Mégara dio por finalizada la sesión y la gente se levantó. Todos los recién nombrados agentes nos fundimos en un gran abrazo de felicitación al que me vi arrastrada y lo perdí de vista. Antes de que me diera cuenta, estábamos celebrando nuestras Iniciaciones. Y los inmortales, se desvanecieron hasta de mi mente.

Pequeña actualización: problemas con la puta carrera (II parte)

Buenas.
De primeras, voy a hacer un resumen de la situación. De MI situación:

El año pasado, superé selectividad en Septiembre. Mi intención, era entrar en Derecho, y al acabar dicha carrera, entrar en Criminología (no hay otra formar de acceder: psicología no hay en Córdoba, sociologia y política no me convencen...). Bien, en aquel momento, como mi matricula llegaba tarde, no había sitio en Derecho. Había en "doble grado", que eran todas las asignaturas de Derecho junto a todas las asignaturas de Dirección de empresas.

Aguante un año entero, perdido, porque al año siguiente tendría que repetir primero de Derecho si o si si quería cambiar de carrera y acceder a la que quería (Criminologia). Un año pérdido, tirado a la basura, porque los niñitos de papi de Etea (facultad de economicas) no tenían suficiente sitio allí, y nos lo han metido con calzador en la Facultad de Derecho. Bueno. Un año más. No pasa nada. Un año más...

Termina el curso. Consigo aprobar unas cuantas (¡bien! Convalidaciones!). Y en los meses de junio-agosto-septiembre-octubre verme pasar por secretaria para recordarles que mi sitio esta en Derecho este año, era moneda corriente.

Tras asegurarme, en todas y cada una de las visitas, de que no me preocupara, que tenía mi sitio guardado en Derecho, que entraba si o si y blablabla... Hoy, que he ido para confirmar mi matricula, me quieren cambiar de clase a grupo de "tarde"

¿Porque? Porque no hay sitio en el de mañana. Y yo digo: ¡¡y una mierda!! ¿Que no hay sitio? ¡¡Que coño no va a haber sitio!! ¿Se creen que yo me chupo el dedo ahora?

Mi nombre figura en las listas temporales del grupo de mañana (que van siguiendo un orden por apellidos de la A a la M... el mio empieza por C...), ya tengo notas puestas, trabajos de grupo e individuales asignados, mandados y por mandar... ¿y me vienen con que tengo que cancelarlo todo para irme al grupo de tarde? ¿Que he estado yendo de "observadora" todos los días al grupo de mañana para nada? Sin embargo, bien que me han dado ya los precios de matricula, y me piden que pague hoy mismo la primera parte.

Tsk, tsk, tsk. Eso no se lo creen ni ellos. De mi no van a recibir un puñetero céntimo, ni una miseria, hasta que no dejen esa actitud de gilipollas que se trae el personal de la facultad de Derecho de Córdoba, hasta que no hagan bien su trabajo. ¡¡Un mes esperando a que me den el aviso para pasarme a hacer la matrícula!! (Como es cambio de carrera, tiene más papeleo. Si. Puedo llegar a creermelo). ¡Un secretario que da por cerrados los expedientes a primeros del mes siguiente al plazo de matriculación! ¡ Disminución de grupos de Derecho! (De doble, hay dos clases/grupos; de Dirección de empresas, hay otros dos. De Derecho, solo hay uno. Y los mismos para por la tarde)

Luego se quejan los profesores(soy testigo de esto: yo, y mi clase de historia del Derecho del año anterior) de que nadie quiere entrar en Derecho, que las aulas están medio vacías... ¡¡No es que nadie quiera entrar en Derecho!! ¡¡Es que no dejan que entremos en Derecho!!

Ya estoy harta de perder el tiempo. Harta de las tonterías burocráticas de antros como este. Voy a presentarme todos los putos días de la semana en secretaria. Con quejas, insistiendo. Se van a aburrir de mi. Oirán mis zapatillas rozar las losetas del suelo cuando me acerque y cerrarán las puertas antes de que llegue.

Porque mi causa, es justa. Y la pienso defender. Estudiar Derecho es solo un pasito más. Criminología, será otro. Entrar en la policía y detener a todos esos hijos de puta que matan a sus mujeres e hijos, el preludio de la meta.

Y un puñado de niñatos ricos y políticos de tres al cuarto no me lo van a impedir. Ni Bolonia ni ostias. Si tengo que cambiar esta sociedad a guarrazos, voy a ir empezando. Conmigo, aquí y ahora, comienza la purga.

Prólogo - Persona 3.5 (wi! X3)

jueves 14 de octubre de 2010

Los ataúdes se sucedían en filas e hileras, observadores silneciosos de la luna verde. De este color eran las calles, mezcladas con el rojo de la sangre desconocida, de las venas y arterías de la ciudad. Eran la única iluminación que guiaba mis pasos y me permitía continuar mi desenfrenada carrera. La larga melena me azotaba la espalda con cada paso. Otras pisadas me seguían. Chapoteos que me hacían imaginar lo peor. Lo peor ocurriría si me alcanzaba, y no tardaría en conseguirlo. Eran consciente de ello, pero no era eso lo que me hacía llorar. No. Las lágrimas brotaban ante la funesta visión grabada en mi retina: el suicidio involuntario de Nathan.


"Alzó la pistola. Él no sabía que lo era, confió en nosotros hasta el último momento. Se pegó el cañón a la sien. Apretó el gatillo esperando despertar, y... y... "

Escuché la detonación otra vez, tan nítida como la primera. Ya no oía a mi perseguidor; solo un zumbido constante y penetrante, y unas telas acariciadas por el viento y el movimiento.

Fui estúpida y me giré.

Lo tenía encima. Su máscara cayó a mis pies.

El Tartaro dio dos fúnebres campanadas en mi honor.

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Ale. Sé que hace muchiiiiisimo tiempo que no actualizo con nada decente. Que no teneis noticias mías desde el verano. Creo que ya dejé una entrada el año pasado al respecto: yo no tengo vacaciones: simplemente cambio de ocupación.

En mi vida he tenido muchiiiisimos cambios: de golpe y porrazo soy sociable y tengo amig@s; mi ordenador ha muerto (Jose, resucitalo, por favor XD), he conseguido entrar en Derecho "a secas", y no la mariconada doble llena de hijos de papi...

