Caminaba por la calle, sin molestar a nadie, sin hablar con nadie. Simplemente paseaba de vuelta a casa, cuando escuché una portezuela abrirse, unos pasos acercándose tras de mi a la carrera y mi vista se ennegreció. El polvo que había en el interior del saco se me coló por la nariz con cierto regustillo a ácaros, y antes de que me diera cuenta, me alzaron y me metieron en un vehículo que daba unos bandazos increíbles.
Me cuesta decirlo, pero he de hacerlo: me pillaron por sorpresa. Me distraje. ¿Quién me iba a decir a mi que unos tipos tratarían de secuestrarme después de pasar una semana entera de exorcismo en exorcismo?
Pues ahí estaba. Calculé que habían transcurrido media hora de viaje movido. Nadie habló, pero alcancé a oír, ahogados por la tela del saco, las respiraciones de dos individuos. Me habían dejado tumbada en el asiento trasero, sin ataduras ni nada. Me resultó extraño: con lo rápido que me habían cogido y lo descuidados que eran… ¿Qué clase de secuestrador dejaría a su víctima con las manos libres?
Sentí curiosidad, y decidí dejarles actuar un rato. No me moví ni proferí un solo ruido, encogiéndome en el asiento y fingiendo que temblaba. No fue fácil, puesto que al pensar en mi plan, se me hacía difícil no reírme.
Se detuvieron con un violento frenazo que, y esto sin fingirlo, me lanzó hacía delante por medio de la inercia y casi me caí del asiento. De nuevo, las manos sudorosas, fuertes y encalladas de uno de los secuestradores me cogieron y tiraron de las mías para sacarme del vehículo. Permití que se creyera que me había inmovilizado las manos y me dejé llevar, caminando torpemente.
Mis sentidos estaban bien alerta: escuchaba la gravilla, y luego la tierra seca bajo mis zapatillas de deporte. Una suave brisa consiguió traspasar los poros de la tela del saco, trayendo consigo el olor a hierba, y oí a los árboles estremecerse.
Todo ello se cortó en cuanto me introdujeron bajo techo. A empujones, el que me llevaba me guió por las estancias hasta donde quiso. Me obligó a sentarme en una silla incómoda y dura, atándome las manos y los pies por fin. En medio de su tarea, alguien más entró en la sala y se dirigió a él produciendo un chasquido, como el de un mechero, y me alcanzó el apestoso humo del tabaco.
- Si la grabamos así, no se creerán que es ella. Déjala con el rostro al descubierto –era una voz tosca y algo ronca, propia de un fumador empedernido.
- Pero nos podría reconocer –era el tipo que se había ensuciado las manos con el trabajo. Su voz era algo más chillona, con cierto timbre afeminado, seguramente producida por el nerviosismo.
- ¡Olvídate de eso ahora! ¿Quieres que pague, o no?
No hubo respuesta por parte del secuaz pero obedeció deslizándome el saco hasta quitármelo del todo.
Ahora podía verlo todo: estaba en una viejo cuchitril con el suelo hecho con láminas de madera carcomida, con polvo revoloteando por todos lados y vete a saber cuántos bichos más. Había un par de ventanas, la única fuente de luz, cerradas con persianas medio deshechas.
También podía ver a los dos secuestradores: el cabecilla era corpulento e iba con un viejo chándal descolorido. Lucía una barba de tres días y entradas en el cabello castaño. Estaba apoyado contra el dintel de la puerta, llenándolo todo de humo.
Luego me fije en el “lacayo”. Era enclenque, pero al contrario que él, aparentaba algo más de clase: traje, barba recién recortada y pelo recortado estrictamente. Despedía el aroma de alguna colonia de hombre cara, y sus manos eran lo único en desacorde con el resto: las manos curtidas de un trabajador.
Los dos se me habían quedado mirando en silencio, con los ojos como platos. Fingí sorprenderme, fingí estar asustada, pero no debí de hacerlo muy bien, porque el único comentario que el barbas dijo fue:
- ¡¿Qué has hecho?! ¡Te has equivocado de chica!
- ¡¡Pero me dijiste que era ella!! –objetó el segundón incorporándose y mirando a su jefe.
- ¡Tu deberías conocerla mejor que yo! ¿No eres su tio?
- ¿Y ahora qué hacemos? ¿La dejamos marchar?
Los dos se volvieron por fin hacia mí. Me sentí algo cohibida al recibir de pronto tanta atención…
- Nos ha visto –dijo el barbas en tono funesto –No podemos dejarla ir…
- ¿No pensarás…?
- ¿…Matarme? –terminé la frase del socio.
Los dos me miraron con los ojos como platos. Ya no me gustaba aquel juego. Por un momento llegué a pensar que se trataban de enviados de alguna organización enemiga con la misión de exterminarme. Gente fuerte, seminmortales de gran capacidad contra los que podría tener un combate justo. Pero aquello era bien distinto. ¿Para que seguir con la farsa? Suspiré ante sus caras de asombro.
- Si pudieras, me alegrarías el día –le dije al Barbas.
- Yo en tu lugar estaría asustada –me reprendió el fumador. Su compañero se apartó de mi como quién ve a un fantasma, cayendo al suelo con el trasero -. No estamos jugando, niña.
- Lástima, porque yo si…
Sonreí con malicia y, al unísono, una de las ventanas estalló. Los cristales se esparcieron por la habitación, obligando a los dos secuestradores a cubrirse y perderme de vista durante un momento. Instante más que suficiente para que una de las esquirlas flotara hasta mi y cortaran las cuerdas que me maniataban.
Me incorporé y me froté las muñecas. La marca de las ataduras se desvaneció y mi circulación volvió a fluir con normalidad.
Hubo un disparo, y una bala pasó junto a mi cara sin rozarme. Al alzar la vista, contemplé el arma con la que el barbas me encañonaba. Menudo idiota…
- Siéntate… -ordenó separando cada sílaba.
- ¿Puedo tomarme esto como un desafío? –ladeé la cabeza, inquisitiva.
- ¡He dicho que te sientes!
Dejó la frase entre cortada. Me moví rápido, demasiado para él, y antes de comenzar la tercera palabra, ya me tenía a su lado. Le golpeé el costado con la palma de la mano abierta, y el tipo salió disparado hacia un lado, dejando caer el arma al suelo. Alcé la cabeza con una sonrisa prepotente. Quizás no fueran rivales dignos, pero me ayudarían a pasar el rato…
Por el rabillo del ojo, percibí un movimiento por parte del compañero que no me gustó. Los muy idiotas ni me habían cacheado, así que solo tuvo que sacar una de mis cuchillas para detener la bala que acababa de disparar el del traje. El otro tipo aprovechó para lanzarse en plancha, recogiendo su pistola y disparándome. Me dio tiempo a sacar mi otra cuchilla y detener el proyectil igual que hice con el anterior.
Ahora tenía a los dos armados, algo acobardados con los ojos clavados en mis armas. Que se defendieran, si. Cuánto más lucharan, mejor me sentiría con la pelea.
- ¡¿Quién demonios eres?!
Me reí ante su pregunta. Fueron dos carcajadas secas, con los ojos casi desorbitados por la emoción y dejando caer los brazos, casi flácidos, lista para empezar con el baile.
- La chica equivocada –respondí con mi sonrisa despiadada que anticipaba la desgracia-, la chica equivocada…
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Nota: para los que os pregunteis que pasó con la misión de "Familia Unida", os aviso de que con el formateo no consigo encontrar los capitulos que terminé. Sin embargo, en cuanto tenga algo de tiempo, si hace falta los reescribiré y colgaré. Mis disculpas.