El regreso a la facultad es lo que más me ha afectado. En el buen y en el mal sentido. Bueno, porque desde primera hora me he puesto a trabajar en serio (una auténtica novedad, es la primera vez en mi vida que me pongo a estudiar todos los días, y no la semana antes del examen XD). Malo, porque me agobio y mis descansos entre horas de estudio son una partidita a algún juego.

La inspiración sigue jugando conmigo: baila un rato a mi lado, y luego sale corriendo la muy puta en post de un mejor postor. Ahora mismo la tengo bien agarrada del pelo. Eso significa, que retomaré algunos proyectos y empezaré otros, todo según el tiempo del que disponga (que será poco y repartido, pero haberlo hailo, como las meigas).

Empezamos con las noticias:

1) Crónicas vuelve. No en el otro blog, sino en este. Será el tercer "tomo" de Crónicas. Otro Spin-off. Jodeos ^^

2)El proyecto fallout no ha muerto. Por razones de tiempo, los capítulos dejarán de ser mensuales (lo sé, dejaron de serlo hace mucho... pero ahora el anuncio es en serio ^^U). Las nuevas fechas se anunciaran proximamente.

3)Nuevo fanfic, esta vez sobre la saga de videojuegos: "Shin Megami Tensei: Persona", más concretamente, se moverá en el mismo mundo de Persona 3 Portable, aunque la acción no sucederá en el mismo lugar. El videojuego es de PSP, y llegará en inglés. Ajo y agua: jugadlo que es una obra maestra, y no es un inglés dificil. No deja de ser un port de Persona 3, para Play2. Si teneis más a mano Persona 3 o Persona 3 FES para esta plataforma, aprovechadla. Seguiran en inglés, pero es una historia de la ostia. Altamente recomendable.

4) Haciendo referencia al blog hermano "Yayteamoficial", he de decir que Crónicas 2 continuará, pero será el que más tardará en ver sus capítulos salir a la luz. A nuestro favor he de decir que ya no depende solo de nosotros: la causa del retraso es de fuerza mayor, y ahora mismo llevamos mes y medio amargados con ese tema que esperemos que se solucione en breve. En cuanto lo haga, nos esperan dos meses de frenesí, y después, volveremos a la carga con ese proyecto.

5) Si alguien recuerda el proyecto de "La red de almas", si, puede preocuparse. El proyecto se cierra hasta que tengamos unos horarios más flexibles, abiertos... y la inspiración deje de tocarme los ovarios. Si consigo encontrarla viva, a lo mejor os llueve un capitulito. Pero no espereis milagros. Esto no es Patapon (PSP).

6) ¡¿Quereis dejar de comeros los mocos y escribir comentarios de una puta vez, pandilla de pencos vagos?! (Tu te salvas, Andreu. Tu te salvas...ù_ú)

Por ahora nada más. Espero volver a veros pronto ^^.

...Mi castigo por no escribir...

viernes 27 de agosto de 2010

Era la universidad. Seguía sin dirigirle la palabra a nadie, y el resto, tampoco se la dirigían a nadie más que no fueran sus antiguos compañeros de instituto. Era un edificio gigantesco, casi un rascacielos, y por dentro, enrevesado y retorcido como la mente.

A “los nuevos”, como así nos llamaron por megafonía, nos mandaron a un aula enana, como una clase de primaria. Cargada con la mochila y la carpeta negra en la mano, salí de mi clase y hacia allí acudí. Me perdí por el camino, como descubrí que era costumbre. Deambulando por los interminables pasillos y escaleras borrosos, que ni con las gafas veía bien, me encontré con una chica pecosa, con el pelo castaño recogido en una cola de caballo y de mi misma altura. Es lo más que recuerdo de ella. También era nueva, por lo que acudía a la misma clase que yo. Unas escaleras más adelante, un rotulador negro se escurrió de mi mochila y cayó al suelo. Un muchacho obeso lo recogió y me lo tendió, presentándose. No recuerdo su nombre. No recuerdo sus rasgos. Se unió al grupo para seguir buscando.

Entre los tres lo encontramos. Era una sala destartalada, con la pintura blanca de paredes y techo cayendo a pedazos. Había más alumnos por allí, todos demasiado ocupados con sus compañeros de pupitre como para reparar en nuestra presencia. Nos sentamos en primera fila, en el único pupitre de tres, que ahora que lo pienso, recuerdo un pupitre así en mi infancia. Eran enanos, pero hasta el chico grueso consiguió embutirse en él.

Esperamos. Nadie sabía para qué exactamente nos habían traído allí. Nadie más pasaba por el pasillo. El timbre que marcaba el final de la mañana sonó, y por allí seguía sin venir nadie. Los alumnos llevaban un rato inquietos, nerviosos. Sin embargo seguían en sus asientos, sin bajar el volumen de sus voces a la hora de quejarse por la falta de atención. Por fin pasó, fugaz, un profesor. Recuerdo de él su altura, era bastante alto; y lo más llamativo de su vestimenta: una falda larga con los colores amarillo y violeta más chillones que jamás había visto. Llevaba un libro bajo el brazo. Pasó por delante de la puerta abierta del aula, nos miró con desdén, y siguió su camino.

Aquella fue la gota que colmó el vaso. Los alumnos se levantaron en motín y se agolparon contra la puerta. Nosotros no fuimos menos, y encabezamos aquel primer vistazo curioso fuera del pasillo. No había un alma, y las luces estaban apagadas. Ahora todo estaba oscuro, no borroso. Dejé a mis compañeros ahí y busqué por el aula alguna solución.

Había otra puerta. Una salida de emergencia, que había pasado inadvertida gracias a unas bandas de tela que la ocultaban como si fuera una ventana más. Llamé al resto del grupo, del cual solo me hizo caso el chico obeso. Estaba preocupado, me dijo, porque le había parecido oír a alguien que sus padres habían tenido un accidente de coche y no sabía nada de ellos pese a las llamadas furtivas que no le cogían. Fue él el que encontró el interruptor de “apagado/encendido”. Al pulsarlo, pude girar el pomo de la puerta, que hasta el momento estaba cerrado a cal y canto. Tras ella, había una puerta más que se pudo abrir con facilidad. Nadie más reparó en nosotros porque ya no quedaba nadie en clase: se habían atrevido a poner el pie fuera y había desaparecido corredor abajo.

Nosotros nos vimos en medio del campo. Un campo salvaje, lleno de hierbas altas y huertos embarrados en desuso. No muy lejos de donde estábamos, veíamos una carretera ascender tres pisos girando en torno a si misma, en forma de espiral, y alejándose de la facultad. De una de aquellas curvas ascendía a los cielos una nube de humo cuyo olor a gasolina llegaba a hasta nosotros.

Echamos a correr en dirección a la carretera. Yo tenía que llevar un ritmo sosegado, para no dejar al muchacho demasiado atrás. Temía que, perderlo de vista, fuera perderme en aquel instinto de supervivencia que no sabía porque, me había inundado de repente.

Al llegar a los pies de la carretera nos estaban esperando. Nuestro grupo había salido de clase, había dado con un profesor, y juntos, estaban inspeccionando la carretera. Al vernos acercarnos, nos habían esperado. El profesor, con traje de chaqueta gris y corbata, pasó de largo de mi y le puso la mano en el hombro a mi acompañante.

- Ahí arriba ha habido un accidente. No sabemos si son tus padres. Íbamos a comprobarlo ahora.

Al chico le tembló la papada, pero aguantó sin llorar. Tragó saliva y miedo, y con resolución, echó a andar junto al profesor, que no tardó en reiniciar la marcha. Les seguí.

Caminábamos por el lado izquierdo de la carretera, pegados al filo. No miré abajo ni una sola vez mientras subíamos, y cuando llegamos al lugar del siniestro, deseé haberlo hecho para no haberme topado con aquello.

Del coche, solo quedaban llamas. Había cristales por todas partes, acompañando al olor a muerte y gasolina. Lo peor, eran los cuerpos de los ocupantes del vehículo. Era evidente que no se podía hacer nada por ellos. El cuerpo del hombre, vestido de azul, estaba tieso, bocabajo en mitad de la calzada. De la cabeza no quedaba ni rastro, como si se la hubieran cortado limpiamente, y el cuello era lo que sujetaba al resto del cuerpo en equilibrio. Las piernas estaban enlazadas en si mismas en un complicado y macabro nudo. Uno de sus brazos yacía a su lado, en equilibrio también sobre la punta cortada de sus dedos. De la otra extremidad no quedaba ni rastro.

La mujer, vestida con un traje rosa, estaba abrazada a una puerta de coche que le había atravesado la parte izquierda del cuerpo. Mantenía extremidades y cabeza, y en ésta última, una mueca de horror y dolor a partes iguales que nos heló la sangre a todos.

Todos apartamos la vista de aquel horror y la dirigimos al chico obeso. Estaba trastornado ante la visión, como el resto, pero en sus ojos había alivio. No eran sus padres.

Continuamos el ascenso, sin encontrarnos con nadie más. Ni personas, ni muertos, ni coches. Al llegar arriba del todo, la carretera se perdía hacia el horizonte en línea recta, y a los lados se repartían establecimientos de venta y gasolineras cerradas. Delante de una tienda había una parada de autobús. El profesor quiso descansar sentándose en ella, y yo me acerqué a él. Quería preguntarle qué estaba pasando, el porqué de todo aquel caos. De fondo, escuchaba un murmullo que poco a poco se fue acercando, tomando fuerzas, haciéndose ensordecedor. El profesor no me oyó, pero su respuesta si fue clara: “tenía que alejarnos del peligro que se cernía sobre nuestras cabezas”.

Tras la parada de autobús estaba el chico gordo. Su tremendo corpachón temblaba como una delicada hoja. Quise consolarle, contarle lo que me había dicho el profesor… Pero el ruido era demasiado fuerte, estaba demasiado cerca… y se convirtió en un estallido. Nos tapamos los oídos con los dedos y, encogidos, nos apartamos de la carretera. Al volver la vista…

…lo único que quedaba de nuestros compañeros y del profesor, eran sus cuerpos mutilados, en equilibrio sobre sus partes cercenadas allí donde aquello los había matado a todos.


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Buenas. Sé que ha pasado mucho tiempo sin actualizar, pero yo en verano no tengo vacaciones. Tengo libros que leer, juegos que jugar, y patos con los que quedar. Por desgracia, en verano, se juntan estas tres cosas, y eso da lugar a que mi tiempo libre este tan repartido que no tenga sitio para escribir ni actualizar nada.

Por ello, lo siento. Tanto en mi nombre como en el de Kraric, que solo ha tenido 15 días de vacaciones y los ha volcado en mi (gracias).

Quizás no sea mucho, pero ese pedacito de pesadilla es lo que he soñado esta noche. Muchos direis: "¡¿Y eso a mi qué me importa?! ¡Quiero seguir leyendo x!" Pues, porque viendo semejante parida, creo que la aprovecharé, como hago con la gran mayoría de sueños, para escribir en alguno de los proyectos... en cuanto empiece el curso, que es cuando más ganas tengo de escribir (ironías y paradojas de la vida...)

Para terminar, os pido paciencia. Sé que ya habeis gastado mucha con nosotros, pero queremos corresponderos como realmente merecéis, y Kraric ya le ha dado mucha vueltas al respecto. He visto sus guiones, y me ha impresionado a mi, la madre de Crónicas. Con eso, os digo todo.


Un saludo ^^

Crónicas del Caos - Especial Cumpleaños (II parte)

martes 18 de mayo de 2010


La tarde era apacible y veraniega, para nada propia de la época. La gente, que la había aguardado con ansiedad, escondidos en sus casas, aprovechaba cualquier resquicio de buen tiempo para poner pies en polvorosa de la ciudad o recorrer sus callejuelas bajo un sol que les acariciaba con cariño.

Las terrazas de bares y cafeterías estaban abarrotadas. Theresia tuvo suerte, y consiguió encontrar un hueco donde sentarse junto a Nicómedes. Había pasado una semana desde su desagradable encuentro con Veran. Una semana en la que Nicómedes no le había visto el pelo: metida en la biblioteca, consultando informes antiguos o solicitando entrevistas con los lores. Nico había insistido en aquel encuentro, Y Theresia vio una puerta abierta por donde colarse: una fuente que ayudaría a su investigación.

- ¿Se puede saber dónde te metes? –le preguntó Nicómedes, haciendo una pausa para pedirle al camarero un par de refrescos –Pensaba que te gustaba la experiencia de campo…

- He estado estudiando –Theresia entrecerró los ojos. Pese a su pamela, el sol le daba de lleno en los ojos.

- ¿Aún más? –Nicómedes se rió –Ya conseguiste la mejor nota de la promoción en tu iniciación. Con lo que has conseguido, puedes acceder a cualquier departamento que te propongas.

Theresia calló. El camarero había regresado, y esperó a que se marchara para seguir hablando. Nicómedes aprovechó para dejar la cuenta ya pagada, invitándola.

- En eso te equivocas. No puedo entrar en todos los departamentos. Hay uno que…

La mirada de Nicómedes se ensombreció de tal manera que a Theresia le recorrió un escalofrío.

- ¿Cuál es ese departamento? ¿Exorcismos? –Nico se dio cuenta, y empezó a beber para borrar la siniestra expresión de su rostro.

- Operaciones Especiales.

Nicómedes se atragantó, pero mantuvo el tipo.

- Ahí solo permiten a gente que ya tenga experiencia en otros departamentos… -la intensa mirada de Theresia se le clavó, expectante -. Además, su jefe es muy exigente.

- Veran fue tu aprendiza, ¿verdad?

Se sintió atrapado. Era lo que Theresia había estado buscando. Nicómedes, pensándose su respuesta, se puso a juguetear con los hielos de su vaso. La chica no había tocado el refresco.

- No quiero hablar de ello…

- ¡Pero yo si! - insistió -. Sé que eres muy profesional, y nunca das información de tus antiguos aprendices para no caer en el riesgo de que les ocurra nada malo, pero es por una buena causa.

- Theresia, todo lo relacionado con esa seminmortal nunca termina bien. Olvídala.

- ¡¿Por qué?! –Nicómedes no respondió.

A Theresia empezaron a temblarle las manos. Se sentía contrariada. Formaba parte de ella. De su personalidad. Ser la mejor, ser perfecta. Valer para todo. Sentirse útil. Y aquella chica le había hecho ver que para ella no lo era. Operaciones especiales se encargaba de mantener a salvo a toda la organización, de enfrentarse a peligros que ningún otro seminmortal era capaz de afrontar. Ella quería formar parte de eso.

Veran era el principal obstáculo de su sueño. Había investigado sobre ella. Los suyos eran los únicos informes de acceso restringido. Solo dos tipos de personas tenían acceso a ellos: los inmortales, y Nicómedes.

Por eso, después de recorrer todas las vías que se le ocurrieron para llegar hasta ellos, sin resultado, acabó recurriendo a Nicómedes.

- Me encontré con ella –admitió, mordiéndose el labio. Sentía que se lo estaba jugando todo con esa confesión -. Hace una semana.

Aquellas palabras parecieron irritar aún más a Nicómedes.

- ¿Qué tu…? ¿En qué estabas pensando?

- ¡No lo hice queriendo! –se excusó, inclinándose en la mesa adquiriendo un tono confidencial -. Fue un accidente. Iba a marcharme, cuando toda la entrada se llenó de gente. ¡La admiraban!

- Porque solo conocen lo que ella quiere que conozcan de ella. No vuelvas a acercarte a ella. Te lo ordeno como tu superior –agregó antes de que Theresia abriera la boca para rechistar.

Theresia se dejó caer en su asiento y tomó de dos sorbos su bebida. Quedaron los dos sumidos en un tenso silencio que ponía nervioso a Nicómedes. Se sentía mal por tener que ser tan brusco, y más con ella.

- ¿Por qué la temes tanto? –Dijo casi en un susurro, mirando hacia otro lado con la mirada perdida -. ¿Por qué sus informes son secretos? Es como si la estuvieran protegiendo, o…

Nicómedes suspiró, contemplándola. Sabía que el rechazo la destrozaba. Compartir con ella algunos detalles no haría daño a nadie…

- Su don es único de verdad –Theresia salió de su ensimismamiento y le escuchó con atención, con la boca medio abierta -. Es una de las agentes más poderosas de la organización… y está amargada.

- ¿Amargada? No creía que juzgaras a la gente…

- Y no la juzgo. Conozco su situación. Sé cómo llegó a la Orden, lo que hizo antes y lo que hizo después. Si a mi me hubiera pasado… supongo que estaría igual que ella.

- Pero, ¿qué fue lo que pasó? –Theresia se volvió a inclinar hacia él, carcomida por la curiosidad.

- No estoy autorizado a decirlo –la chica hizo un mohín que le arrancó una sonrisa a Nicómedes que se apresuró a guardar -… La Organización se ha encargado de arrebatarle a odas las personas importantes de su vida.

- ¿Te refieres a pareja?

Nicómedes dejó entrever una media sonrisa.

- Ojala fuera tan simple. La única pareja que ha tenido Veran y de la que yo tengo constancia trabaja en la Orden –se tomó el último trago de su refresco -. Lo que te estoy contando no puede salir de aquí.

- ¡Jamás! –la chica meneó la cabeza y las manos con ahínco.

Nicómedes se levantó. Rodeó la mesa hasta ponerse detrás de ella y le susurró al oído:

- Sois como la noche y el día. No os habéis cruzado, vuestros puntos de vista son distintos, pero os presentáis ante la misma gente – Theresia se sentía enrojecer. Las manos le temblaban al mismo ritmo que su corazón. Se sentía apocada a la vez que escuchaba sin perderse detalle las palabras de su maestro -. Lo que te estoy contando es alto secreto, pero la persona que ha convertido a Veran en lo que hoy es, sigue con vida pese a los intentos de la organización de lo contrario, y se ha cruzado contigo más de una vez. Nos vemos la semana que viene…

Theresia se volvió cuando dejó de sentir el aliento de Nicómedes en su oído, pero el chico ya no estaba. Se había perdido entre la gente. En su interior, su cabeza funcionaba al máximo rendimiento. La declaración de Nicómedes le había sentado como un jarro de agua fría.

Salió corriendo. Buscó un lugar donde escabullirse del gentío, y encontró una callejuela vacía. Sacó el móvil de su diminuto bolso, y buscó el teléfono de contacto con la organización. Una seminmortal de voz fría y repetitiva le respondió:

- Quiero hablar con la comandante de las fuerzas de Operaciones Especiales. Es urgente.

Un minuto después…

- ¿Si?

- Sé algo sobre Alex que quizás te interese… ¿Dónde y cuándo te apetece que nos veamos…?

Crónicas del Caos - Capítulo especial cumpleaños - I parte

martes 11 de mayo de 2010


El vestido, tan etéreo y frágil como su apariencia, era igual de blanco que sus ojos. Sus cabellos rubios volaban al son de su falda, mecidos por el viento creado de la destrucción. El techo se caía a pedazos y el suelo temblaba bajo sus pies descalzos. Ella no se movió. Aguardaba su momento.

Un ser antropomorfo, un fantasma, lo iba destruyendo todo a su paso por el corredor. Iba en su busca. La chica miraba sin ver, esperando el irrefrenable choque. Otra figura adelantó a la criatura, esquivando los restos. La cogió de la cintura y continuó su carrera, salvándola de un pedazo de roca que cayó justo en el sitio en el que había estado parada. El chico se encogió y protegió su cabeza con la mano cuando atravesaron la ventana. Sobrevolaron el vacío entre los dos edificios y cayeron rodando en la azotea. El golpe había sido brutal, y el seminmortal tardó unos pocos segundos en recuperarse. Para cuando lo hizo, la chica ya no estaba entre sus brazos.

- ¡Eh! –la buscó en derredor. Estaba de pie, con los brazos extendidos en cruz y contemplando el piso que se caía - ¡Déjalo! ¡Llamaremos a los refuerzos!

- ¡No, Nicómedes! –rechazó la chica -¡Puedo hacerlo!

Bajo un espantoso estruendo, la vivienda quedó sepultada entre escombros. Varias grietas se abrieron en el piso inferior, pero resistió.

El fantasma volvió a hacer acto de presencia. De pie sobre los restos, dejó entrever dos colmillos ensangrentados, más que su propia piel, y que al distinguirlos corrió en su dirección. La chica se concentró.

- ¡Theresia, déjalo! ¡Es más fuerte que lo que has visto en tus entrenamientos!

Theresia no contestó. Sin emitir sonido alguno, movió los labios invitando al fantasma a acudir a ella. El ente agotó hasta el último centímetro de superficie antes de saltar a su encuentro. Recorrió volando, en pesada caída, la distancia que les separaba.

La pálida luz nocturna acrecentó aún más la blancura de la piel y el vestido de Theresia, y contagió al espíritu durante su descenso. La fingida sangre emblanqueció, y su expresión, despiadada y tosca, se convirtió en un fiel espejo de la de Theresia. En un abrir y cerrar de ojos, los cuerpos de una y de otro pasaron a ser uno solo. La chica retrocedió por la fuerza de la inercia, hasta caer al suelo. Nicómedes corrió a su encuentro.

- ¡Theresia! ¿Estás bien? –la ayudó a levantarse.

La chica tenía la mirada perdida. Su cuerpo se dejaba guiar dulcemente por él. Nicómedes supo que en su interior se estaba desarrollando la auténtica lucha; el exorcismo.

Ese era su don: absorber con su cuerpo el plano espectral. Su cuerpo, flácido, no se sostuvo en pie y Nicómedes se vio obligado a cogerla en brazos. Su temperatura corporal había aumentado: su alma, su caos interno, era lo más parecido a un horno crematorio para los fantasmas. Tardó pocos segundos en regresar a la realidad y a la normalidad. Rodeó el cuello de Nicómedes con sus bracitos escuálidos.

- Deberías confiar más en mi, Nico –le dijo con una sonrisa satisfecha -. Esa es la clave de toda relación.

* * *

Superó su iniciación con una nota media de cinco. Sabía defenderse en cualquier campo, pero no sobresalía en ninguno. Y eso la hacía sentir fatal. Su maestro, Nicómedes, había estado ahí, apoyándola desde el principio hasta el final. Ante los resultados, el consejo de inmortales de la Orden se tomó su tiempo para pensar donde asignarla. La respuesta todavía se hacía esperar. Mientras tanto, Theresia seguía a Nico a todas partes, realizando misiones a escondidas como entrenamiento. Aprovechaba sus ratos libres para estudiarse voluminosos volúmenes sobre todo tipo de materias. Todas le gustaban, pero no se veía trabajando en ninguna de ellas.

Sus paseos por la sede eran constantes. Casi podía decirse que vivía allí. Llegaba bien temprano por la mañana y salía bien tarde por la noche, cuando quedaba con Nicómedes a escondidas. Se pasaba los días en la biblioteca. Una de las veces que decidió tomarse un breve descanso para tomar algo entre lectura y lectura, se encontró en medio de una increíble algarabía. Los seminmortales se agolpaban y corrían hacia la entrada. Intrigada por el revuelo, Theresia escuchó a un par de agentes que hablaban entre ellos:

- ¡Yo he conocido a la gran Veran en persona!

- ¡Solo te dio un empujón en un pasillo!

- ¿Y qué? ¡Uso su famosa fuerza para apartarme de su camino! ¡¿No es genial?!

No era la primera vez que había oído hablar de ella. Una vez se le escapó su nombre a Nicómedes, antes de sumirse en un profundo silencio con la mirada pérdida. No había vuelto a nombrarla, y tampoco quiso investigar más. Ahora, viendo como se dirigían hacia ella y la cantidad de atenciones que acaparaba, sentía curiosidad. Se escurrió entre el gentío pidiendo disculpas y con dificultad, con miedo de hacerle daño a alguien.

Entonces estallaron los gritos. La multitud enloqueció. Los murmullos de admiración crecieron cuando una seminmortal, esbozada en un abrigo oscuro y con gafas de sol entró en la recepción. Theresia consiguió abrirse paso hasta segunda fila. Se aupó para poder verla mejor.

No vio el motivo de tanto jaleo. Solo era una seminmortal con ropa formal y expresión agria. Le seguía un joven pálido, también con gafas de sol y bastante atractivo que sonreía a los presentes como si toda aquella atención fuera para él. Veran le miró una sola vez, bufó irritada y se quitó las gafas de sol para reprenderle con la mirada. El chico se encogió de hombros y siguieron su marcha hasta las escaleras. A Theresia le resultaba imposible no escuchar a la gente que tenía a su alrededor:

- ¡¿Has visto eso?! Acababan de volver de una misión. ¿Le habrán dado una paliza a los de Iehova?

- ¡Es la primera seminmortal que se hace con el control de un departamento! Dicen que lo crearon solo para ella…

- ¡El grupo de fuerzas especiales es de lo mejor que tenemos! Normal que sean tan escrupulosos a la hora de coger gente. Desde luego, ese chico, Dimitry, se lo merecía…

Theresia se mordió el labio. Sentía un desagradable cosquilleo en el estómago. La desesperada necesidad de hacer algo. Se alejó de la gente y, después de meditarlo mucho, se coló por las escaleras de emergencia.

A las iniciaciones acudían siempre las cabezas de todos los departamentos de la organización. A la suya, se habían presentado todos menos ella. Nicómedes no quería ni mencionarla, la gente la admiraba… Y todo eso la escamaba y a la vez la atraía. ¿Y si era ese el departamento al que debía pertenecer? ¿Era aquello una señal?

Casi se tropezó con el último escalón cuando, justo al llegar a la planta de los despachos, escuchó unos pasos acercándose. Se escondió detrás de la pared, aguzando el oído. La voz brusca de Veran se dirigía al chico que le acompañaba:

- Daría lo que fuera por que los quemasen a todos…

- No deberías hablar así con todo el jaleo que se está montando con las hermandades. Podrían tomarte por…

- ¿Por alguien a quién le molesta tanto idiota junto? –su acompañante se rió -. ¡A mi no me hace gracia! ¡Hablo en serio!

Theresia decidió salir en ese momento, después de reunir todo el valor y la seguridad que pudo. Veran calló, y los dos la miraron. Todo el aplomo de Theresia se escondió ante la penetrante mirada de la chica, cuyos párpados medio caídos dejaban entrever que estaba más que cansada y sin humor para ver a nadie.

- ¿Te molo? –le dijo con tono desagradable -. ¿Quieres un autógrafo, vas a ponerte a chillar y a levantarte la camisa? ¿Qué quieres?

Theresia boqueó sin que ninguna palabra concreta acudiera a su garganta. De pronto, tenía la mente en blanco. ¿Qué quería decirle? ¿Por qué se había puesto tan nerviosa y había salido corriendo en su busca? Veran bufó elevando los ojos al cielo.

- ¡Encima una mudita! Encárgate de ella, ¿quieres, Dimitry? –Veran se encerró en su despacho.

- ¡Espera! –demasiado tarde. Theresia suspiró y agachó la cabeza.

- Discúlpala. No le gusta llamar la atención –la excusó Dimitry -. ¿Te puedo ayudar en algo?

Theresia negó con la cabeza con otro suspiro de profundo pesar. Dio media vuelta para marcharse. La mano de Dimitry se posó en su hombro, deteniéndola.

- Si quieres hablar con ella, tendrás que ser en otro momento. Pero puedo dejarle el recado, y acelerar un poco las cosas.

Se quitó las gafas como prueba de su sinceridad. Seguía sin saber qué podía decirle. Así que le dijo lo primero que se le ocurrió:

- ¿Puede decirle que aguarde a que me prepare un poco? No tardaré mucho.

Se dio media vuelta y se fue corriendo escaleras abajo. Con los puños apretados y llena de determinación. Se sentía ofendida, e incluso humillada, por la forma en la que se había dirigido a ella. O más bien, como la había evitado. Para empezar, Veran tendría que haber estado en su iniciación, haberla evaluado y estudiado la posibilidad de dejarla entrar bajo su mando. Ahora que la conocía mejor, no quería formar parte de su departamento. ¡Pero no era así como se hacían las cosas!


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¡¡Sorpresa!! ^^ Se que va con retraso, pero aquí os dejo un "regalito" por mi cumpleaños (26/04): capitulo especial, dividido en 3 partes. Si la facultad lo permite, lo colgaré lo antes posible al completo, más el capitulo del fanfic de Fallout de Abril. En Junio empiezan los exámenes, así que, si no consigo terminarlo antes de entonces, se producirá un parón hasta después de dicho mes. ¡Deseadme suerte!

Proyecto Fallout3. Capitulo 2: De la vida en el Yermo I parte: Springvalley

sábado 27 de marzo de 2010


Vagué sin rumbo fijo, de un lado a otro, sin saber qué hacer, a dónde dirigirme o por donde coger la situación. No muy lejos de donde me encontraba podía ver algunos edificios, despojos de civilización tirada a su suerte. Hacia allí se encaminaron mis pasos.

De pronto, y tras un chirrido escalofriante, empezó a emerger la voz. Recia, de hombre. Con la misma tonalidad de lava-cerebros que la del maldito Supervisor.

- ¡Soy Jhon Henry Edén! Presidente… de vuestro corazón.

Surgía de mi muñeca. De mi Pipboy, del que apenas echaba cuentas. De pronto, me sentía aterrorizada. Desnuda en medio de un campo abierto. Blanco fácil de todos los peligros que pudiera haber, y todo por culpa de aquella maldita voz. Toqueteé nerviosamente los botones de la máquina hasta que por fin la voz acalló, dejando paso a la estática. La muñequera había rastreado dos señales radiofónicas, aparte de la megafonía del Refugio: Radio Enclave y Radio Galaxia.

Apartar el cursor de Radio Enclave no hizo que la voz acallara. Seguía oyéndola, algo más lejos. Descendí por la pendiente con mil ojos y el arma bien sujeta, mirando atrás de vez en cuando, hacia la salida del refugio. Nadie había salido en mi búsqueda, sorprendentemente.

Entré en las ruinas. Los edificios, corroídos y llenos de polvo, pendían de un hilo ante la inhóspita carretera que atravesaba la población abandonada. Mis ojos, no acostumbrados a la repentina luz, veían manchas oscuras en ventanas y farolas apagadas. La voz sonaba más cerca. Se estaba acercando.

Me parapeté tras unas rocas a un lado de la calzada. Se acercaba algo: un especie de bola metálica, algo más grande que una pelota, con una antena a través de la cuál emitía aquellos sonidos. Sentí de pronto una urgente necesidad… Un instinto por el que me dejé llevar.

Un solo tiro bastó para que aquella chatarra parlanchina sufriera un cortocircuito y cayera pesadamente al suelo con un sordo ruido metálico. La voz se distorsionó y acabó silenciándose. Me invadió una sensación de triunfo que me arrancó una sonrisa. La borré en cuanto me di cuenta de ella. ¡La situación era extremadamente seria!

Ya no se oían voces, pero no me sentía mucho más tranquila. No se veía ni se oía a nada ni a nadie en kilómetros a la redonda. La soledad era sobrecogedora, y la sensación de peligro inminente era cada vez mayor.

Continué caminando hasta toparme con un cartel, raído y oxidado, que tardé bastante tiempo en descifrar con los ojos entrecerrados y doloridos: “Bienvenidos a Springvalley”. Estaba caído, enterrado en una vieja gasolinera. Un par de coches descansaban en las cercanías. Seguía sin ver a nadie…

Un disparo cortó el aire. Instintivamente, me escondí tras el cartel y busqué el origen. Agucé el oído tanto como pude hasta alcanzar a unas risas histéricas a cierta distancia. A mi alrededor seguía el vacío. Las seguí, guiándome hasta un edificio aún más tosco que el resto. El viento enrarecido aullaba al cruzar sus ventanas y puertas caídas y desvencijadas. Un letrero sobre la entrada principal rezaba: “Escuela elemental de Springvalley”. Me pareció vislumbrar una sombra removerse en alguna de las ventanas superiores, de las últimas plantas, que me hizo buscar un escondite detrás de una casa. Allí dentro había gente. Gente que se reía salvajemente y que habían disparado a algo…o a alguien.

Aún no sé muy bien qué fue lo que me movió concretamente a entrar. No sé si fue la curiosidad o el olor a sangre que tanto tiempo me había estado esperando. Entrar allí dentro fue una de las acciones que, ahora que lo pienso, fue de las más inconscientes y faltas de sentido común que he llevado a cabo a lo largo de mi vida, pero que sin ella, no habría llegado a ser lo que hoy soy…

Olía a muerte regada con el vino del tiempo y el olvido. Las paredes estaban desconchadas y se caían a pedazos. Veía el interior de las clases desde la entrada gracias a los enormes boquetes horadados en la piedra por la despiadada garra de la guerra. Ennegrecidos e irreconocibles, había cadáveres humanos colgados de los muros como los trofeos de caza que había visto en los comics de Grognak. Las risas habían acallado, pero había un murmullo que no se iba nunca, junto a unos pasos que se acercaban y alejaban, montando guardia.

Noté el sudor frío goteándome por la barbilla y agarré bien el arma, que dejó de tiritar en mis manos. Firme y alerta. Siguiendo el instinto más primitivo: sobrevivir.

Distinguí un par de sombras. Me escondí tras la esquina y asomé un poco la cabeza: dos siniestros personajes se movían por uno de los pasillos e iban vestidos con la misma guisa: ropas raídas y sucias cuyo material no podía distinguir muy bien. Desde luego, no eran para nada como los uniformes del Refugio, monos que picaban una barbaridad. Uno de ellos soltó un chiste que hizo carcajearse a mandíbula batiente al otro. Eran las risas que oí desde fuera. Estarían a tres o cuatro metros de distancia y dándome la espalda. Pude ver que uno de ellos llevaba un arma de fuego en la mano, con un aspecto mucho más imponente que la mía.

Conté hasta tres, aunque realmente no quería hacerlo. Lo que realmente quería hacer era salir de allí pitando, buscar un lugar donde esconderme de aquel mundo vasto. Mi cuerpo no me hizo caso.

- ¡Eh! –les llamé la atención saliendo a su encuentro, levantando mi arma.

Se dieron la vuelta. El chistoso no tuvo tiempo ni siquiera de eso: de un tiro limpio una de mis balas le atravesó la cabeza de lado a lado. Su compañero tuvo tiempo de dispararme una vez: una sola vez, y el proyectil pasó rozándome. Mi respuesta le agujereó el pecho.

Mi voluntad volvió a tomar el control de mi cuerpo, pero el mal ya estaba hecho. Me quedé un rato parada, sin saber que hacer o decir. Recordé al guardia del Refugio al que disparé para escapar. Luego aquellos dos. De una forma tan fría y…

«Tan fácil»

Llevaban armas. Eran o ellos o yo. Es lo que aún me digo para tranquilizarme y poder seguir adelante. Y en aquel entonces seguí adelante. Mi conciencia, dividida, quería que por lo menos les tomase el pulso. Eso, y no mirarles. La malsana curiosidad se preguntaba que aspecto tendría un hombre al que acababan de disparar en la cabeza. Al que YO acababa de disparar en la cabeza…

Empataron. Sin dejar de mirar el continuo manar de la sangre de aquel agujero, les tomé el pulso a los dos. Estaban más que muertos. Lo había hecho con tanta precisión…

…que merecía un premio.

Examiné sus ropas, mucho más raídas y zarrapastrosas que las mías, cubiertas por el polvo del Yermo. Cada uno tenía un arma distinta y varios cargadores, que pasaron a mis bolsillos.

Por un momento me pareció hasta divertido, porque realmente mi alma no estaba allí. Deambulé por aquellos pasillos sirviéndome de cada recoveco para asegurar mi camino. Me encontré con más personas con las mismas ropas ajadas y deslustradas, armadas hasta los dientes. Todas sucumbieron a la fiera en la que me convertí: un ser cuya alma se distanciaba de tal forma que su cuerpo no sufría cuando las balas le rozaban, con la puntería del tirador más experimentado. Robaba todo lo que llevaban sus cadáveres encima, y no paraba.

Llegué a unas escaleras oscuras que ascendían hasta un segundo piso. El olor a suciedad quemada era tan fuerte que hizo arrugar el gesto a esa Artemisa ajena y animal. Subí por ellas con ojo avizor, disparando a todo lo que se moviera. ¿Qué se me gastaban las balas? ¡Usaba las armas que les había robado a los de allí abajo! ¿Cómo iba a parar la diversión por esa nimiedad?

De pronto me vi enganchada en aquel macabro juego entre la vida y la muerte. El frío metal me calentaba las manos, instándome a seguir. Emitía por mi piel suaves impulsos eléctricos que me empujaban a seguir disparando y matando a los cobardes que se escondían en las aulas en un esfuerzo desesperado de reducirme con una desorganizada emboscada. No tuvieron ni una sola oportunidad.

El pasillo se cerraba con un derrumbamiento. Solo me quedaba una clase por registrar: con doble puerta con los cristales rotos. A cubierto, miré a través del hueco para asegurarme de que el campo estaba libre. Vislumbre una figura bajita correteando hacia un rincón, quedándose en el lado ciego de mi visión. Le di una patada a la puerta para abrirla y esperé a los disparos con la espalda pegada a la pared.

No hubo tiros. No hubo disparos. Solo un grito ahogado. Apuntando en la dirección hacia la que vi correr a la figura, me adentré en el aula.

Sus ojos se clavaron en los míos, más hirientes que el arma de mayor calibre. Fue un choque brutal. No había brillo ni esperanza en ellos, como los vastos terrenos con los que me topé al salir del refugio. Era solo una niña de cabellos pajizos, sucios y pegajosos. Una niña con un vestidito andrajoso, pegado al cuerpo, con la falda medio arrancada y al que le faltaba un hombro. Podía leer en su sucia cara que mi irrupción no era motivo para asustarse. Para ella no.

Lo contrario ocurría con el hombre. Estaba a su lado, sentado en el suelo. Su mano me apuntaba temblorosa con una vieja escopeta. Sus ojos eran muy vívidos. Demasiado para un mundo como aquel. Llevaba una camisa marrón desabrochada, mostrando un viejo y desgarbado pecho lleno de pelo y una extrañamente bien criada barriga. Los pantalones que llevaba estaban rotos por tantos sitios, que no sería justo llamarlos “pantalones”.

Los dos nos apuntábamos. Mejor dicho: el lo intentaba. Yo bajé mi arma sin dejar de observar a la pequeña. No temblaba. Ni un solo tic.

- ¿Estáis con los de fuera?

- ¿Con los bandidos? –el tipo hablaba apresuradamente, escupiendo en su maltrecha barba de varios días - ¿Lo estás tú?

- ¡Responde!

- ¡¡No!! –se encogió -. ¡Solo quiero algo de leña para que mi hija no se congele todas las noches!

La chiquilla no dejaba de mirarme. Me ponía nerviosa.

- ¿Cómo habéis subido hasta aquí con todos los que había abajo?

- ¡No había tantos cuando llegamos! –se le saltaron las lágrimas y bajó el arma -. Ten compasión… Solo queremos un sitio donde dormir…

Si lo que intentaba era darme pena, iba mal. Me estaba dando asco. Le valué durante un rato. Había empezado a llorar y moquear como un niño, suplicando piedad una y otra vez. Esperaba que la hija también se echase a llorar, pero se habían cambiado los papeles. La niña se acercó a su padre y le abrazó. Su contacto le calmó. Bajé el arma, pero mantuve los sentidos bien alerta por si acaso.

- ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?

- No sé ya ni de dónde venimos… -el padre se sorbió la nariz produciendo un sonido asqueroso -. Hemos recorrido kilómetros bajo el yugo del Yermo. Nos han expulsado de todas las ciudades y rincones que sobreviven a duras penas porque no hay sitio en la vida para nadie más… Ni siquiera en Megatón hemos podido quedarnos, ¿verdad, cielo? –miró a su hija.

- Verdad, papá –respondió la niña sin acento ni emoción en la voz.

Examiné a aquella extraña pareja una vez más. Verlo así, abrazados… por un momento me recordó a los buenos tiempos del Refugio. Los abrazos de mi padre estaban tan… cálidos. Me di cuenta de que había empezado a tiritar de pronto. Si estuviera ahí conmigo…en aquel momento, igual que estaba ese padre con su hija…

¿Por qué se fue de esa forma…? ¿Por qué me dejó atrás?...

- ¿De dónde vienes tú…? –el padre se había estado pensando la pregunta, no muy seguro de saber formularla adecuadamente.

- De ninguna parte. ¿Hay algún lugar cerca en el que pueda parar para abastecerme que no este lleno de “bandidos”?

- Megatón –la niña me dirigió la palabra.

- No queda lejos -completó el padre -; solo tienes que seguir la carretera junto a la gasolinera de este pueblo. Es una fortaleza enorme de latón. La encontrarás sin problemas…

Por primera vez desde que salí al yermo sonreí. Seguro que mi padre estaba ahí. Seguro que era un lugar agradable, donde no pasaría frío, ni hambre. Donde no tendría que volver a ver el Yermo nunca más. Donde retomar la vida segura donde la dejé…

- Tened –a cambio de su información, quise recompensarles. Les dejé algunas de las cosas que había robado a esos bandidos: armas, ropa y otros cachivaches. El hombre no paraba de hablar y de decir gilipolleces. La niña guardaba un silencio sepulcral y miraba al suelo, con la mano un poco enrojecida del apretón que le daba su padre.

No me costó separarme de ellos. Quizás el alejarme de la pequeña si me afectó un poco, pero no demasiado. Es verdad que me inspiraba cierta apatía. Y que las pocas veces que se había atrevido a mirarme a los ojos, bajo el manto de desesperanza que los cegaba, se escondía cierto atisbo de urgencia. Quise interpretar en ellos una señal, pero… ¿qué señal iba a ser? Yo no podía salvarla de aquel infierno en el que el mundo se había convertido. Ni siquiera podía salvarme a mí misma. ¿Con quién iba a estar mejor que con su padre hasta que alguno de los peligros de ahí fuera no le quitase la vida?

Estos pensamientos acallaron a mi conciencia. Desanduve mi camino, pasando por encima de cuerpos inertes. Ya no había carcajadas. Ya no había disparos. El lugar estaba limpio como una patena y yo ya tenía un destino al que dirigirme: Megatón.